Posteado por: Lilliam A Garcia | febrero 10, 2014

Mi Escuela Sabatica | Lección 7 Jesús y Los Desechados Sociales | por Marlon Garcia

Escuela Sabatica Fundraise hero

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Mateo 21:28-32; Juan 8:1-11; Marcos 5:1-20; Juan 4:5-32; Mateo 9:9-13.

PARA MEMORIZAR: “Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” (Juan 4:28, 29).

UNA MUJER JOVEN –proveniente de un trasfondo increíblemente triste y horrible (que incluía dos hijos fuera del matrimonio para cuando tenía quince años)– estaba en la cárcel, esperando el juicio por haber asesinado a una trabajadora social que había ido para quitarle a su bebé, la única persona por quien había alguna vez sentido amor. Sin madre, padre, esposo, parientes o aun un amigo, ella afrontaba sola un futuro prohibitivo. Mediante las visitas de un pastor, sin embargo, esta jovencita desesperada aprendió que –a pesar de todos sus errores, de lo desesperante de su situación y de lo que asomaba en su horizonte– Cristo la amaba y la perdonaba. No importaba de qué manera la sociedad considerara a esta jovencita, ella conocía, por sí misma, el eterno amor de Dios. Esta desechada social descubrió significado y propósito en su Señor, cuyo amor y aceptación trascendían todas las normas y costumbres sociales, incluso las “buenas”.

SABADO – DOMINGO – LUNES – MARTES  MIERCOLES – JUEVES – VIERNES 

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR: Lee “Junto al pozo de Jacob”, “Calla, enmudece” y “Entre trampas”, El Deseado de todas las gentes, pp. 155-166; 300- 309; 419-427. Lee también “Ayuda para los tentados”, “La obra en pro de los intemperantes” y “Ayuda a los sin trabajo ni hogar”, El ministerio de curación, pp. 121-126; 127-137; 138-152. “La única clase de gente a la que él nunca quiso favorecer fue la de los engreídos en su amor propio y que menospreciaban a los demás. “Hay que inducir a los caídos a que sientan que no es demasiado tarde para ser hombres. Cristo honró al hombre con su confianza, y así le confirió honor. Aun a quienes habían caído más bajo los trataba con respeto. Era un dolor continuo para Cristo arrostrar la enemistad, la depravación y la impureza; pero nunca dijo nada que denotase que su sensibilidad había sido herida u ofendido su gusto refinado. Cualesquiera que fueran los hábitos malignos, los fuertes prejuicios o las pasiones despóticas de los seres humanos, siempre les hacía frente con ternura compasiva. Al participar de su Espíritu, consideraremos a todos los hombres como hermanos, con las mismas tentaciones y pruebas que nosotros, que caen a menudo y se esfuerzan por levantarse, que luchan con desalientos y dificultades, y que anhelan simpatía y ayuda. Entonces los trataremos de tal manera que no los desalentaremos ni los rechazaremos, sino que despertaremos esperanza en sus corazones” (El ministerio de curación, pp. 122, 123).

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