Posteado por: Lilliam A Garcia | enero 31, 2012

Lección 5 De Mi Escuela Sabatica: “LA SANTIDAD DE DIOS” Para el 4 de Febrero de 2012

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Mateo 11:10; Marcos 1:2; Génesis 2:3; Job 42:5, 6; Lucas 5:1-11; Lucas 4:31-36; Isaías 6:1-3; Apocalipsis 4:8, 9.

PARA MEMORIZAR: “Exaltad a Jehová nuestro Dios, y postraos ante su santo monte, porque Jehová nuestro Dios es santo” (Sal. 99:9).

PENSAMIENTO CLAVE: Las Escrituras prestan mucha atención a la santidad de Dios. ¿Qué nos dice esta santidad acerca de cómo es Dios, y qué significa para el plan de salvación?

UNA DE LAS PREMISAS FUNDAMENTALES de todos los escritores bíblicos es que el Dios del cielo existe. Ninguno expresa la menor duda acerca de esto, ni intenta demostrarlo. La existencia de Dios es algo dado, algo así como un axioma en geometría. Dentro de la Biblia, encontramos un extenso repaso de cómo es Dios y el modo en que se relaciona con los seres caídos, a quienes él anhela redimir. Esta semana nos concentraremos en la santidad de Dios, un aspecto de Dios primordial en las Escrituras. Dios es amor y nos pide que lo llamemos “Padre”. Dios es paciente, perdonador y cuida de sus hijos. Según la Biblia, la santidad de Dios es fundamental para comprenderlo. Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento, la santidad de Dios subyace a su autorrevelación. Este tema aparece en toda la Biblia. Entonces, ¿qué significa que Dios sea santo? ¿Cómo describe la Biblia su santidad? ¿Y cómo nosotros, seres no santos, nos relacionamos con un Dios así?

SABADO – DOMINGO – LUNES – MARTES – MIERCOLES – JUEVES – VIERNES

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR: Mientras Cristo estaba ante la multitud
que traficaba en el Templo, “la confusión se acalló. Cesó el ruido del tráfico y
de los negocios. El silencio se hizo penoso. Un sentimiento de pavor dominó a la asamblea. Fue como si hubiese comparecido ante el tribunal de Dios para responder de sus hechos. Mirando a Cristo, todos vieron la divinidad que fulguraba a través del manto de la humanidad. La Majestad del cielo estaba allí como el Juez que se presentará en el día final […] tenía el mismo poder de leer el alma.
Sus ojos recorrían toda la multitud, posándose en cada uno de los presentes. Su
persona parecía elevarse sobre todos con imponente dignidad, y una luz divina
iluminaba su rostro. Habló, y su voz clara y penetrante –la misma que sobre el
monte Sinaí había proclamado la Ley que los sacerdotes y príncipes estaban
transgrediendo– se oyó repercutir por las bóvedas del Templo: ‘Quitad de aquí
esto, y no hagáis la casa de mi Padre casa de mercado’. “Descendiendo lentamente de las gradas y alzando el látigo de cuerdas que había recogido al entrar en el recinto, ordenó a la hueste de traficantes que se apartase de las dependencias del Templo. […] Nadie pretendió poner en duda su autoridad. […] Los oficiales del Templo, los sacerdotes especuladores, los cambistas y los negociantes de ganado huyeron del lugar con sus ovejas y sus bueyes, dominados por un solo pensamiento: el de escapar a la condenación
de su presencia” (DTG 131, 132)

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