Posteado por: Lilliam A Garcia | octubre 30, 2011

Mi Escuela Sabatica Lección 6 la Prioridad De Las Promesas. Para el Nov 5 del 2011

LEE PARA EL ESTUDIO DE ESTA SEMANA: Gálatas 3:15-20; Génesis 9:11-17; Mateo 5:17-20; Éxodo 16:22-26; Génesis 15:1-6

PARA MEMORIZAR: “Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa; pero Dios la concedió a Abraham mediante la promesa” (Gál. 3:18)

ALGUIEN, EN CIERTA OCASIÓN, LE PREGUNTÓ a un político: “¿Ha cumplido todas las promesas que hizo durante su campaña?” Él respondió: “Sí, bueno… por lo menos, todas las promesas que yo pensaba cumplir”.
¿Quién no ha estado, alguna vez, en un extremo u otro de una promesa no cumplida? ¿Quién no ha sido el que rompió una promesa, o a quien le quebrantaron una promesa? Algunas veces la gente hace promesas con toda la intención de cumplirlas, pero más tarde no lo hace. Otros hacen una promesa sabiendo –tan pronto como salieron las palabras de su boca o las letras de su pluma– que no la cumplirán. Afortunadamente para nosotros, las promesas de Dios son de una categoría totalmente diferente. La Palabra de Dios es segura e inmutable. “Yo hablé, y lo haré venir; lo he pensado, y también lo haré”, dijo Dios ( I sa. 46 :11) . En la lección de esta semana, Pablo dirige nuestra atención a la relación entre la promesa de Dios a Abraham y la ley dada a Israel 430 años más tarde. ¿Cómo debía entenderse la relación entre ambas, y qué implicaciones tiene eso para la predicación del evangelio?

SABADO – DOMINGO – LUNES – MARTES – MIERCOLES – JUEVES – VIERNES

PARA ESTUDIAR Y MEDITAR: “Durante su servidumbre, el pueblo había perdido en alto grado el conocimiento de Dios y de los principios del pacto de Abraham. Al libertarlos de Egipto, Dios trató de revelarles su poder y su misericordia para inducirlos a amarlo y a confiar en él. Los llevó al Mar Rojo, donde, perseguidos por los egipcios, parecía imposible que escaparan, para que pudieran ver su total desamparo y su necesidad de ayuda divina; y entonces los libró. Así se llenaron de amor y gratitud hacia él, y confiaron en su poder para ayudarlos. Los ligó a sí mismo como Libertador de la esclavitud temporal. “Pero había una verdad aún mayor que debía grabarse en sus mentes. Como habían vivido en un ambiente de idolatría y corrupción, no tenían un concepto verdadero de la santidad de Dios, de la extrema pecaminosidad de su propio corazón, de su total incapacidad para observar la ley de Dios y de la necesidad de un Salvador. Todo esto se les debía enseñar” (PP 388). “La ley de Dios, pronunciada con grandiosidad aterradora desde el Sinaí, es el dictamen de condenación para el pecador. Le corresponde a la Ley condenar, pero no hay en ella poder para perdonar o redimir” (Comentarios de Elena G. de White, CBA 6: 1.094)

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