Posteado por: Lilliam A Garcia | septiembre 8, 2010

Comentario de EGW Lección 11 La elección de gracia

Julio – Septiembre 2010

Comentario de EGW

Lección 11

La elección de gracia

Sábado 4 de septiembre

El esfuerzo para ganar la salvación por medio de las obras propias induce inevitablemente a los hombres a amontonar las exigencias humanas como barrera contra el pecado. Al ver que no observan la ley, idean normas y reglamentos propios para compelerse a obedecerla. Todo esto desvía la mente desde Dios hacia el yo. El amor a Dios se extingue en el corazón; con él desaparece también el amor hacia el prójimo. Los defensores de tal sistema humano, con sus múltiples reglas, se sentirán impulsados a juzgar a todos los que no logran alcanzar la norma prescrita en él. El ambiente de críticas egoístas y estrechas ahoga las emociones nobles y generosas, y hace de los hombres espías despreciables y jueces ególatras.

A esta clase pertenecían los fariseos. No salían de sus servicios religiosos humillados por la convicción de lo débiles que eran ni agradecidos por los grandes privilegios que Dios les había dado. Salían llenos de orgullo espiritual, para pensar tan solo en sí mismos, en sus sentimientos, su sabiduría, sus caminos. De lo que ellos habían alcanzado hacían normas por las cuales juzgaban a los demás. Cubriéndose con las togas de su propia dignidad exagerada, subían al tribunal para criticar y condenar.

El pueblo participaba en extenso grado del mismo espíritu, invadía la esfera de la conciencia, y se juzgaban unos a otros en asuntos que tocaban únicamente al alma y a Dios. RefIriéndose a este espíritu y práctica, dijo Jesús: “No juzguéis, para que no seáis juzgados”. Quería decir: No os consideréis como normas. No hagáis de vuestras opiniones y vuestros conceptos del deber, de vuestras interpretaciones de las Escrituras, un criterio para los demás, ni los condenéis si no alcanzan a vuestro ideal. No censuréis a los demás; no hagáis suposiciones acerca de sus motivos ni los juzguéis (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 105, 106).

Domingo 5 de septiembre:
El fin de la ley

En esta carta, Pablo expresó libremente su preocupación por los judíos. Siempre, desde su conversión, había anhelado ayudar a sus hermanos judíos a obtener una clara comprensión del mensaje evangélico. “La voluntad de mi corazón y mi oración a Dios sobre Israel –declaró él– es para salud”.

No era un deseo común que sentía el apóstol. Pedía constantemente a Dios que le permitiera trabajar en favor de los israelitas que no reconocían a Jesús de Nazaret como el Mesías prometido. “Verdad digo en Cristo –aseguró a los creyentes de Roma– no miento, dándome testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo ser apartado de Cristo por mis hermanos, los que son mis parientes según la carne; que son Israelitas, de los cuales es la adopción, y la gloria, y el pacto, y la data de la ley, y el culto, y las promesas; cuyos son los padres, y de los cuales es Cristo según la carne, el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Los hechos de los apóstoles, pp. 300, 301).

…Por sus pecados los judíos se estaban separando ellos mismos de Dios. Eran incapaces de discernir el profundo significado espiritual de su servicio simbólico. Dominados por un sentimiento de justicia propia, confiaban en sus propias obras, en los sacrificios y los ritos mismos, en vez de los méritos de Aquel a quien señalaban todas esas cosas. De este modo, “ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia” (Romanos 10:3), se encerraron en un formalismo egoísta. Careciendo del Espíritu y de la gracia de Dios, procuraron suplir esta falta mediante una rigurosa observancia de las ceremonias y los ritos religiosos. Sin conformarse con los ritos que Dios mismo había ordenado, agravaron los mandamientos divinos con innumerables exacciones propias. Cuanto más se alejaban de Dios, más rigurosos se volvían en la observancia de esas formas.

Con todas estas minuciosas y gravosas exacciones, resultaba en la práctica imposible que el pueblo guardase la ley. Los grandes principios de justicia presentados en el Decálogo y las gloriosas verdades reveladas en el servicio simbólico se obscurecían por igual, sepultados bajo una masa de tradiciones y estatutos humanos. Los que deseaban realmente servir a Dios y procuraban observar toda la ley según lo ordenado por los sacerdotes y príncipes, gemían bajo una carga pesadísima.

Como nación, el pueblo de Israel, aunque deseaba el advenimiento del Mesías, estaba tan separado de Dios en su corazón y en su vida que no podía tener un concepto correcto del carácter ni de la misión del Redentor prometido. En vez de desear la redención del pecado, así como la gloria y la paz de la santidad, su corazón anhelaba obtener liberación de sus enemigos nacionales y recobrar el poder mundanal. Esperaba al Mesías como conquistador que quebrase todo yugo y exaltase a Israel para que dominase todas las naciones. Así había logrado Satanás preparar el corazón del pueblo para que rechazase al Salvador cuando apareciera. El orgullo que había en el corazón de ese pueblo y sus falsos conceptos acerca del carácter y la misión del Mesías les impedirían pesar con sinceridad las evidencias (Profetas y reyes, pp. 523, 524).

Lunes 6 de septiembre:
La elección de gracia

[Se cita 2 Pedro 1:2-10]. Aquí está la condición de la única elección salvadora que está en la Palabra de Dios. Debemos convertirnos en participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que está en el mundo por la concupiscencia. Debemos añadir gracia sobre gracia, y la promesa es: “Haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”.

La Palabra de Dios no menciona nada que se parezca a una elección incondicional: que una vez en la gracia, siempre en la gracia. El tema se aclara y precisa en el segundo capítulo de la segunda Epístola de Pedro. Después de presentar la historia de algunos que siguieron un mal camino, se da la explicación: “Han dejado el camino recto… siguiendo el camino de Balaam hijo de Beor, el cual amó el premio de la maldad”… [Se cita 2 Pedro 2: 15-20]. Aquí hay una clase de personas de quienes advierte el apóstol: “Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado”…

Si las almas han de salvarse, hay una verdad que debe recibirse. La observancia de los mandamientos de Dios es vida eterna para el que los acepta. Pero las Escrituras aclaran que los que una vez conocieron el camino de la vida y se regocijaron en la verdad, están en peligro de caer en apostasía y perderse. Por .eso hay necesidad de una decidida y diaria conversión a Dios (Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 1114).

La obra para los judíos, tal como se bosqueja en el capítulo once de Romanos, es una obra que debe ser tratada con sabiduría especial. Es una obra que no debe ser pasada por alto. La sabiduría de Dios debe venir a nuestro pueblo. Con toda sabiduría y rectitud debemos despejar el camino del Rey. A los judíos debe dárseles la oportunidad de acudir a la luz (Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 1078).

Cristo puede salvar hasta lo sumo a todos los que se acercan a él con fe. Si se lo permiten los limpiará de toda contaminación; pero si se aferran a sus pecados no hay posibilidad de que sean salvos, pues la justicia de Cristo no cubre los pecados por los cuales no ha habido arrepentimiento. Dios ha declarado que aquellos que reciben a Cristo como a su Redentor, aceptándolo como Aquel que quita todo pecado, recibirán el perdón de sus transgresiones. Estas son las condiciones de nuestra elección. La salvación del hombre depende de que reciba a Cristo por fe. Los que no quieran recibirlo, pierden la vida eterna porque se niegan a aprovechar el único medio proporcionado por el Padre y el Hijo para la salvación de un mundo que perece (Comentario bíblico adventista, tomo 7A, pp. 372, 373).

No puede existir algo parecido a que alguien entre en el cielo sin estar preparado para el cielo. No hay nada así como un ser humano santificado e idóneo para el reino celestial sin antes haber hecho una elección por la favor de] ese reino. Dios escoge a los que han estado actuando conforme al plan de adición. La explicación se da en el primer capítulo de Segunda Pedro. Cristo ha pagado por cada ser humano el precio de la elección. Nadie tiene por qué perderse. Todos han sido redimidos. A los que reciben a Cristo como un Salvador personal se les dará poder para llegar a ser hijos e hijas de Dios. Se ha proporcionado una póliza de seguro de vida eterna para todos.

Cristo redime a los que Dios elige. El Salvador pagó el precio de la redención de cada alma. No somos nuestros, pues somos comprados por precio. Recibimos del Redentor, quien nos eligió desde la fundación del mundo, la póliza de seguro que nos da derecho a la vida eterna.

La elección de Dios depende de nuestro proceder, y no hay otra elección en la Biblia. La elección está dentro de nuestro alcance. “Haciendo estas cosas, no caeréis jamás” (Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 955).
Martes 7 de septiembre:
La rama injertada

Los que permanecen impenitentes comprenderán lo que significa la ira del Cordero. El castigo que habría de caer sobre el pueblo judío sería más terrible debido a su pobre respuesta al amor y la misericordia de Dios…

Los judíos se mostraron sorprendidos que Dios esperara de ellos mayores frutos, cuando ellos se consideraban los más piadosos de la tierra. Habían sido elegidos para ser guardianes y distribuidores de la verdad y debían haber usado sus privilegios para bendecir y beneficiar al mundo. Pero abusaron de los mensajeros que les fueron enviados, y cuando Dios envió a su Hijo, el dueño de la herencia, lo crucificaron en el Calvario. Un día verán el resultado de su impenitencia; no escucharán más los ruegos del amor infinito sino que la ira del Cordero caerá como una roca sobre ellos y quedarán como el polvo.

“¿Qué ventaja tiene, pues, el judío? ¿O de qué aprovecha la circuncisión? Mucho, en todas maneras. Primero, ciertamente, que les ha sido confiada la Palabra de Dios” (Romanos 3:1, 2). Pero lo que podría haber sido su mayor bendición se transformó en su condenación debido a su desobediencia, ingratitud e impiedad… La historia de los hijos de Israel nos muestra los muchos privilegios que ellos podrían haber gozado y las ricas bendiciones que habrían recibido si guardaban los mandamientos del Señor…

En cada época Cristo tiene su iglesia en la tierra y la obediencia a los mandamientos de Dios le da el derecho a gozar de los privilegios reservados para ella. Pero muchos de sus miembros no cumplen con las condiciones establecidas y quiebran los términos de su elección. Si lo hicieran, asegurarían su elección para la salvación. Una perfecta obediencia a sus mandamientos es la evidencia de su amor a Dios “Pues si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas, y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo, no te jactes contra las ramas; y si te jactas, sabe que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti. Pues las ramas, dirás, fueron desgajadas para que yo fuese injertado. Bien; por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme” (Romanos 11: 17-20). Este mensaje es para todos aquellos que gozan de los privilegios que en el pasado le fueron dados al antiguo Israel. “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13) (Review and Herald, 17 de julio, 1900).

Miércoles 8 de septiembre:
Se revela un misterio

Por medio de Moisés Dios había presentado a su pueblo los resultados de la infidelidad. Al negarse a cumplir su pacto, se separaría de la vida de Dios; y la bendición de él ya no podría descansar sobre ese pueblo. A veces estas amonestaciones fueron escuchadas, y ricas bendiciones fueron otorgadas a la nación judía y por su medio a los pueblos que la rodeaban. Pero en su historia fue más frecuente que sus hijos se olvidaran de Dios y perdieran de vista el gran privilegio que tenían como representantes suyos. Le privaron del servicio que él requería de ellos, y privaron a sus semejantes de la dirección religiosa y del ejemplo santo que debían darles. Desearon apropiarse de los frutos del viñedo sobre el cual habían sido puestos como mayordomos. Su codicia los hizo despreciar aun por los paganos; y el mundo gentil se vio así inducido a interpretar erróneamente el carácter de Dios y las leyes de su reino (Profetas y reyes, p. 14).

Por su vida, Cristo estableció una religión sin casta, merced a la cual judíos y paganos, libres y esclavos quedan unidos por un vínculo fraternal de igualdad delante de Dios. Ningún exclusivismo influía en sus actos. No hacía ninguna diferencia entre prójimos y extraños, amigos o enemigos. Su corazón era atraído hacia toda alma que tuviese sed del agua de la vida.

No menospreciaba a ser humano alguno, y procuraba aplicar a toda alma la virtud sanadora. En cualquier sociedad que estuviese, presentaba una lección apropiada al tiempo y a las circunstancias. Todo desprecio y todo ultraje que los hombres infligían a sus semejantes no hacían sino hacerle sentir tanto más hondamente la necesidad en que se hallaban de su simpatía divino-humana. Procuraba hacer nacer la esperanza en el más rústico de los hombres y en aquel que menos esperanza daba, asegurándoles que podían tomarse irreprensibles e inofensivos, y adquirir un carácter que les hiciera hijos de Dios (Joyas de los testimonios, tomo 3, p. 387).

Jueves 9 de septiembre:
La salvación de los pecadores

“¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le sea pagado? Porque de él, y por él, y en él, son todas las cosas. A él sea gloria por siglos” (Romanos 11:33).

Así muestra Pablo que Dios es abundantemente capaz de transformar el corazón del judío y del gentil igualmente y de conceder a todo creyente en Cristo las bendiciones prometidas a Israel. Él repite las declaraciones de Isaías concernientes al pueblo de Dios: “Si fuere el número de los hijos de Israel como la arena de la mar, las reliquias serán salvas: porque palabra consumadora y abreviadora en justicia, porque palabra abreviada, hará el Señor sobre la tierra. Y como antes dijo Isaías: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado simiente, como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra fuéramos semejantes” (Romanos 9:27-29) (Los hechos de los apóstoles, p. 304).

El propósito y el plan de la gracia existieron desde toda la eternidad. De acuerdo con el determinado consejo de Dios, el hombre debía ser creado, dotado con la facultad de cumplir la voluntad divina. Pero el extravío del hombre, con todas sus consecuencias, no estuvo oculto de la vista del Omnipotente, no obstante lo cual tal circunstancia no lo detuvo en la realización de su propósito eterno; porque el Señor quería fundar su trono en justicia. Dios conoce el fin desde el principio… Por lo tanto, la redención no fue una improvisación ulterior… sino un propósito eterno que habría de cumplirse para bendición no solo del átomo que es este mundo, sino en beneficio de todos los mundos que Dios ha creado.

La creación de los mundos, el misterio del evangelio, tienen un solo propósito, a saber, revelar a todas las inteligencias creadas, por medio de la naturaleza y de Cristo, las glorias del carácter divino. Mediante el maravilloso despliegue de su amor al dar “a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16), se revela la gloria de Dios a la humanidad perdida a las inteligencias de los otros mundos (La maravillosa gracia de Dios, p. 129).

Cristo elige como sus representantes, no a los ángeles que nunca han caído, sino a seres humanos con las mismas pasiones de aquellos a quienes quiere salvar. Siendo divino, Cristo tomó sobre sí mismo la humanidad para poder alcanzar a la humanidad, porque se requerían ambas naturalezas para traer salvación al mundo y para abrir un canal de comunicación entre Dios y los seres humanos. Lo mismo ocurre con los mensajeros de Cristo: necesitan un poder fuera de ellos mismos para restaurar la semejanza divina en ellos y capacitarlos para hacer la obra de Dios. De esa manera, cooperando con el poder divino y morando Cristo en ellos por la fe, llegan a ser eficientes para hacer el bien (Review and Herald, 11 de enero, 1912).

Viernes 10 de septiembre:
Para estudiar y meditar

Los hechos de los apóstoles, pp. 65-67; 93-95; 392-396; El evangelismo, pp. 573-576; Mensajes selectos, tomo 1, pp. 182, 183.

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