Posteado por: Lilliam A Garcia | agosto 24, 2010

Libertad en Cristo Comentario de EGW Lección 09

Julio – Septiembre 2010

Comentario de EGW

Lección 09

Libertad en Cristo

Sábado 21 de agosto

“Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación” (1 Tesalonicenses 4:3). ¿Es la nuestra también? Nuestros pecados pueden parecer como montañas delante de nosotros, pero si con corazón humilde confesamos nuestros pecados confiando en los méritos de un Salvador crucificado y resucitado, él nos perdonará y nos limpiará de toda injusticia. Si buscamos a Dios con ansias, así como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, encontraremos más y más de las inagotables riquezas de su gracia. Al contemplar estas riquezas y saber que podemos hacerlas nuestras, se nos revelarán los méritos del Salvador, la protección de su justicia, su amor inigualable, y la plenitud de su poder y sabiduría para presentamos ante el Padre sin mancha ni arruga ni cosa semejante. Si aceptamos su salvación podremos dar testimonio de haber sido redimidos por su sangre, “Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”. Podemos ser “más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:2, 37) (The Youth’s Instructor, 24 de agosto, 1899).

Domingo 22 de agosto:
Libres de condenación

El privilegio de cada uno es vivir de tal forma que Dios lo apruebe y lo bendiga. Podéis estar frecuentemente en comunicación con el Cielo; no es la voluntad de vuestro Padre celestial que estéis alguna vez bajo condenación en tinieblas. No es agradable a Dios que os desmerezcáis. Debéis cultivar el respeto propio viviendo de tal modo que seáis aprobados por vuestra conciencia y ante los hombres y los ángeles.

No es una evidencia de verdadera humildad que vayáis con la cabeza gacha y con el corazón lleno de pensamientos egoístas. Podéis ir a Jesús y ser limpiados, y estar delante de la ley sin remordimiento (A fin de conocerle, p. 142).

Hay quienes han conocido el amor perdonador de Cristo y desean realmente ser hijos de Dios; sin embargo, reconocen que su carácter es imperfecto y su vida defectuosa, y están propensos a dudar de que sus corazones hayan sido regenerados por el Espíritu Santo. A los tales quiero decirles que no se abandonen a la desesperación. Tenemos a menudo que postramos y llorar a los pies de Jesús por causa de nuestras culpas y errores; pero no debemos desanimarnos. Aun si somos vencidos por el enemigo, no somos arrojados, ni abandonados, ni rechazados por Dios. No; Cristo está a la diestra de Dios e intercede por nosotros. Dice el discípulo amado: “Estas cosas os escribo, para que no pequéis. Y si alguno pecare, abogado tenemos para con el Padre, a saber, a Jesucristo el Justo” (1 Juan 2:1). Y no olvidéis las Palabras de Cristo: “Porque el Padre mismo os ama” (Juan 16:27). El quiere que os reconciliéis con él, quiere ver su pureza y santidad reflejadas en vosotros. Y si tan solo queréis entregaros a él, el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará, hasta el día de Jesucristo. Orad con más fervor; creed más plenamente. A medida que desconfiemos de nuestra propia fuerza, confiaremos en el poder de nuestro Redentor, y luego alabaremos a Aquel que es la salud de nuestro rostro (El camino a Cristo, p. 64).

“Gracia… a vosotros”. Todo lo debemos a la gratuita gracia de Dios. En el pacto, la gracia ordenó nuestra adopción. En el Salvador, la gracia efectuó nuestra redención, nuestra regeneración y nuestra exaltación a la posición de herederos con Cristo. No porque primero lo amáramos a él, Dios nos amó a nosotros sino que “cuando aún éramos débiles” Cristo murió por nosotros e hizo así una abundante provisión para nuestra redención. Aunque por nuestra desobediencia merecíamos el desagrado y la condenación de Dios, sin embargo no nos ha abandonado dejándonos luchar con el poder del enemigo. Ángeles celestiales riñen nuestras batallas por nosotros, y si cooperamos con ellos podemos ser victoriosos sobre los poderes del mal.

Si no hubiéramos caído, nunca hubiéramos aprendido el significado de esta palabra “gracia”. Dios ama a los ángeles que no pecaron, que realizan su servicio y son obedientes a todas sus órdenes, pero no les proporciona gracia a ellos. Esos seres celestiales no saben nada de la gracia; nunca la han necesitado, pues nunca han pecado. La gracia es un atributo de Dios manifestado a seres humanos indignos. Por nosotros mismos no la buscamos, sino que fue enviada en nuestra búsqueda. Dios se regocija en conferir su gracia en todos los que la anhelan, no porque son dignos, sino porque son completamente indignos. Nuestra necesidad es la característica que nos da la seguridad de que recibiremos este don…

Podemos hacer progresos diarios en la senda ascendente que conduce a la santidad y sin embargo encontraremos todavía mayores alturas que alcanzar; pero cada esfuerzo de los músculos espirituales, cada cansancio del corazón y el cerebro ponen en evidencia la abundancia de la reserva de la gracia esencial para que avancemos (En lugares celestiales, p. 34).

Lunes 23 de agosto:
Lo que la ley no podía hacer

La gracia de Cristo y la ley de Dios son inseparables. En Jesús la misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron. En su vida y carácter, no solo revela el carácter de Dios, sino las posibilidades del hombre. Era el representante de Dios y el ejemplo de la humanidad. Presentó ante el mundo lo que la humanidad podría llegar a ser cuando se uniera por fe con la divinidad. El unigénito Hijo de Dios tomó sobre sí la naturaleza del hombre y estableció su cruz entre la tierra y el cielo. Mediante la cruz, el hombre fue atraído a Dios, y Dios al hombre. La justicia se inclinó desde su puesto elevado y sublime, y las huestes celestiales, los ejércitos de la santidad, se acercaron a la cruz, inclinándose con reverencia, pues en la cruz se satisfizo la justicia. Mediante la cruz, el pecador fue rescatado de la fortaleza del pecado, de la confederación del mal, y cada vez que se acerca a la cruz se enternece su corazón y clama arrepentido: “Fueron mis pecados los que crucificaron al Hijo de Dios”. Deja sus pecados en la cruz y se transforma su carácter por la gracia de Cristo. El Redentor levanta al pecador del polvo y lo coloca bajo la dirección del Espíritu Santo. Cuando el pecador contempla al Redentor, encuentra esperanza, seguridad y gozo. La fe se aferra de Cristo con amor. La fe obra por el amor y purifica el alma (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 409, 410).

La ley revela al hombre sus pecados, pero no dispone ningún remedio. Mientras promete vida al que obedece, declara que la muerte es lo que le toca al transgresor. Solo el evangelio de Cristo puede librarlo de la condenación o de la mancha del pecado. Debe arrepentirse ante Dios, cuya ley transgredió, y tener fe en Cristo y en su sacrificio expiatorio. Así obtiene remisión de “los pecados pasados”, y se hace partícipe de la naturaleza divina. Es un hijo de Dios, pues ha recibido el espíritu de adopción, por el cual exclama: “¡Abba, Padre!”

¿Está entonces libre para violar la ley de Dios? El apóstol Pablo dice: “¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley”. “Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?” Y San Juan dice también: “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (Romanos 3:31; 6:2; 1 Juan 5:3). En el nuevo nacimiento el corazón viene a quedar en armonía con Dios, al estarlo con su ley. Cuando se ha efectuado este gran cambio en el pecador, entonces ha pasado de la muerte a la vida, del pecado a la santidad, de la transgresión y rebelión a la obediencia y a la lealtad. Terminó su antigua vida de separación con Dios; y comenzó la nueva vida de reconciliación, fe y amor. Entonces “la justicia de la ley” se cumplirá en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”. Y el lenguaje del alma será: “¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación” (Salmo 119:97).

“La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma” (Salmo 19:7). Sin la ley, los hombres no pueden formarse un justo concepto de la pureza y santidad de Dios ni de su propia culpabilidad e impureza. No tienen verdadera convicción de pecado, y no sienten necesidad de arrepentirse. Como no ven su condición perdida como violadores de la ley de Dios, no se dan cuenta tampoco de la necesidad que tienen de la sangre expiatoria de Cristo. Aceptan la esperanza de salvación sin que se realice un cambio radical en su corazón ni una reforma en su vida. Así abundan las conversiones superficiales, y multitudes se unen a la iglesia sin haberse unido jamás con Cristo… Por la Palabra y el Espíritu de Dios quedan de manifiesto ante los hombres los grandes principios de justicia encerrados en la ley divina (Reflejemos a Jesús, p. 39).

Martes 24 de agosto:
La carne y el Espíritu

Los mandamientos de Dios son abarcantes y de gran amplitud. En unas pocas palabras, despliegan todo el deber del hombre…

Toda la familia humana ha transgredido la ley de Dios y, como transgresores de la ley, los hombres están arruinados sin esperanza, pues son enemigos de Dios, sin vigor para hacer nada bueno. “La mente camal es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Romanos 8:7). Mirándose en el espejo moral –la santa ley de Dios– el hombre se ve a sí mismo como pecador y está convencido de su mala condición, de su condenación sin esperanza bajo el justo castigo de la ley. Pero no ha sido dejado en una condición de sufrimiento sin esperanza en que lo haya sumido el pecado, pues Aquel que era igual a Dios ofreció su vida en el Calvario a fin de salvar al transgresor de la ruina. “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Jesús era la majestad del cielo, el amado comandante de los ángeles, quienes se complacían en hacer la voluntad de él. Era uno con Dios “en el seno del Padre” (Juan 1:18), y sin embargo no pensó que era algo deseable ser igual a Dios mientras el hombre estuviera perdido en el pecado y la desgracia. Descendió de su trono, dejó la corona y el cetro reales, y revistió su divinidad con humanidad. Se humilló a sí mismo hasta la muerte de cruz para que el hombre pudiera ser exaltado a un sitial con Cristo en su trono. En él tenemos una ofrenda completa, un sacrificio infinito, un poderoso Salvador, que puede salvar hasta lo último a todos los que vienen a Dios por medio de él. Con amor, viene a revelar al Padre, a reconciliar al hombre con Dios, a hacerlo una nueva criatura, renovada de acuerdo con la imagen de Aquel que lo creó (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 377, 378).

“Por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20); pues “el pecado es infracción de la ley” (1 Juan 3:4). Mediante la ley los hombres son convencidos de pecado y deben sentirse como pecadores, expuestos a la ira de Dios, antes de que comprendan su necesidad de un Salvador. Satanás trabaja continuamente para disminuir en el concepto del hombre el atroz carácter del pecado. Y los que pisotean la ley de Dios están haciendo la obra del gran engañador, pues están rechazando la única regla por la cual pueden definir el pecado y hacerlo ver claramente en la conciencia del transgresor. La ley de Dios llega hasta aquellos propósitos secretos que, aunque sean pecaminosos, con frecuencia son pasados por alto livianamente, pero que son en realidad la base y la prueba del carácter. Es el espejo en el cual ha de mirarse el pecador si quiere tener un conocimiento correcto de su carácter moral. Y cuando se vea a sí mismo condenado por esa gran norma de justicia, su siguiente paso debe ser arrepentirse de sus pecados y buscar el perdón mediante Cristo. Al no hacer esto, muchos tratan de romper el espejo que les revela sus defectos, para anular la ley que señala las tachas de su vida y su carácter (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 256, 257).

Miércoles 25 de agosto:
El Espíritu en nosotros

Mediante el ministerio de los ángeles, el Espíritu Santo puede obrar en la mente y el corazón del ser humano y atraerlo a Cristo… Pero el Espíritu de Dios no interfiere con la libertad del ser humano. El Espíritu Santo se da como un ayudador a fin de que el hombre pueda cooperar con la Divinidad, y es dado para que Dios pueda atraer al alma, pero nunca forzar su obediencia.

Cristo está pronto a impartir toda la influencia celestial. Conoce cada tentación que sobreviene al hombre y las facultades de cada uno. Pesa su fuerza. Ve el presente y el futuro y presenta delante de la mente las obligaciones a las que hará frente y la insta para que las cosas vulgares terrenales no lleguen a ser tan absorbentes que las cosas eternas queden fuera de cómputo. El Señor tiene plenitud de gracia para conferir a cualquiera que reciba el don celestial. El Espíritu Santo pondrá en el servicio de Cristo las facultades confiadas por Dios, y modelará y dará forma al ser humano de acuerdo con el Modelo divino.

El Espíritu Santo es nuestra suficiencia en la obra de edificar el carácter, de formarlo de acuerdo con la semejanza divina. Cometemos un grave error cuando pensamos que somos capaces de modelar nuestra propia vida. Nunca podemos por nosotros mismos vencer la tentación. Pero los que tienen una fe genuina en Cristo serán movidos por el Espíritu Santo. El alma en cuyo corazón habita la fe, crecerá constituyendo un bello templo para el Señor. Será dirigida por la gracia de Cristo. Crecerá en la misma proporción en que dependa de las enseñanzas del Espíritu Santo.

La influencia del Espíritu Santo es la vida de Cristo en el alma. No vemos a Cristo ni le hablamos, pero su Espíritu Santo está tan cerca de nosotros en un lugar como en otro. Obra dentro y por medio de todo el que recibe a Cristo (A fin de conocerle, p. 59).

La promesa del Espíritu Santo no se limita a ninguna edad ni raza. Cristo declaró que la influencia divina de su Espíritu estaría con sus seguidores hasta el fin. Desde el día de Pentecostés hasta ahora, el Consolador ha sido enviado a todos los que se han entregado plenamente al Señor y a su servicio. A todo el que ha aceptado a Cristo como su Salvador personal, el Espíritu Santo ha venido como consejero, santificador, guía y testigo. Cuanto más cerca de Dios han andado los creyentes, más clara y poderosamente han testificado del amor de su Redentor y de su gracia salvadora. Los hombres y mujeres que a través de largos siglos de persecución y prueba gozaron en sus vidas de una medida de la presencia del Espíritu, se destacaron como señales y prodigios en el mundo. Revelaron ante los ángeles y los hombres el poder transformador del amor redentor (Recibiréis poder, p. 11).

Jueves 26 de agosto:
Adopción versus esclavitud

Juan no puede encontrar palabras adecuadas para describir el admirable amor de Dios para el hombre pecador; pero insta a todos para que contemplen el amor de Dios revelado en el amor de su Hijo unigénito. Por la perfección del sacrificio hecho por la raza culpable, los que creen en Cristo… pueden ser salvados de la ruina eterna. Cristo era uno con el Padre. Sin embargo, cuando el pecado entró en nuestro mundo por la transgresión de Adán, estuvo dispuesto a descender de la excelsitud de Aquel que era igual a Dios, que moraba en luz inaccesible para la humanidad, tan llena de gloria que ningún hombre podía contemplar su rostro y vivir, y se sometió a los insultos, vilipendios, sufrimientos, dolores y muerte, a fin de responder a las demandas de la inmutable ley de Dios y establecer un camino de escape para el transgresor por medio de su muerte y de su justicia. Esta fue la obra que su Padre le dio que hiciera; y los que aceptan a Cristo, reposando plenamente sobre sus méritos, se convierten en los hijos e hijas adoptivos de Dios, son herederos de Dios y coherederos con Cristo (A fin de conocerle, p. 62).

Con el apóstol Juan os invito a mirar “cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3:1). ¡Qué amor, qué amor incomparable, que nosotros, pecadores y extranjeros, podamos ser llevados de nuevo a Dios y adoptados en su familia! Podemos dirigirnos a él con el nombre cariñoso de “Padre nuestro”, que es una señal de nuestro afecto por él, y una prenda de su tierna consideración y relación con nosotros. Y el Hijo de Dios, contemplando a los herederos de la gracia, “no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hebreos 2: 11). Tienen con Dios una relación aún más sagrada que la de los ángeles que nunca cayeron.

Todo el amor paterno que se haya transmitido de generación a generación por medio de los corazones humanos, todos los manantiales de ternura que se hayan abierto en las almas de los hombres, son tan solo como una gota del ilimitado océano, cuando se comparan con el amor infinito e inagotable de Dios. La lengua no 10 puede expresar, la pluma no lo puede describir. Podéis meditar en él cada día de vuestra vida; podéis escudriñar las Escrituras diligentemente a fin de comprenderlo; podéis dedicar toda facultad y capacidad que Dios os ha dado al esfuerzo de comprender el amor y la compasión del Padre celestial; y aún queda su infinidad. Podéis estudiar este amor durante siglos, sin comprender nunca plenamente la longitud y la anchura, la profundidad y la altura del amor de Dios al dar a su Hijo para que muriese por el mundo. La eternidad misma no lo revelará nunca plenamente (Exaltad a Jesús, p. 221).

“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Romanos 8:15). El espíritu de esclavitud se genera cuando tratamos de vivir de acuerdo con una religión legal, tratando de cumplir los requerimientos de la ley con nuestra propia fuerza. Pero nuestra única esperanza es aceptar el pacto abrahámico, que es el pacto de la gracia mediante la fe en Cristo Jesús. El evangelio predicado a Abraham, que le dio esperanza, es el mismo evangelio que se nos predica hoy, por el cual nosotros también tenemos esperanza. Abraham miró por la fe a Jesús, quien también es el autor y consumador de nuestra fe (The Youth ‘s Instructor, 22 de septiembre, 1892).

Viernes 27 de agosto:
Para estudiar y meditar

El conflicto de los siglos, pp. 295-298; El Deseado de todas las gentes, pp. 87, 88; 217-221; 624, 625; Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 68-70; Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 223, 224.


Responses

  1. gracias por poner los comentarios que nos ayuda a comprender mejor la leccion que nuestroDios la siga bendiciendo y es la manera para educar tambien a nuestro pueblo que es mundial Bendiciones


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