Posteado por: Lilliam A Garcia | agosto 9, 2010

Lección 7 La victoria sobre el pecado Libro Complimentario

Lección 7

La victoria sobre el pecado

Es inevitable. Todo el que enseña que somos salvos por la gracia de Dios en vez de nuestras obras será acusado de ser blando con el pecado. Pablo no fue una excepción. ¿Recuerda Romanos 3? Allí Pablo reconoció que sus adversarios lo acusaban de que él enseñaba que pecar estaba bien. Caracterizaban su posición de la siguiente manera: “Si la gracia de Dios se ocupa de nuestro pecado, bien podríamos vivir y pecar cuanto deseemos. Si más pecado significa más gracia, cuanto más pequemos tanto mejor”.
Aunque Pablo menciona esta acusación contra él en el capítulo 3, no la responde allí. Sencillamente la pasa por alto diciendo que la conde­nación de los que hacen esa acusación contra él es justa: “Alguien podría argumentar: ‘Si por mi mentira la verdad de Dios abundó para su gloria, ¿por qué aún soy juzgado como pecador?’ ¿Por qué no decir (como se nos calumnia, y como algunos, cuya condenación es justa, afirman que noso­tros decimos):’Hagamos males para que vengan bienes'” (Romanos 3:7, 8)?
Sin embargo, la pregunta merece una respuesta. Después de todo, Pablo terminó el capítulo 5 diciendo: “Mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:20). ¿No se podría llegar legítimamente a la conclusión de que bien podríamos seguir pecando? ¡Dejemos que la gracia siga fluyendo!
Pablo responde a esta pregunta en Romanos 6. El capítulo entero habla de la pregunta básica del pecado y la gracia. Pero Pablo hace la pregunta de dos maneras, y las responde con dos ilustraciones diferen­tes. Aquí están las dos preguntas:
•    Versículo 1: “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?
•    Versículo 15: “¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia?”
En ambos casos, Pablo responde de la misma manera: “¡Absoluta­mente no!”. Esta es una expresión fuerte que podría ser traducida lite­ralmente como: “¡Oh, que no sea así!” Se usa quince veces en el Nuevo Testamento, sólo una fuera de las cartas de Pablo. Diez veces aparece en Romanos (3:4, 6, 31; 6:2, 15; 7:7, 13; 9:14; 11:1, 11). Pablo tiende a usar esta expresión cuando está en un debate con adversarios imaginarios. Usa esta forma negativa fuerte para mostrar claramente lo que él no cree. El no cree que los cristianos deban seguir pecando por causa de la gracia.
¿Por qué no cree eso? Dos ilustraciones lo aclaran.
Primera ilustración: el bautismo
Pablo usa el bautismo como su primera ilustración. Alega que si real­mente comprendemos lo que sucedió cuando fuimos bautizados, no po­demos tomar el pecado livianamente. En el bautismo morimos a nuestra vieja manera de vivir –en otras palabras, morimos al pecado– y resucita­mos a una nueva manera de vivir. El bautismo es la muerte y sepultura con Cristo, seguido por la resurrección con él. Si los cristianos murieron a su vieja manera de vivir, no tiene ningún sentido que sigan viviendo esa vida vieja. En el versículo 6 Pablo llama “servir al pecado” a esa vieja ma­nera de vivir. Lo detallará mucho más en la segunda mitad del capítulo, pero ya es visible aquí que el pecado es un poder que esclaviza al pecador.
En el versículo 12 Pablo usa otra analogía que da la misma idea. Dice a los cristianos que no “reine” el pecado sobre ellos. Aquí la imagen es la de un rey que domina a sus súbditos. En cualquiera de los dos casos –sea que el pecado nos esclavice como un amo sobre nosotros o como un rey– es claro que Pablo cree que el pecado es más que un asun­to de decisiones aisladas e individuales para quebrantar la ley de Dios.
Cuando pensamos en una definición bíblica del pecado, general­mente pensamos en 1 Juan 3:4: “El pecado es infracción de la ley” (RVR 60). Esto podría llevarnos a creer que el pecado es sencillamente la mala decisión ocasional de quebrantar la ley. Sin embargo, para Pablo el pe­cado es mucho más que eso. Es un poder que nos controla y nos impide tener una relación positiva con Dios. Nos obliga a ir por un sendero que inevitablemente nos lleva a la muerte. Es una fuerza destructiva que no podemos vencer. Como veremos en nuestro estudio de Romanos 7, ese poder está vinculado estrechamente con la ley. Veremos que el pecado aprovecha la ley para aumentar su dominio sobre nosotros. Resolver el problema del pecado no es meramente un asunto de decidir hacer me­jores decisiones. Más bien, es un asunto de liberarse del control de una fuerza que nos obliga a vivir de una manera que conduce a la muerte.
En ese sentido, el pecado siempre es destructivo. Destruye nuestras relaciones y la vida misma. Todo lo que Dios prohíbe en su ley es des­tructivo. Pero cuando la fuerza destructiva del pecado nos controla, no podemos escapar de ese control por nosotros mismos. La única manera en que podemos escapar de la vieja vida de pecado es morir. Necesita­mos más que un sencillo ajuste espiritual: necesitamos morir.
Y eso es precisamente lo que simboliza el bautismo: la muerte a esa fuerza del pecado que nos controla y nos lleva a la destrucción. Por tanto, Pablo dice:”Sabemos que nuestra vieja naturaleza fue crucificada con él para que nuestro cuerpo pecaminoso perdiera su poder, de modo que ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado; porque el que muere queda liberado del pecado” (Romanos 6:6, 7, NVI).
Note que en este lugar Pablo está usando el bautismo como una ilustración. Su tema no es el bautismo; es si debemos seguir pecando por causa de la gracia de Dios. El bautismo ilustra por qué no debemos seguir pecando. Nuestro bautismo fue nuestra aceptación de la muerte y resurrección de Jesús por nosotros. En él nosotros morimos y fuimos sepultados con él. Esa vieja manera de vivir en la que el poder del peca­do nos controlaba ha desaparecido. Ahora nos hemos levantado a una nueva vida de libertad del poder del pecado. A la luz de esta buena noticia, Pablo nos da varias amonestaciones en los versículos 11 al 14:

  1. Considérense muertos al pecado.
  2. Considérense vivos para Dios.
  3. No permitan que el pecado reine en vuestro cuerpo mortal.
  4. No ofrezcan partes de su cuerpo al pecado, como instrumentos de maldad.
  5. Ofrézcanse a Dios.
  6. Presenten sus miembros a Dios como instrumentos de justicia.

Estas amonestaciones asumen las buenas noticias de la gracia de Dios. Los creyentes pueden obedecerlas porque ya han muerto al pe­cado. Entonces, esto los lleva a la conclusión que alcanzó Pablo al final de la primera parte del capítulo: “Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia” (versículo 14).
Así que estar bajo la gracia en lugar de estar bajo la ley no signifi­ca pecar cuanto se desee. Todo lo contrario. Significa que el pecado ya no es más nuestro amo. En la nueva atmósfera de la gracia en la que vivimos estamos liberados de la fuerza destructiva del pecado que nos impedía tener paz con Dios, y de vivir en armonía con nuestros herma­nos y hermanas. Esto no significa que los cristianos no pecan y nunca cometen un error. Pero significa que la fuerza destructiva del pecado ya no es nuestro amo.
Aun cuando el bautismo es una ilustración y no el tema de la pri­mera mitad de Romanos 6, aprendemos acerca del bautismo por la for­ma en que Pablo usa esa ilustración. Si el bautismo es un símbolo de la sepultura y la resurrección con Cristo, entonces la inmersión -en la cual la persona bautizada realmente baja al agua que la cubre- es el único símbolo apropiado de esta experiencia. También es claro lo que Pablo dice: que el bautismo es un símbolo de la decisión del creyente de identificarse con la muerte y resurrección de Cristo y de elegir la so­lidaridad con Cristo. Y siendo que el bautismo representa una decisión o una elección, entonces los que participan en él deben tener suficiente edad y madurez para hacer estas decisiones reflexivamente.
En el bautismo nos identificamos con Cristo tan completamente, que en un sentido real no sólo Cristo murió en la cruz hace dos mil años: nosotros también morimos con él. Las personas que éramos, do­minadas por el pecado, ya no viven. En el bautismo también nos unimos con la esperanza de la resurrección, de modo que aunque vivimos en un mundo de pecado y de muerte, ya vivimos en la confianza del fin. Por esto podemos considerarnos muertos al pecado y tener la confianza de que por cuanto Cristo murió por el pecado una vez por todas (vers. 10) y fue resucitado, para nunca morir otra vez (vers. 9), podemos estar seguros de que viviremos con él. Este cuadro de unión con Cristo, sim­bolizado por el bautismo, es tal vez la fuente más rica de material para la reflexión teológica sobre el significado del bautismo que se pueda encontrar en el Nuevo Testamento.
La segunda ilustración: la esclavitud
En la segunda mitad de Romanos 6 Pablo se explaya en un problema que planteó en la primera mitad: la esclavitud. Primero, el vuelve a hacer la pregunta con palabras diferentes:”¿Qué pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia?” (versículo 15). Otra vez da su respues­ta firme:”¡Absolutamente no!”. Esta vez la razón es que seguir pecando es ser un esclavo o siervo del pecado. Para Pablo, todos somos esclavos. O somos esclavos del pecado o somos esclavos de Dios. Él ni siquiera con­sidera la posibilidad de que no seamos esclavos. En última instancia, hay sólo dos posibilidades: elige la esclavitud que quieras.
Tal concepto habría parecido menos sorprendente en los días de Pa­blo de lo que es hoy, ya que se estima que los esclavos constituían hasta un tercio de la población de Roma. La esclavitud era una parte común de la vida diaria. Es posible que algunos miembros de iglesia en Roma fue­sen esclavos. Al final de su carta, cuando Pablo saluda a “los de la casa de Narciso” (16:11), quizá se esté refiriendo a los esclavos. Y aparentemente había esclavos con Pablo en Corinto cuando escribió esta carta. Tercio, el escriba que escribió la carta mientras Pablo la dictaba (versículo 22), y Cuar­to, que envía saludos a la iglesia (versículo 23), probablemente eran ambos esclavos, ya que sus nombres significan “tercero” y “cuarto”, una forma corriente de nombrar a los esclavos, como ya dijimos.
En los días de Pablo, el tratamiento de los esclavos variaba de un extremo a otro. Algunos esclavos eran mayordomos y tutores de con­fianza; otros eran mantenidos en las condiciones más degradantes. Las siguientes citas de las cartas morales de un filósofo romano –Séneca, el hermano de Galio, el procónsul de Corinto ante quien Pablo compareció una vez (ver Hechos 18:12-17)– muestran que los filósofos discutían que los esclavos deberían ser tratados con respeto, pero también muestran cuan a menudo los esclavos eran maltratados por los ricos que vivían en lujo extravagante:
“Estoy contento de saber, por los que vienen a mí de tu parte, que vives en términos amistosos con tus esclavos. Esto es apropiado para un hombre sensato y bien educado como tú. ‘Ellos son esclavos’, de­clara la gente. No, más bien son hombres.’¡Esclavos!’ No, son nuestros compañeros esclavos, si uno reflexiona que la Fortuna tiene los mismos derechos sobre los esclavos y los hombres libres”.
“Cuando nos reclinamos en un banquete, un esclavo limpia la co­mida vomitada, otro se agazapa debajo de la mesa y recoge las sobras de los huéspedes medio borrachos. Otro trincha las aves valiosas, con golpes exactos y manos hábiles, cortando los bocados más selectos a lo largo del pecho o la rabadilla. Desventurada persona, que vive sólo con el fin de trinchar apropiadamente las aves engordadas, a menos que realmente el otro hombre sea todavía más desventurado que él, quien le enseña ese arte por sólo placer, en vez de aprender a hacerlo porque lo necesita. Otro, el que sirve el vino, debe vestirse como una mujer y lu­char con su crecimiento; él no puede escapar de su niñez; lo arrastran a ella de vuelta; y aunque ya ha adquirido la estampa de un soldado, se lo mantiene sin barba porque lo afeitan o lo depilan de raíz, y debe mante­nerse despierto toda la noche, dividiendo su tiempo entre la borrachera de su amo y su lujuria; en la recámara debe ser un hombre, y en la fiesta un muchacho… Con esclavos como éstos el amo no puede atreverse a cenar, ¡pensaría que está debajo de su dignidad asociarse con su esclavo en la misma mesa! ¡El cielo nos ampare!”
Aun cuando los lectores de Pablo estaban familiarizados con la es­clavitud, ninguno quería ser un esclavo. Pero Pablo dice que todos so­mos esclavos, y que debemos elegir nuestra esclavitud. Las esclavitudes entre las que debemos elegir son increíblemente diferentes. La primera, la esclavitud al pecado, lleva a la “muerte” (Romanos 6:16). El pecado trata de eso. Es destructivo. Destruye la vida. Para Pablo, la paga del pecado es muerte” (versículo 23). La palabra que Pablo usa y que es traducida como “paga” aquí es un término que originalmente se refería a los salarios más ínfimos obtenidos por las tareas más difíciles. Significaba la ración que recibían los soldados durante la guerra. La paga del soldado común nunca ha sido extravagante, ¿y qué trabajo más difícil podría uno ima­ginar? Así que en la primera clase de esclavitud, uno trabaja mucho sólo para ganar la muerte.
La otra esclavitud no podría ser más diferente. En ella, la “dádiva de Dios es vida eterna” (versículo 23). Pablo disponía de varias palabras para salarios y dádivas. La palabra que él usa aquí es la que se refiere al más gratuito de los dones. Viene de la misma raíz (en griego) que la palabra gracia, que es tan importante en esta carta. Lo que se recibe a cambio de servir a Dios como esclavo es un regalo absolutamente gratuito que resulta ser la vida eterna. ¡Qué contraste! ¿Cómo podría alguien desear seguir siendo esclavo del pecado?
Y Pablo dice que cuando estamos bajo la gracia, no vivimos una vida de pecado. Enfatizar la gracia no es ser blando con el pecado. Estar bajo la gracia significa que estamos libres de la fuerza destructiva del pecado que nos lleva a la muerte.
Un aspirante a ser poeta del siglo XIX escribió: “Libre de la ley, ¡qué condición feliz! Puedo pecar cuanto quiera, y todavía obtener perdón”. Ese poeta estaba totalmente equivocado. Si comprendemos la verda­dera naturaleza del pecado y su fuerza destructiva, estar “en pecado” no tiene la más mínima atracción.
Una ilustración contemporánea
Tal vez podamos usar una ilustración contemporánea para ayudar a captar lo que Pablo está diciendo aquí. Supongamos que dos personas se casan. Están completamente enamoradas y tienen un matrimonio maravilloso. Pero después de algún tiempo el esposo parece haberse vuelto más distante; la esposa nota que él es menos atento, se olvida de ocasiones importantes, y se aleja con más y más frecuencia.
Finalmente, ella se entera de la terrible verdad: su esposo está te­niendo una aventura amorosa. Y no sólo es una aventura, la aventura es con la mejor amiga de ella. La esposa está devastada. Ha sido traicio­nada por los dos mejores amigos que tenía. ¿Cómo podría alguna vez perdonarlos?
Al principio ella siente que no puede, que debe terminar el matri­monio. Por un tiempo se separan. Pero ella realmente lo ama. Así que después de una larga y dolorosa lucha, ella le pregunta a su esposo si él está dispuesto a renovar sus votos de amor hacia ella y restablecer su hogar. No es fácil. El dolor es muy profundo. Pero cuando él responde positivamente, ella le promete que hará lo mejor que pueda para per­donarlo completamente, y actuar como si la aventura nunca hubiese existido. Y vuelven a vivir juntos.
Pero supónganse que el esposo dice ahora: “¡Qué bueno! Yo sé que mi esposa me perdonará, de modo que puedo salir y tener todas las aventuras que quiera y seguir siendo perdonado. ¡Ahora sí que voy a vivir la buena vida!”. Usted probablemente dirá: “Este Fulano no entien­de nada. La buena disposición de su esposa de perdonarlo no fue fácil. El dolor fue muy profundo. La aventura destruyó la relación. ¿Por qué querría él causar otra vez ese dolor y esa destrucción?”
Esto se parece mucho a la relación en la que nos encontramos. Hemos sido esclavos de una fuerza destructora dentro de nosotros que Pablo llama “pecado”. Dios pagó un alto precio para perdonarnos y darnos nuestra nueva condición con él. Él dio a su Hijo por nosotros. Que nosotros digamos que podemos seguir pecando porque Dios tie­ne mucha gracia, interpreta completamente mal tanto la naturaleza destructiva del pecado y lo que le costó a Dios ofrecernos su gracia con tanta libertad. ¿Seguiremos pecando porque estamos bajo la gracia? ¡Absolutamente no!

Como se observó en un capítulo anterior, esta es la traducción del autor de la expresión de Pablo. –Los Editores.

El otro uso puede observarse en Lucas 20:16.

Séneca. Ad Lucilium Epistulae Morales. Editado por G. P. Goold y traducido por Richard M. Gummere;. Loeb Classical Library (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1979), tomo.1, pp. 301-303.

Ibíd., p. 305.


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