Posteado por: Lilliam A Garcia | agosto 9, 2010

Comentario de EGW Lección 07 Victoria sobre el pecado

Comentario de EGW

Lección 07

Victoria sobre el pecado

Sábado 7 de agosto

“¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (Romanos 6:16). Muchos que profesan ser siervos de Cristo, están engañando sus propias almas porque no son obedientes a su voluntad; obedecen a otro maestro y obran en contra de Aquel a quien profesan servir. ”Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24).

Intereses egoístas y mundanos envuelven la mente, las fuerzas y el alma de muchos profesos seguidores del Señor, lo que los hace siervos de las riquezas. Son muy pocos los que han crucificado al mundo y pueden decir con el apóstol: “Pero lejos esté de mi gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”. “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 6:14; 2:20). Si el verdadero amor y una obediencia voluntaria caracterizan la vida de los que forman el pueblo de Dios, su luz brillará en el mundo con un santo resplandor (Review and Herald, 5 de mayo, 1885)

Domingo 8 de agosto:
Gracia abundante

Cristo no vino para excusar el pecado ni justificar al pecador para que siga pecando; vino para dar su vida y para vindicar y exaltar la ley. Si hubiera sido posible abolir la ley, Cristo no hubiera tenido necesidad de morir, el Justo por el injusto. En ese caso, Dios hubiese anulado la ley y hubiera recibido nuevamente al pecador. Pero eso no era posible, porque la ley coloca al pecador bajo servidumbre, lo condena, y no puede limpiarlo del pecado. El pecador solo puede ser justificado ante Dios mediante el arrepentimiento y la fe en los méritos de Cristo. La ley es un gran espejo en el que el pecador puede discernir los defectos morales de su carácter, pero no le puede remover esos defectos. El evangelio señala a Cristo como el único que puede remover las manchas de pecado por medio de su sangre. La ley no perdona al pecador; solo le explica lo que es realmente pecado. Pablo nos dice que sin la ley, el pecado está muerto; pero por la ley es el conocimiento del pecado (Signs of the Times, 18 de julio, 1878).

No podemos continuar en el pecado para que la gracia abunde; debemos dejar de pecar. El amor de Cristo, manifestado en el infinito sacrificio hecho en el Calvario, no tiene paralelo; es sin medida, incomparable, sin igual, y 10 ofrece al pecador para resolver su emergencia. A la luz que se refleja del Calvario, la ley es vista como santa, justa y buena, y despierta en el corazón del pecador respeto y reverencia por la santa ley de Dios. Cuando comprende el carácter ofensivo del pecado y cuánto le costó al Hijo de Dios pagar la deuda de su transgresión para redimirlo y darle otra oportunidad, su corazón se llena de amor y gratitud, y se despierta en él esa fe ferviente que obra por amor y purifica el alma.

El que experimenta en su alma la verdadera conversión y siente el amor divino en su vida, también experimentará el pesar y el arrepentimiento por sus transgresiones pasadas. Si Cristo tuvo que hacer tal sacrificio y soportar tales sufrimientos por mis pecados, ¿no me arrodillaré humildemente y le pediré perdón por haberle traído tales sufrimientos sobre su alma divina? ¿No sentiré temor de crucificar nuevamente al Hijo de Dios, exponiéndolo a la vergüenza? El alma que verdaderamente aprecia el maravilloso don de la salvación, contemplará constantemente a Cristo en la cruz, y el lenguaje de su alma será el de expresiones de tristeza por haber cometido pecados que hirieron al Hijo de Dios, que lo traspasaron y le produjeron tal angustia. Cuando llegamos a comprender el sacrificio que ha sido hecho en nuestro favor, no pediremos tener el privilegio de continuar en transgresión; por el contrario, nuestros corazones endurecidos se enternecerán al ver el inigualable amor de Cristo por nuestras almas (Signs of the Times, 28 de octubre, 1889).

 

Lunes 9 de agosto:
El pecado personificado

Aquellos que con una fe viva confían plenamente en la justicia de Cristo, son conocidos por él y por su Espíritu. La fe capacita al creyente para sentirse muerto al pecado pero vivo para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. Somos salvados por gracia mediante la fe, y no por nosotros mismos; la salvación es el don de Dios (Review and Herald, 1º de julio, 1890).

La vida cristiana es una lucha. Pero no es una “lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12). En este conflicto de la justicia contra la injusticia, podemos tener éxito solamente con la ayuda divina. Como seres humanos finitos debemos sometemos a la voluntad del Infinito; lo humano debe combinarse con lo divino. El Espíritu Santo vendrá en nuestra ayuda para recuperar la posesión adquirida por Dios y para restaurar su imagen en el alma.

El Señor Jesús actúa mediante su representante, el Espíritu Santo. Mediante él, infunde vida espiritual al alma, despierta las energías para hacer el bien, la limpia de contaminación moral y la capacita para su reino. Jesús tiene grandes bendiciones para conceder y ricos dones para distribuir. Es un maravilloso Consejero, infinito en fuerza y sabiduría. Y si nosotros reconocemos el poder de su Espíritu y nos sometemos para ser moldeados por él, llegaremos a estar completos en él. ¡Qué pensamiento! “En él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él” (Colosenses 2:9, 10). El corazón humano no conocerá la felicidad hasta que se permita ser moldeado por el Espíritu de Dios. Es el Espíritu el que renueva el alma tras el modelo, Cristo Jesús. Es por su influencia que el orgullo y la enemistad contra Dios se transforman en fe, en amor y en humildad. El alma percibe la belleza de la verdad y Cristo es honrado con la excelencia y la perfección del carácter. Cuando estos cambios ocurren, los ángeles entonan cantos de alabanza y Cristo se regocija al ver a las almas transformadas a la semejanza divina.

Al contemplar a Cristo y ejercer fe en él, al experimentar por nosotros mismos su gracia salvadora, somos capacitados para presentarlo al mundo. Cuando somos renovados por la verdad y puestos en armonía con Dios, él nos acepta como sus obreros junto con él para la salvación de otros. El amor de Jesús será nuestro tema; se encenderá en el altar de nuestro corazón y alcanzará los corazones de los demás. La verdad será presentada, no como una teoría fría y sin vida, sino como una fuerza viviente que cambia la vida, porque es el poder de Dios mediante su Espíritu el que obra en la mente y el corazón. Cuando Jesús encargó a sus discípulos continuar la obra que él había comenzado, les dijo: “Pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Lucas 24:49; Hechos 1:8). Y los discípulos “perseveraban unánimes en oración y ruego” esperando el cumplimiento de la promesa (Review and Herald, 10 de febrero, 1903).

 

Martes 10 de agosto:
¿Bajo la ley?

“Viene el príncipe de este mundo –dice Jesús– mas no tiene nada en mí”. No había en él nada que respondiera a los sofismas de Satanás. Él no consintió en pecar. Ni siquiera por un pensamiento cedió a la tentación. Así también podemos hacer nosotros. La humanidad de Cristo estaba unida con la divinidad. Fue hecho idóneo para el conflicto mediante la permanencia del Espíritu Santo en él. Y él vino para hacernos participantes de la naturaleza divina. Mientras estemos unidos con él por la fe, el pecado no tendrá dominio sobre nosotros. Dios extiende su mano para alcanzar la mano de nuestra fe y dirigirla a asirse de la divinidad de Cristo, a fin de que nuestro carácter pueda alcanzar la perfección.

Y Cristo nos ha mostrado cómo puede lograrse esto. ¿Por medio de qué venció él en el conflicto con Satanás? Por la Palabra de Dios. Solo por medio de la Palabra pudo resistir la tentación. “Escrito está,” dijo. Y a nosotros “nos son dadas preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas fueseis hechos participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que está en el mundo por concupiscencia”. Toda promesa de la Palabra de Dios nos pertenece. Hemos de vivir de “toda palabra que sale de la boca de Dios”. Cuando nos veamos asaltados por las tentaciones, no miremos las circunstancias o nuestra debilidad, sino el poder de la Palabra. Toda su fuerza es nuestra. “En mi corazón he guardado tus dichos –dice el salmista– para no pecar contra ti”. “Por la palabra de tus labios yo me he guardado de las vías del destructor” (El Deseado de todas las gentes, pp. 98, 99).

La gracia puede prosperar únicamente en el corazón que constantemente está preparándose para recibir las preciosas semillas de verdad. Las espinas del pecado crecen en cualquier terreno; no necesitan cultivo; pero la gracia debe ser cuidadosamente cultivada. Las espinas y las zarzas siempre están listas para surgir, y de continuo debe avanzar la obra de purificación. Si el corazón no está bajo el dominio de Dios, si el Espíritu Santo no obra incesantemente para refinar y ennoblecer el carácter, los viejos hábitos se revelarán en la vida. Los hombres pueden profesar creer el evangelio; pero a menos que sean santificados por el evangelio, su profesión no tiene valor. Si no ganan la victoria sobre el pecado, el pecado la obtendrá sobre ellos. Las espinas que han sido cortadas pero no desarraigadas crecen con presteza, hasta que el alma queda ahogada por ellas (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 31).

Como cristianos, siempre debemos crecer en el “conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13). Como piedras vivas en el templo de Dios debemos soportar ser trabajados, labrados, cincelados por el Escultor maestro, hasta que toda imperfección sea removida y el carácter esté preparado para ser parte del edificio celestial. Muchos que dicen creer la verdad se contentan con sus defectos de carácter; no hacen esfuerzos para reformarse ni buscan fervientemente capacitarse para estar delante de Dios. Pero todos los que lleguen al cielo entrarán como conquistadores con las palmas de la victoria en sus manos. Cristo es un Salvador perfecto, y los que le buscan con todo el corazón verán que si el pecado abunda, mucho más abundará su gracia. No hay razón para no alcanzar la victoria. Se nos han dado “preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2 Pedro 1:4). No debemos asemejarnos al mundo sino mostrar la influencia santificadora de Cristo en nuestras vidas. Nuestros apetitos y pasiones deben estar bajo el control del Espíritu Santo para revelar a Cristo en nuestras palabras y acciones. Él soportó reproches, insultos, burlas y vergüenza; fue rechazado, herido y crucificado, para que nosotros podamos reflejar su imagen y ser hechos perfectos en su justicia. Cuando no meditamos en su ejemplo, nos tornamos sensibles e incapaces de soportar las pruebas. No estamos dispuestos a participar de sus sufrimientos. Si perdemos de vista la cruz del Calvario, el yo vuelve a reclamar nuestra atención, nuestro cuidado y nuestros afectos (Signs of the Times, 9 de marzo, 1888).

Miércoles 11 de agosto:
Dos amos en conflicto

Como el antiguo Israel, la iglesia ha deshonrado a su Dios apartándose de la luz, descuidando sus deberes, y abusando del alto y exaltado privilegio de ser de un carácter peculiar y santo. Sus miembros han violado el pacto por el que prometieron vivir por Dios y solo por él. Se han unido con los egoístas y amadores del mundo. Han fomentado el orgullo, el amor por el placer y el pecado, y Cristo se ha apartado de ellos. Su Espíritu se ha extinguido en la iglesia. Satanás trabaja hombro con hombro con los profesos cristianos; no obstante les falta tanto discernimiento espiritual que no lo detectan. No sienten la responsabilidad de la obra. Las solemnes verdades que profesan creer no son una realidad para ellos. No tienen una fe genuina. Los hombres y mujeres actuarán de acuerdo con la fe que en realidad poseen. Por sus frutos los conoceréis. No su profesión de fe, sino los frutos que llevan, muestran la clase de árbol del que dependen. Muchos tienen una forma de piedad, sus nombres están en los registros de la iglesia; pero tienen un registro manchado en el cielo. El ángel registrador ha escrito fielmente sus obras. Cada acto egoísta, cada palabra equivocada, cada deber no realizado, cada pecado secreto, cada astuto fingimiento está fielmente asentado en el libro de registros que lleva el ángel registrador.

Una gran cantidad de los que profesan ser siervos de Cristo no lo son en realidad. Están engañando a sus almas para su propia destrucción. Mientras profesan ser siervos de Cristo, no viven en obediencia a su voluntad. “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” Muchos, mientras profesan ser siervos de Cristo, obedecen a otro amo, trabajando diariamente en contra del Maestro al que profesan servir (Testimonios para la iglesia, tomo 2, pp. 393, 394).

La santificación es una tarea diaria. Que nadie se engañe a sí mismo pensando que Dios lo perdonará y bendecirá mientras continúe pisoteando uno de sus requerimientos. La comisión voluntaria de un pecado reconocido silencia el testimonio de la voz del Espíritu, y separa el alma de Dios. No importa cuál sea el éxtasis del sentimiento religioso, Jesús no puede morar en el corazón de la persona que desprecia la ley divina. Dios honrará únicamente a los que le honran.

“Si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis”. Si consentimos el enojo, la pasión, la codicia, el odio, el egoísmo o cualquier otro pecado, nos hacemos esclavos del pecado. “Ninguno puede servir a dos señores”. Si servimos al pecado, no podemos servir a Cristo. El cristiano experimentará las exigencias del pecado, porque la carne codicia contra el Espíritu; pero el Espíritu lucha contra la carne, manteniendo una guerra constante. Aquí es donde se necesita la ayuda de Cristo. La debilidad humana se une con la fuerza divina y la fe exclama: “Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:57) (Exaltad a Jesús, p. 138).

No existe unión o simpatía entre Dios y el mundo. Sus principios son exactamente opuestos. Si el mundo es el maestro de los pensamientos, principios y acciones, Dios no puede ser honrado. La corriente del mundo es tan fuerte que arrastra al alma con sus vanaglorias e intereses. Satanás, el gran enemigo de la verdad y padre de la mentira, después de haber tenido éxito en arruinar a la raza en su estado santo, trata por todos los medios de evitar su salvación y su retomo al favor divino. Mantiene la mente preocupada con los planes y las ambiciones del mundo, mientras que Cristo y el cielo dejan de ocupar el primer lugar en los pensamientos y los afectos (The Bible Echo, 15 de febrero, 1889).

 

Jueves 12 de agosto:
Fruto para santificación

El Espíritu de Dios no crea nuevas facultades en el hombre convertido, sino que obra un cambio decidido en el empleo de aquellas facultades. Cuando se efectúa un cambio en la mente, en el corazón y en el alma, al hombre no se le da una nueva conciencia, sino que su voluntad queda sometida a una conciencia renovada, a una conciencia cuyas sensibilidades adormecidas son despertadas por la obra del Espíritu Santo.

Al someterse al pecado, el hombre coloca su voluntad bajo el control de Satanás. Se convierte en un cautivo impotente del poder del tentador. Dios envió a su Hijo al mundo para romper el poder de Satanás, y para emancipar la voluntad del hombre. Lo envió a proclamar libertad a los cautivos, para aliviar las pesadas cargas, y para libertar al oprimido.

Al derramar todo el tesoro del cielo en este mundo, al damos en Cristo a todo el cielo, Dios ha comprado la voluntad, los afectos, la mente y el alma de cada ser humano. Cuando el hombre se coloca bajo el control de Dios, la voluntad adquiere fuerza y fortaleza para hacer el bien, el corazón es limpiado de egoísmo, y llenado del amor de Cristo. La mente se somete a la autoridad de la ley del amor y cada pensamiento es sometido a la obediencia de Cristo.

Cuando se pone la voluntad del lado del Señor, el Espíritu Santo se posesiona de aquella voluntad y la hace una con la voluntad divina.

El Señor ama al hombre. Él ha dado evidencia de este amor dando a su Hijo unigénito para que muriera por el hombre, para poder, mediante su gracia, redimirlo de su hostilidad hacia Dios, y conducirlo a la lealtad a él. Si el hombre quiere colaborar con Dios, el Señor pondrá la voluntad humana en relación con él, y la vitalizará por su propio Espíritu… El evangelio debe ser recibido para regenerar el corazón, y la recepción de la verdad significará la entrega de la mente y la voluntad a la voluntad del poder divino.

La voluntad del hombre está segura, únicamente cuando se une con la voluntad de Dios (Nuestra elevada vocación, p. 106).

 

Viernes 13 de agosto:
Para estudiar y meditar

Mensajes para los jóvenes, pp. 103, 104; El discurso maestro de Jesucristo, pp. 79-81; Joyas de los testimonios, tomo 1, pp. 349, 350.

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