Posteado por: Lilliam A Garcia | agosto 3, 2010

Comentario de EGW Lección 06 Ampliación de la fe

Julio – Septiembre 2010

Comentario de EGW

Lección 06

Ampliación de la fe

Sábado 31 de julio

La suficiencia infinita de Cristo queda demostrada porque llevó los pecados de todo el mundo. Ocupa la doble posición de oferente y de ofrenda, de sacerdote y de víctima. Era santo, inocente, sin mancha y apartado de los pecadores. “Viene el príncipe de este mundo –declaró él– y él nada tiene en mí”. Era un Cordero sin mancha y sin contaminación (Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 945).

Cristo llevó sobre sí los pecados de todo el mundo. Como el segundo Adán, tomó la naturaleza humana y anduvo en el terreno donde Adán tropezó y cayó. Como humano, tiene un intenso interés en los seres humanos y siente profundamente la penalidad y la vergüenza del pecado. Como nuestro hermano mayor vino a mostrar que los seres humanos pueden vivir vidas impecables con el poder de Dios.

Satanás se jactaba de tener al mundo rebelde bajo su estandarte; declaraba que nadie podía guardar la ley de Dios. Cristo vino para probar que sus afirmaciones eran falsas. Enfrentó todas las tentaciones que un ser humano puede enfrentar y soportó todas las pruebas que somos llamados a soportar. Fue tentado en todo como nosotros, pero el pecado no lo manchó ni lo contaminó. Triunfó donde Adán había fracasado y nos ofrece un modelo perfecto de carácter (Signs of the Times, 9 de agosto, 1905).

Domingo 1 de agosto:
Justificados

Cuando el pecador arrepentido, contrito delante de Dios, discierne la expiación de Cristo en su favor y acepta esa expiación como su única esperanza en esta vida y en la vida futura, sus pecados son perdonados. Esto es justificación por la fe. Cada alma creyente debe amoldar eternamente su voluntad con la voluntad de Dios y mantenerse en un estado de arrepentimiento y contrición, ejerciendo fe en los méritos expiatorios del Redentor y avanzando de fortaleza en fortaleza, de gloria en gloria.

Perdón y justificación son una y la misma cosa. El creyente pasa mediante la fe de la condición de rebelde, hijo del pecado y de Satanás, a la condición de leal súbdito de Cristo Jesús; no por una bondad inherente, sino porque Cristo lo recibe como a su hijo por adopción. El pecador recibe el perdón de sus pecados porque esos pecados son llevados por su Sustituto y Fiador. El Señor habla a su Padre celestial, y le dice: “Este es mi hijo, lo indulto de su condena de muerte dándole mi póliza de seguro de vida –vida eterna– porque he ocupado su lugar y sufrí por sus pecados. Es plenamente mi amado hijo”. El hombre perdonado y revestido con las bellas vestiduras de la justicia de Cristo, está de este modo sin falta delante de Dios.

El pecador quizá yerre, pero no es desechado sin misericordia; sin embargo, su única esperanza es arrepentirse ante Dios y tener fe en el Señor Jesucristo. Es prerrogativa del Padre perdonar nuestras transgresiones y nuestros pecados, porque Cristo tomó sobre sí nuestra culpa y nos ha indultado dándonos su propia justicia. Su sacrificio satisface plenamente las demandas de justicia.

Justificación es lo opuesto a condenación. La ilimitada misericordia de Dios se aplica a los que son completamente indignos. Él perdona las transgresiones y los pecados debido a Jesús, quien se ha convertido en la propiciación por nuestros pecados. El transgresor culpable es puesto en gracia delante de Dios mediante la fe en Cristo, y entra en la firme esperanza de vida eterna (Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 1070).

En Cristo están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento y nosotros no tenemos excusa para no aceptar la provisión hecha en nuestro favor. Cristo lo sacrificó todo por el ser humano a fin de permitirle ganar el cielo. Ahora le toca al pecador demostrar que a su vez está dispuesto a sacrificarse por amor de Cristo, a fin de obtener la gloria inmortal. Los que tienen un sentido justo de la magnitud de la salvación y de su costo, no murmurarán nunca porque deban sembrar con lágrimas y porque los conflictos y la abnegación sean la suerte del cristiano en esta vida. ¿Acaso no estaremos dispuestos a soportar, sufrir y sacrificarnos para asegurarnos el tesoro imperecedero, esa vida que se extenderá con la vida de Dios y esa corona de gloria inmortal que no perderá su brillo?

Cuando el seguidor de Cristo enfrenta pruebas y perplejidades, no debe desanimarse ni perder la confianza. Si es acosado por el enemigo, debe recordar las pruebas y dificultades que soportó nuestro Salvador. Aunque los seres celestiales lo acompañaban en sus luchas, no lo libraron de conflictos y tentación. Fue tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Si seguimos su ejemplo, estaremos imbuidos de su Espíritu, y los ángeles nos acompañarán en nuestras luchas (The Youth ‘s Instructor, 26 de octubre, 1899).

Lunes 2 de agosto:
Dios busca al hombre

Tan pronto como hubo pecado, hubo un Salvador. Cristo sabía lo que tendría que sufrir, sin embargo se convirtió en el sustituto del hombre. Tan pronto como pecó Adán, el Hijo de Dios se presentó como fiador por la raza humana.

Pensad cuánto le costó a Cristo dejar los atrios celestiales y ocupar su puesto a la cabeza de la humanidad. ¿Por qué hizo eso? Porque era el único que podía redimir la raza caída. No había un ser humano en el mundo que estuviera sin pecado. El Hijo de Dios descendió de su trono celestial, depuso su manto real y corona regia y revistió su divinidad con humanidad. Vino a morir por nosotros, a yacer en la tumba como deben hacerlo los seres humanos y a ser resucitado para nuestra justificación.

Vino a familiarizarse con todas las tentaciones con las que es acosado el hombre. Se levantó del sepulcro y proclamó sobre la tumba abierta de José: “Yo soy la resurrección y la vida”. Uno igual a Dios pasó por la muerte en nuestro favor. Probó la muerte por cada hombre para que por medio de él cada ser humano pudiera participar de la vida eterna.

Cristo ascendió al cielo con una humanidad santificada y santa. Llevó esa humanidad consigo a los atrios celestiales y la tendrá a través de los siglos eternos, como Aquel que ha redimido a cada ser humano en la ciudad de Dios, como Aquel que ha rogado ante el Padre: “Los tengo esculpidos en las palmas de mis manos”. Las palmas de sus manos llevan las marcas de las heridas que recibió. Si somos heridos y magullados, si hacemos frente a inconvenientes difíciles de sobrellevar, recordemos cuánto sufrió Cristo por nosotros…

Nuestro Salvador soportó todo lo que somos llamados a soportar, de modo que ningún ser humano pudiera decir: “No conoce mis sufrimientos y mis pruebas”. En todas nuestras aflicciones fue afligido (En lugares celestiales, p. 13).

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira” (Romanos 5:8, 9).

Cristo y él crucificado debiera llegar a ser el tema de nuestros pensamientos, debiera despertar las más profundas emociones de nuestra alma. Los verdaderos seguidores de Cristo apreciarán la gran salvación que él logró para ellos; y dondequiera que él los guíe, ellos lo seguirán. Considerarán un privilegio llevar cualquier carga que Cristo pueda colocar sobre ellos. Es solo por medio de la cruz como podemos estimar el valor del alma humana. Es tan grande el valor de los hombres por quienes Cristo murió que el Padre está satisfecho con el precio infinito que él paga por la salvación del hombre al entregar a su propio Hijo para morir por su redención. ¡Qué sabiduría, qué misericordia y qué amor en su plenitud se manifiestan aquí! El valor del hombre se comprende solo al ir al Calvario. En el misterio de la cruz de Cristo podemos estimar el valor del hombre. ¡Qué obra responsable la de unirse con el Redentor del mundo en la salvación de los hombres! Esta tarea requiere abnegación, sacrificio y benevolencia, perseverancia, valentía y fe… Se necesita una fe que persiste y prevalece (Exaltad a Jesús, p. 236).

Martes 3 de agosto:
Sorbida es la muerte

Cristo podía ver todo lo que le traería aparejado su sacrificio: La traición por parte de uno de sus profesos seguidores debido a su orgullo y su amor al dinero. El juicio, las burlas, su muerte cruel. Había librado a los hijos de Israel de la esclavitud egipcia y los había conducido a la tierra prometida. Ahora había venido para librarlos de la esclavitud espiritual y para conducirlos hacia la Ciudad de Dios. Pero lo rechazarían y lo matarían. Había venido a su viña para recibir su fruto, pero los que debían recibirlo dijeron: “Este es el heredero; venid, matémosle, y tomemos su heredad”.

Al mirar hacia el futuro cercano, Cristo vio lo que recibiría a cambio de su amor: Se vio condenado a sufrir el castigo reservado para los criminales más empedernidos; se vio humillado, colgado de la cruz, escuchando las burlas de los sacerdotes y gobernantes, diciendo: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él” (Mateo 27:42).

Al mirar a través de las edades, Cristo vio que las sucesivas generaciones seguirían humillándolo. Escuchó el falso testimonio que se daría, de que había muerto para abolir la ley, y que las multitudes aceptarían ese error porque les resultaría más agradable que la verdad, porque “la mente camal no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Romanos 8:7). También vio que hasta el fin de la historia de esta tierra las escenas del Calvario serían repetidas, no solo por la indiferencia y desprecio hacia la ley divina, sino por el odio hacia ella, que llevaría a intentar destruirla con falsedades y argumentos ingeniosos, hasta que Dios se levantara para castigar a los habitantes de la tierra.

Sin embargo, a pesar de ver todo lo que vendría en el futuro, Cristo estuvo dispuesto a llevar sobre sí la penalidad del pecado; fue crucificado y sepultado. No obstante, quebró las ataduras de su tumba, y sobre el sepulcro prestado por José, proclamó: “Yo soy la resurrección y la vida”, porque poseía en sí mismo el gran don de la vida eterna, el que también puede ofrecer a toda la humanidad. Su mensaje de misericordia y perdón llega a todos los que le reciben como el Redentor del mundo. “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). Pagó el precio de la salvación para cada hijo e hija de Adán que lo acepta como su Salvador (Signs of the Times, 13 de junio, 1900).

Con cuán intenso interés observó todo el universo el conflicto que había de decidir la posición de Adán y Eva. Cuán atentamente escucharon los ángeles las palabras de Satanás… ¡Cuán ansiosamente esperaron para ver si la santa pareja sería engañada por el tentador y se rendiría a sus artificios! Se preguntaban, ¿entregará a Satanás la santa pareja su fe y amor al Padre y al Hijo? ¿Aceptarán su falsedad como verdad?

Adán y Eva se persuadieron de que un asunto tan pequeño como comer del fruto del árbol prohibido no podría resultar en una consecuencia tan terrible como Dios había declarado. Pero ese asunto pequeño era el pecado, la transgresión de la inmutable y santa ley de Dios y abría las compuertas de la muerte y de indecibles penalidades para nuestro mundo… No estimemos al pecado como algo trivial (A fin de conocerle, p. 16).

Miércoles 4 de agosto:
La ley despierta la necesidad

La ley de Dios existía antes que el hombre fuera creado. Los ángeles estaban gobernados por ella. Satanás cayó porque transgredió los principios del gobierno del Señor. Después que Adán y Eva fueron creados, el Altísimo les dio a conocer su ley. No fue escrita entonces; pero Jehová la repitió en presencia de ellos.

El día de reposo del cuarto mandamiento fue instituido en el Edén. Después de haber hecho el mundo y haber creado al hombre sobre la tierra, hizo el sábado para el hombre. Después del pecado y la caída de Adán nada se eliminó de la ley de Dios. Los principios de los Diez Mandamientos existían antes de la caída y eran de tal naturaleza que se adecuaban a las condiciones de los seres santos. Después de la caída no se cambiaron los principios de esos preceptos, sino que se añadieron algunos tomando en cuenta la condición caída del hombre.

Se estableció un sistema que requería el sacrificio de animales, para mantener constantemente frente al hombre caído lo que la serpiente logró que Eva no creyera, es a saber, que la paga de la desobediencia es muerte. La transgresión de la ley de Dios hizo necesaria la muerte de Cristo como sacrificio, para que de esa manera fuera posible que el hombre se librara de ese castigo, y al mismo tiempo se preservara el honor de la ley de Dios. El sistema de sacrificios debía enseñar humildad al hombre, en vista de su condición caída, y debía conducirlo al arrepentimiento y a confiar solo en el Señor para el perdón de sus pasadas transgresiones a su ley, por medio del prometido Redentor. Si la ley de Dios nunca hubiera sido traspasada nunca habría habido muerte, ni habría habido necesidad de preceptos adicionales para adaptarlos a la condición caída del hombre.

Adán enseñó la ley de Dios a sus descendientes, y ésta fue transmitida por los fieles a través de las generaciones sucesivas. La constante transgresión de la ley de Dios requirió el derramamiento de un diluvio sobre la tierra. La ley fue preservada por Noé y su familia que por obrar bien fueron salvados en el arca mediante un milagro de Dios. Noé enseñó los Diez Mandamientos a sus descendientes. El Señor preservó a un pueblo propio, a partir de Adán, en cuyo corazón estaba su ley. Dice que Abraham “oyó… mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes”(Génesis 26:5) (La historia de la redención, pp. 148, 149).

Cuando fueron creados, Adán y Eva tenían un conocimiento de la ley de Dios. Estaba impresa en sus corazones y entendían lo que exigía de ellos.

La ley de Dios existía antes de que el hombre fuera creado. Estaba adaptada a la condición de los seres santos; aun los ángeles eran gobernados por ella. Después de la caída, los principios de justicia quedaron inmutables. Nada fue quitado de la ley; no podía ser mejorado ninguno de sus santos preceptos. Y así como ha existido desde el principio, así continuará existiendo a través de los incesantes siglos de la eternidad. “Hace ya mucho que he entendido tus testimonios –dice el salmista– que para siempre los has establecido” (Comentario bíblico adventista, tomo 1, p. 1118).

Jueves 5 de agosto:
El segundo Adán

A Cristo se lo llama el segundo Adán. Con toda su pureza y santidad, relacionado con Dios, y amado por él, comenzó allí donde había empezado el primer Adán. Voluntariamente pasó por el terreno en que Adán había caído, y redimió el fracaso de aquél.

Pero el primer Adán estaba en mejores condiciones que Cristo, en todo sentido. Las maravillosas medidas tomadas en favor del hombre en el Edén se debían a Dios, que lo amaba. Todo era puro e inmaculado en la naturaleza… Ni una sombra se interponía entre ellos y su Creador. Ellos sabían que Dios era su Padre benigno, y en todas las cosas su voluntad se plegaba a la de Dios…

Pero Satanás se acercó a los moradores del Edén y les insinuó dudas respecto a la sabiduría divina. Acusó al Señor, su Padre celestial y Soberano, de ser egoísta porque, para poner a prueba su lealtad, les había prohibido que comieran del árbol de la ciencia…

Cristo fue tentado en forma cien veces más cruel que Adán, y en circunstancias mucho peores en todo sentido. El engañador se presentó como un ángel de luz, pero Cristo resistió a sus tentaciones. Redimió la vergonzosa caída de Adán y salvó al mundo (Meditaciones matinales, 1952, p. 333).

Cuando Adán fue asaltado por el tentador, no pesaba sobre él ninguno de los efectos del pecado. Gozaba de una plenitud de fuerza y virilidad, así como del perfecto vigor de la mente y el cuerpo. Estaba rodeado por las glorias del Edén, y se hallaba en comunión diaria con los seres celestiales. No sucedía lo mismo con Jesús cuando entró en el desierto para luchar con Satanás. Durante cuatro mil años, la familia humana había estado perdiendo fuerza física y mental, así como valor moral; y Cristo tomó sobre sí las flaquezas de la humanidad degenerada. Únicamente así podía rescatar al hombre de las profundidades de su degradación (El Deseado de todas las gentes, pp. 91, 92).

Viernes 6 de agosto:
Para estudiar y meditar

El ministerio de curación, pp. 372-374; Mensajes selectos, tomo 1, pp. 449,450; Patriarcas y profetas, pp. 34-37.


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