Posteado por: Lilliam A Garcia | julio 20, 2010

Comentario de EGW Lección 03 Todos hemos pecado

Julio – Septiembre 2010

Comentario de EGW

Lección 03

Todos hemos pecado

Sábado 10 de julio

¿Acaso no es la recompensa a la obediencia suficiente y completa? ¿Acaso el Señor no ha abierto las puertas del Paraíso, y al hacerlo, le ha dado al buscador fiel todos los tesoros del mundo eterno? “Pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego, pero gloria y honra y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego; porque no hay acepción de personas para con Dios” (Romanos 2:8-11).

Jesús declara: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?” Noten la respuesta de Jesús: “El que me ama, mi palabra guardará” (Juan 14:21-23). El que le ama no traicionará su sagrado cometido; no tratará irrespetuosamente ni dejará de prestar atención a las palabras de Jesús; sus mandamientos serán considerados con reverencia. Los requerimientos humanos pueden llevamos lejos de Dios; las leyes terrenales, con sus “haz esto y no hagas aquello” a menudo se interponen en el camino de la obediencia a los santos requerimientos de Dios (Signs of the Times, 16 de noviembre, 1891).

Domingo 11 de julio:
“No avergonzado del evangelio

Jesús contempló al mundo caído con infinita compasión. Tomó sobre sí la humanidad para acercase a ella y elevarla. Vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. Descendió hasta las profundidades de la miseria humana para buscar a los que habían sido manchados por la corrupción, degradados por el vicio, depravados por el pecado y unidos a la apostasía de Satanás, para elevarlos y sentarlos sobre su trono. Por su abnegación y sacrificio nos dio el ejemplo para que sigamos en sus pasos. Dejando a un lado nuestro propio placer y evitando las trampas satánicas que quieren llevamos por el camino fácil y egoísta, debemos salir a buscar y salvar a los perdidos, trayendo a las almas de las tinieblas a la luz del amor de Dios. Hemos sido comisionados para ir y predicar el evangelio a toda criatura con las buenas nuevas que Cristo puede perdonar el pecado, renovar la naturaleza, vestir al alma con el manto de justicia, transformar la mente del pecador para enseñarle y capacitarle, a fin de llegar a ser un obrero juntamente con Dios.

El alma convertida vive en Cristo. Las tinieblas se han disipado y una nueva luz celestial brilla en el alma. “Los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad” (Daniel 12:3). La obra en la que cooperan los seres humanos y Dios, es una obra que permanecerá a través de las edades eternas. El que hace de Dios su sabiduría y crece hasta alcanzar la plena estatura de hombres y mujeres en Cristo Jesús, llegará a estar delante de reyes y de los así llamados grandes hombres del mundo, para alabar a Aquel que lo llamó de las tinieblas a su luz admirable. La ciencia y la literatura no pueden iluminar al alma entenebrecida como puede hacerlo el glorioso evangelio del Hijo de Dios. Solo él puede hacer la gran obra de iluminar el alma. Por eso el apóstol Pablo exclama: ”No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16). El evangelio de Cristo transforma a los creyentes en epístolas vivientes “conocidas y leídas por todos los hombres” (2 Corintios 3:2). De esa manera, la levadura de la piedad se esparce entre la multitud, y los agentes celestiales son capaces de discernir a quienes tienen los elementos que forman la verdadera grandeza en el carácter; la grandeza que es estimada a la vista de Dios.

“Separados de mí –dijo Cristo– nada podéis hacer” (Juan 15:5). Nuestra fe, nuestro ejemplo, deben ser considerados más sagrados de lo que algunos los han considerado. La Palabra de Dios debe ser más estudiada que nunca, porque es la ofrenda que podemos ofrecerle a nuestros semejantes para que obtengan la paz y la vida que se mide con la vida de Dios. La sabiduría humana, tan exaltada entre la gente, se hunde en la insignificancia cuando se la compara con aquella que lleva a los redimidos del Señor a caminar en su senda. Solo la Biblia permite distinguir entre el camino que lleva a la vida y el que lleva a la perdición y a la muerte (Review and Herald, 15 de diciembre, 1891).

Lunes 12 de julio:
La condición humana

La maldad que llena nuestro mundo es el resultado del rechazo de Adán de tomar la palabra de Dios como suprema. Desobedeció y cayó bajo la tentación del enemigo. “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). Dios declaró: “El alma que pecare, esa morirá” (Ezequiel 18:20). Aparte del plan de redención, los seres humanos están condenados a muerte, “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Pero Cristo dio su vida para salvar al pecador de la sentencia de muerte. Murió para que nosotros podamos vivir. Y a todos aquellos que le reciben, les da poder para separarse de todo lo que podría llevarlos nuevamente a la condenación y el castigo.

Cristo es la única esperanza del pecador. Mediante su muerte puso la salvación al alcance de todos, y mediante su gracia todos pueden llegar a ser súbditos leales de su reino. Su sacrificio hizo posible que todos los hombres y mujeres puedan cumplir las condiciones establecidas en los concilios del cielo.

Cristo vino a esta tierra y vivió una vida de perfecta obediencia a fin de que, mediante su gracia, todos puedan vivir vidas de perfecta obediencia. Esto es necesario para su salvación puesto que sin la santidad nadie podrá ver al Señor.

Ante nosotros está la maravillosa posibilidad de ser obedientes como Cristo a todos los principios de la ley de Dios. Pero somos extremadamente incapaces de alcanzar por nosotros mismos esa condición. Todo lo que es bueno en el hombre le llega mediante Cristo. La santidad que la Palabra de Dios dice que debemos tener antes de poder ser salvados es el resultado de la obra de la gracia divina cuando nos sometemos a la disciplina y a la influencia moderadora del Espíritu de verdad.

La obediencia del hombre puede ser hecha perfecta solo por el incienso de la justicia de Cristo que llena de fragancia divina cada acto de verdadera obediencia. La parte del cristiano consiste en perseverar en la tarea de vencer toda falta. Debe orar constantemente al Salvador para que sane las dolencias de su alma enferma. No tiene la sabiduría y la fuerza sin las cuales no puede vencer. Estas pertenecen al Señor quien las concede a aquellos que con humildad y contrición lo buscan pidiendo ayuda (Review and Herald, 15 de marzo, 1906; parcialmente en, Dios nos cuida, p. 172).

Si el transgresor fuera tratado de acuerdo con la letra de este pacto, en ese caso no habría esperanza para la raza caída, pues todos han pecado y están destituidos de la gloria de Dios. La raza caída de Adán no puede contemplar en la letra de este pacto otra cosa sino el ministerio de muerte, y la muerte será la retribución de todo el que procure vanamente idear una justicia propia que cumpla las demandas de la ley. Dios se ha comprometido mediante su Palabra a ejecutar el castigo de la ley sobre todos los transgresores. Los hombres cometen pecados vez tras vez, y sin embargo no parecen creer que deben sufrir el castigo por quebrantar la ley. Presentan sus buenas intenciones ante el Señor y calman sus conciencias rogando por su misericordia. Pero la única esperanza para los caídos hijos e hijas de Adán es separarse de sus pecados y aceptar la justicia de Cristo; deben abandonar toda esperanza de salvación basada en su propia justicia, porque el Señor no puede salvar a nadie por sus buenas obras (Signs of the Times, 5 de septiembre, 1892; parcialmente en, Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 1095).

Martes 13 de julio:
Del Siglo I al Siglo XXI

Los antiguos filósofos se enorgullecían de su conocimiento superior. Leamos la comprensión inspirada del apóstol acerca de este asunto. Dice: “Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles… Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador” (Romanos 1:22-25). El mundo no puede conocer a Dios en su sabiduría humana. Sus sabios obtienen un conocimiento imperfecto de Dios, de sus obras creadas, y luego, en su necedad, exaltan la naturaleza y sus leyes por encima del Dios de la naturaleza. Los que no tienen un conocimiento de Dios mediante la aceptación de la revelación que ha hecho de sí mismo en Cristo, obtendrán solamente un conocimiento imperfecto de él en la naturaleza, y ese conocimiento, lejos de dar conceptos elevados de Dios y de colocar a todo el ser en conformidad con la voluntad divina, convierte a los hombres en idólatras. Profesando ser sabios, se hacen necios.

Los que creen que pueden obtener un conocimiento de Dios aislados de su Representante, a quien la Palabra declara “la imagen misma de su sustancia” (Hebreos 1:3), necesitarán reconocerse como necios ante sí mismos antes de que puedan ser sabios. Es imposible obtener un perfecto conocimiento de Dios por la naturaleza sola, pues la naturaleza en sí es imperfecta. En su imperfección, no puede representar a Dios, no puede revelar el carácter de Dios en su perfección moral. Pero Cristo vino como un Salvador personal para el mundo. Representó a un Dios personal. Como un Salvador personal, ascendió a lo alto y vendrá otra vez como ascendió al cielo: como Salvador personal. Es la expresa imagen de la sustancia del Padre. “En él habita corporalmente la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:9) (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 346, 347).

La sabiduría del mundo no logra conocer a Dios. Muchos han hablado con elocuencia acerca de él, pero sus razonamientos no acercan a los hombres a Dios, porque ellos mismos no tienen una relación vital con él. Al pretender ser sabios, llegan a ser insensatos. Su conocimiento de Dios es imperfecto. No concuerdan con él.

No podemos descubrir a Dios mediante la investigación. Pero él se ha revelado en su Hijo, que es el resplandor de la gloria del Padre y la  expresa imagen de su persona. Si deseamos un conocimiento de Dios, debemos ser como Cristo… El vivir una vida pura por fe en Cristo como Salvador personal, llevará al creyente a un concepto más claro y elevado de Dios.

Cristo es una perfecta revelación de Dios. “A Dios nadie le vio jamás –dice él– el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18). Solo si conocemos a Cristo podremos conocer a Dios. Y a medida que lo contemplemos, seremos transformados a su imagen, preparados para salir a su encuentro cuando venga (¡Maranata: El Señor viene!, p. 74).

Miércoles 14 de julio:
Judíos y gentiles juntos

La frase “Tú que juzgas haces lo mismo”, no alcanza a describir la magnitud del pecado del que se atreve a censurar y a condenar a su hermano. Dijo Jesús: “¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” Sus palabras describen al que está pronto para buscar faltas en sus prójimos. Cuando él cree haber descubierto una falla en el carácter o en la vida, se apresura celosamente a señalarla; pero Jesús declara que el rasgo de carácter que se fomenta por aquella obra tan opuesta a su ejemplo resulta, al compararse con la imperfección que se crítica, como una viga al lado de una paja. La falta de longanimidad y de amor mueve a esa persona a convertir un átomo en un mundo. Los que no han experimentado la contrición de una entrega completa a Dios no manifiestan en la vida el influjo enternecedor del amor de Cristo. Desfiguran el espíritu amable y cortés del evangelio y hieren las almas preciosas por las cuales murió Cristo. Según la figura empleada por el Salvador, el que se complace en un espíritu de crítica es más culpable que aquel a quien acusa; porque no solamente comete el mismo pecado, sino que le añade engreimiento y murmuración.

Cristo es el único verdadero modelo de carácter, y usurpa su lugar quien se constituye en dechado para los demás. Puesto que el Padre “todo el juicio dio al Hijo”, quienquiera que se atreva a juzgar los motivos ajenos usurpa también el derecho del Hijo de Dios. Los que se dan por jueces y críticos se alían con el anticristo, “el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios”.

El pecado que conduce a los resultados más desastrosos es el espíritu frío de crítica inexorable, que caracteriza al farisaísmo. Cuando no hay amor en la experiencia religiosa, no está en ella Jesús ni el sol de su presencia. Ninguna actividad diligente, ni el celo desprovisto de Cristo, pueden suplir la falta. Puede haber una agudeza maravillosa para descubrir los defectos de los demás; pero a toda persona que manifiesta tal espíritu, Jesús le dice: “¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano”. El culpable del mal es el primero que lo sospecha. Trata de ocultar o disculpar el mal de su propio corazón condenando a otro. Por medio del pecado fue como los hombres llegaron al conocimiento del mal; apenas Adán y Eva incurrieron en pecado, empezaron a recriminarse mutuamente. Esta será la actitud inevitable de la naturaleza humana, siempre que no sea gobernada por la gracia de Cristo (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 106-108).

Jueves 15 de julio:
Arrepentimiento

La palabra inspirada pregunta a quienes rechazan ser llevados a Cristo: “¿Menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?” (Romanos 2:4). ¿Qué significa esto? Significa que las agencias celestiales están constantemente tratando de poner a los seres humanos en armonía con Dios. Cada medio posible, en el cielo y en la tierra, es empleado para acercarlos al gran centro de esperanza para el mundo, y cuando los seres humanos fijan sus ojos en el desfalleciente Hombre del Calvario y exclaman: ¿Por qué, oh, por qué tanto sufrimiento?, llega la respuesta, diciéndoles: “Es la bondad de Dios; es la que te lleva al arrepentimiento”.

Cristo sufrió la penalidad por la transgresión del pecador a la santa ley de Dios. La misericordia y el amor divinos, tan plenos, tan ricos, tan gratuitos, quiebran toda barrera y el alma se rinde a Dios. Tal agonía, tal humillación del Hijo de Dios, lleva al pecador a arrepentirse de sus pecados que costaron tal sacrificio. Se arrepiente de haber transgredido su santa ley y mira con fe a Jesús, su única esperanza, como Aquel que puede salvar hasta 10 sumo a los que con fe se acercan a Dios por él. Entonces, la posición del pecador frente a Dios es la de uno cuyos pecados han sido perdonados y cubiertas sus transgresiones; es la de alguien que puede ser participante “de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2 Pedro 1:4). Se le brinda un nuevo elemento de vida y poder. Pero éste no es impartido hasta que el pecador ve a Cristo como su única esperanza y comprende la magnitud de su culpa por haber transgredido la ley de Jehová.

La inspiración pronuncia juicio contra todo aquel que recibe esta maravillosa revelación del amor de Dios y rehúsa aceptar el don que el Padre le ha dado al mundo en su Hijo unigénito. “Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia” (Romanos 2:5-8). Debemos tomar nota de estas palabras puesto que es esencial conocer las condiciones a fin de trabajar por nuestra salvación con temor y temblor. Debemos permitir que Dios obre en nosotros, “así el querer como el hacer, por su buena voluntad”. No podemos confiar en la multitud porque sus caminos son falsos caminos. Debemos conocer por nosotros mismos los requerimientos de Dios y estar seguros de que los estamos obedeciendo (Signs of the Times, 16 de noviembre, 1891).

Viernes 16 de julio:
Para estudiar y meditar

Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 233-237; El camino a Cristo, pp. 15-20; El ministerio de curación, pp. 392-394; Joyas de los testimonios,tomo 2, pp. 35, 36. 22


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