Posteado por: Lilliam A Garcia | junio 26, 2010

El apoyo social Capítulo Trece Libro Complementario

III Trimestre de 2010
Libro Complementario

Alabanza viviente
Allan R. Handysides

Capítulo Trece

El apoyo social

Enséñame, mi Dios y Rey
a verte en todas las cosas;
y que todo aquello que haga,
lo haga solo para ti.
El elixir, George Herbert

Apoyo social y servicio:
Celebrando los lazos que nos unen

«En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros» (Juan 13: 35).
Cuando vivimos una vida de alabanza y gratitud nos ayudamos a nosotros mismos a vivir saludables y felices. Tener una actitud de grati­tud no solamente fomenta la relación entre nosotros y Dios, sino tam­bién con nuestros semejantes. Ciertamente somos más bendecidos por el servicio que damos a otros de lo que ellos son por recibirlo. Hay más verdad de la que podemos entender en las palabras de Jesús, «Más bie­naventurada cosa es dar que recibir».
Cuando hacemos algo agradable para alguien porque creemos que es nuestro deber, nuestras buenas acciones pierden algo de lustre y be­lleza. Si cambiaran nuestros corazones —aunque fuera por una elec­ción deliberada—, de tal manera que disfrutáramos realmente ayudando a otros, estaríamos cada vez más satisfechos con la vida. Cuando ser­vimos y apoyamos a los demás, con los doce componentes del estilo de vida saludable que hemos analizado en este libro, hacemos que la vida de alabanza no solo sea una celebración, sino una serie de celebraciones.
Un mes y medio antes de escribir este capítulo estuve en Nairobi, Kenia. Mi trabajo consistió dar apoyo al trabajo de otros, y confirmar la labor realizada en favor de los ciudadanos africanos infectados y afec­tados por el sida.
Parte de nuestros objetivos para los Ministerios de Salud y Tempe­rancia es que cada iglesia sea un centro comunitario de salud. En Esta­dos Unidos, donde la comida rápida alta en grasa es todo un estilo de vida, donde millones de personas gastan todas sus horas libres que es­tán despiertos frente a la computadora, el televisor o utilizando dispo­sitivos electrónicos, la mayoría de las enfermedades en las que tiene una gran influencia el estilo de vida son diabetes, obesidad y proble­mas cardíacos. A esto hay que agregarle los hábitos perniciosos que in­ciden en la destrucción de la salud: el tabaco, el alcohol y otras drogas.
En un marco tal, por ejemplo, la obra los Ministerios de Salud y Tem­perancia la iglesia local será diferente a la forma de ayuda de dichos mi­nisterios en África. En la mayor parte de ese continente, la nutrición no se considera desde el punto de vista de los excesos, sino de la escasez. Las enfermedades infecciosas como la diarrea, las enfermedades respirato­rias e incluso la malaria, tienen mucha mayor incidencia que el exceso o la falta de ejercicio. La infección por el virus de la inmunodeficiencia hu­mana (VIH) ha alcanzado trágicas proporciones debido a los patrones de migración laboral, el largo tiempo que la infección ha existido en África, las décadas en las que los medicamentos para combatirlo fue­ron inaccesibles y el manejo de factores como el estatus de las mujeres, la sexualidad y las tradiciones culturales.
En un entorno de esa naturaleza, la obra de la iglesia para ayudar a su comunidad tiene que adoptar un enfoque diferente. Por eso, el trabajo del centro que visité era apoyar a los infectados por el VIH. Los occiden­tales no pueden comprender los horrendos efectos que esta enfermedad ha tenido sobre los ciudadanos africanos. Es posible que los comporta­mientos sexuales sean bastante similares en las diferentes culturas, pero la actitud hacia el comportamiento sexual varía grandemente.
África es, más bien, un continente conservador, al menos en sus creencias. Consecuentemente, una vez que la infección por VIH ganó la reputación de ser una enfermedad de transmisión sexual, cualquiera que resultaba positivo era rápidamente estigmatizado. Eso es injusto. Las transfusiones sanguíneas y los productos de sangre que se utilizaban frecuentemente para ayudar a resolver el problema de la malaria endémica en África, trágicamente ayudaron a esparcir el VIH. Además, África fue uno de los últimos continentes en dejar de utilizar agujas y jeringas reutilizables. El equipo y los procesos de esterilización, con frecuencia, también eran deficientes. Esos factores, por supuesto, ayudaron a diseminar el VIH originalmente contraído por transfusiones de sangre u otras vías no sexuales.
Por otro lado, los obreros inmigrantes que se establecieron en las minas de Sudáfrica fueron alojados en enormes barracas que hospedaban hasta tres mil hombres y cuyo entretenimiento era la cerveza casera y las mujeres que la servían.
Además, los camiones viajaban cientos y cientos de kilómetros, con choferes ausentes de sus hogares durante días interminables y, de nuevo, la única gasolinera que había en cuatrocientos kilómetros a la redonda se convertía en un gran «abrevadero» para los humanos. Tales hombres, infectados allí con el VIH, regresaban a casa, a sus sumisas esposas que no se animaban a hacer preguntas, propiciando el escenario para la epidemia de la que estamos hablando. Sin embargo, cualquiera sea la situación social, la gente que ha quedado infectada son hijos de Dios.
Con más de cincuenta millones de africanos muertos por causa del sida, y abuelos obligados por las circunstancias a criar a sus nietos —con frecuencia varios al mismo tiempo—, la sociedad se ha visto brutalmente impactada. Algunas aldeas se encuentran escasamente pobladas con niños como jefes de la familia, viviendo en las casas donde murieron sus padres y atendiendo las necesidades del hogar, mientras luchan por terminar la escuela.
Pacientes estigmatizados por sus familiares, por las iglesias comunitarias y la sociedad en general, con frecuencia pierden sus trabajos y luchan por sobrevivir. Con este trasfondo, espero que el lector pueda entender la situación y la escala de valores de la siguiente experiencia:
En la puerta de al lado de una Iglesia Adventista en Kenia está lo que ha sido llamado el Centro HACK. Esta casa grande, situada sobre una parcela menor que una hectárea, había sido convertida en un refugio y lugar de ayuda para personas con VIH. Cuando visité el lugar noté que tenían a la venta productos del lugar. Había champiñones secos y empacados; frascos de miel oscura cubrían otra mesa, a un dólar y medio cada uno, así que compré seis. En lo que me imagino era la cocina, en un horno a leña estaban cociendo pastelitos, galletas y panes. El producto lo colocaban en bandejas que amarraban a la parte trasera de bicicletas y los vendedores vendían los diferentes productos en las aldeas de los alrededores.
La demanda era mayor que la oferta y las existencias estaban limita­das al tipo de transporte, que solamente podía cubrir una corta distan­cia. Evidentemente necesitaban dar el siguiente paso: conseguir algunas pequeñas motocicletas para ir más lejos. Pero si tuvieran las motocicletas, necesitarían otro horno para poder producir más. Aunque el «negocio» no estaba produciendo muchas ganancias económicas, les proporcionaba a todos los participantes un ingreso modesto pero suficiente.
Después de ver la casa, visitamos el patio trasero. Allí, en una choza de barro sin ventanas, cultivaban los champiñones. Esto proporcionaba al agricultor y al vendedor un ingreso. Había, además, un corral con gallinas para producir huevos y otro con cabras, para producir leche. Cada uno de ellos tenía un letrero que decía: «Patrocinado por AAIM» (Ministerio Internacional Adventista contra el Sida, por sus siglas en inglés).
Un poco más adelante en el patio había un grupo de alfareros haciendo ollas o cazuelas de barro para cocinar sobre leña o carbón. También había gente tejiendo canastas en las que ponían la olla —sobre un par de almohadillas rellenas con algún aislante— después que esta había comenzado a hervir, a fin de que completara el proceso de cocción. Además tejían canastas que se usaban para hacer las compras, bandejas para frutas y decorativos agarradores. Luego, detrás de un cerco, estaban las colmenas: eran como seis. «No se acerquen mucho a ellas —se nos advirtió—. Las abejas se ponen muy intranquilas cuando hay mucha gente alrededor». En el patio de enfrente estaba la huerta. El hortelano nos mostró, con orgullo, el sistema de irrigación por goteo que le había costado unos cuarenta dólares, para un pequeño huerto, pulcramente desyerbado donde cultivaban verduras y hortalizas.
Además de mostrarnos esas actividades nos presentaron a más de treinta niños que dependían del municipio. Eran huérfanos y el Centro les proporcionaba una comida por día. No pasó mucho rato antes que consumieran una media docena de envases de miel. Los niños se acercaron furtivamente a mí y, con enormes ojos café, me examinaron. Varios me jalaron los pelos del antebrazo, obviamente asombrados de que yo tuviera un vello tan peculiar. Cuando el tiempo de la visita estaba a punto de terminar, un muchachito de nueve años me miró, me tomó de la mano, y me dijo.
—Tú me caes muy bien.
—Tú también me caes bien a mí —le contesté.
—Llévame contigo a Estados Unidos, por favor.
Aquella solicitud me partió el corazón porque aquel niño tenía tan poco, y a sus ojos yo tenía tanto que ofrecer. Él no comprendía la enormidad del problema que impedía aquella acción ni que yo estaba cerca de los setenta años y que tenía mis propias responsabilidades con mis hijos y mis nietos. De todas maneras, cuando volví a casa, presenté a mi esposa el caso con mucha seriedad.
En una aldea masai que visitamos en ese mismo viaje, vi una iglesia que había decidido convertirse en un centro comunitario de salud. Allí también tenían una panadería, hacían collares y ofrecían un servicio de barbería. Habían estado operando durante dos años. Cuando pregunté acerca de la feligresía el pastor local me dijo que se había triplicado desde que habían comenzado el programa del centro comunitario de salud.
Tales beneficios son ciertamente muy alentadores, pero, ¿qué evidencia encontramos de que el servicio promueve realmente la salud? Está bien ser útil pero, ¿por qué ofrecemos servicio y apoyo social como una actividad promotora de la salud? Pues bien, hay buenas razones para hacerlo.
Primero, el servicio rompe las barreras que nosotros mismos levantamos para separarnos de los demás. Con frecuencia deseamos vivir dentro de nuestra comunidad religiosa, nuestro propio grupo socioeconómico, nuestro propio tipo étnico. Si vamos a un restaurante podremos observar cuan a menudo los diferentes grupos étnicos están comiendo juntos, como un clan. Por supuesto, tendemos a sentarnos, comer y departir con aquellos que conocemos. Nos sentimos cómodos dentro de nuestro propio grupo, pero ese comportamiento nos aísla de los demás. Tal comportamiento favorece el crecimiento de los grupos extremistas que conducen a la intolerancia y a la exclusividad.
Debemos afrontar la realidad de que la humanidad es una familia. Necesitamos apoyo social así como disposición para proporcionar tales servicios a otros. Somos seres sociales. El egoísmo y el orgullo separan a las naciones, los reinos, las tribus y las comunidades. Los intereses egoístas levantan barreras entre nosotros. La religión nos enseña que to­dos los pueblos son uno ante los ojos de Dios. Sin importar el color de nuestra piel, todos somos una familia por creación, y tenemos que ser solidarios con los demás miembros de nuestra sociedad y mostrar bue­na disposición para servirnos unos a otros.
Alguien podría preguntar: «¿Por qué es el apoyo y la buena disposi­ción a servir a los demás tan vital para nuestra vida diaria?» Esa es una buena pregunta. El psicólogo Abraham Maslow observó que el amor es tan esencial para el crecimiento de los seres humanos como las vitami­nas, los minerales y las proteínas. Hay cuatro esferas donde el apoyo y el servicio son extremadamente importantes.

  1. El hogar: Las relaciones en una casa pacífica y feliz ponen el funda­mento para el bienestar personal, de la familia, de la comunidad, y de la nación. «En el Estudio Transversal Nacional del Adolescente (72.000 es­tudiantes), el hallazgo más claro fue que el sentimiento de conectividad con la unidad familiar del adolescente proporciona el mayor sentimiento de seguridad. Era más improbable que los adolescentes que se sentían amados por sus padres sintieran angustia emocional o usaran cigarri­llos, alcohol o marihuana. Además, era más probable que los ado­lescentes que mantenían estrechas relaciones con sus madres retardaran la actividad sexual, que sus contrapartes que no tenían esa buena rela­ción. Lo que mami dice ayuda a formar las percepciones relacionadas con los asuntos sexuales del adolescente. Los adolescentes —indepen­dientemente de su raza, la religión, la estructura familiar o el nivel so­cioeconómico— que estaban en buena relación con su familia, sus pa­dres y sus escuelas eran más saludables, que los que no lo estaban. Mu­chos estudios han mostrado el impacto positivo del apoyo social y la disposición a servirse unos a otros en la familia.

Un estudio que se realizó en la universidad Case Western Reserve, pu­blicado en el American Journal of Medicine, incluía a diez mil hombres casados que no tenían antecedentes de angina de pecho, pero con múltiples factores de riesgo como el colesterol elevado, la alta presión san­guínea, la edad, la diabetes y otras anormalidades detectadas por el encefalograma. Estos hombres tenían veinte veces más probabilidades de lo normal para desarrollar angina de pecho durante los siguientes cinco años. Es interesante notar que aquellos que respondieron «No» a la sim­ple pregunta «Su esposa, ¿le demuestra su amor?» tuvieron el doble de angina de pecho comparado con los que respondieron «sí». Mientras más elevado era el colesterol y la presión sanguínea, y más elevado el es­trés y la ansiedad, más importante era el amor de la esposa para elimi­nar esos factores de riesgo. Los investigadores concluyeron que «el amor y el apoyo del cónyuge es un punto de equilibrio muy importante que aparentemente reduce el riego de angina de pecho, incluso en la pre­sencia de elevados factores de riesgo».
La doctora Nancy Collins de la Universidad de California, en Los Ángeles, estudió a mujeres embarazadas, de diferentes razas y carentes de privilegios, para determinar si el apoyo social mejoraría los resulta­dos físicos y mentales del embarazo. Las que recibieron apoyo social prenatal de calidad experimentaron menos dificultades durante el parto, tuvieron bebés más saludables (como lo indicó el método de evalua­ción de la Dra. Virginia Apgar) y con más peso al nacer. También repor­taron menor depresión después del parto.
Al revisar más de 144 estudios, los Dres. Hoffman y Hatch de la Universidad Columbia concluyeron que el apoyo social íntimo de un compañero o de un miembro de la familia mejora sustancialmente la salud del feto. En las mujeres que se sentían amadas y apoyadas, las situaciones estresantes de la vida durante el embarazo no incrementaron el riesgo de parto prematuro. Definitivamente, el apoyo social beneficia tanto a la mujer embarazada que lo recibe como al bebé no nacido.

  1. La escuela: Es menos probable que los estudiantes usen drogas, o participación en actos violentos y actividad sexual prematura cuando asisten a escuelas que tienen maestros que se interesan en ellos y reglamentos de disciplina flexibles.

El Dr. David C. McClelland y sus colegas estudiaron dos grupos de estudiantes voluntarios. A un grupo se le pidió que vieran una película de cincuenta minutos, acerca del servicio amante que la Madre Teresa daba a los enfermos y moribundos en los peores barrios de Calcuta, video que había sido elegido especialmente para inducir un estado emocional positivo y altruista. Al otro grupo de estudiantes se le pidió que viera una cruda película documental acerca de la Segunda Guerra Mundial, elegida para producir emociones negativas y rabia. En promedio, los estudiantes que vieron la película de la Madre Teresa tuvieron un significativo incre­mento en la inmunoglobulina salivar A, que es un anticuerpo protector contra algunos virus. El grupo que vio la película documental de la Segunda Guerra Mundial no mostró ningún cambio apreciable.

  1. La comunidad: El Dr. Sheldon Cohen y sus colegas de las universidades Carnegie-Mellon y Pittsburg condujeron un estudio para descubrir si los lazos sociales (tener apoyo social y disposición a servirse unos a otros) ayuda a proteger el cuerpo humano contra las enfermedades infecciosas.

A 276 voluntarios saludables, que iban desde los dieciocho hasta los cincuenta y cinco años, les aplicaron gotas nasales que contenían rinovirus (el virus que causa el catarro común). A partir de ahí se evaluaron doce tipos de relaciones sociales: 1) esposa, 2) padres, 3) suegros, 4) hi­jos, 5) miembros cercanos de la familia, 6) vecinos cercanos, 7) ami­gos, 8) compañeros de trabajo, 9) compañeros de clase, 10) compañeros voluntarios en servicios caritativos comunitarios, 11) miembros de grupos sin afiliaciones religiosas (social, recreativo o profesional) y 12) miembros de grupos religiosos. La investigación reveló que quienes informaron solamente de uno a tres tipos de relaciones, tenían más de cuatro veces el riesgo de desarrollar un catarro que los que reportaron seis o más. Estas diferencias no fueron explicadas totalmente por los ni­veles de anticuerpos, fumar, hacer ejercicio, la cantidad de sueño, el al­cohol, la vitamina C, u otro factor variable. Además, los investigadores descubrieron que la diversidad de relaciones era más importante que el número total de personas a quienes les hablaron. En suma, quienes par­ticipaban en relaciones de apoyo mutuo con muchas personas, sin importar su historial, incrementaron su resistencia a la infección con el rinovirus.

  1. La iglesia: El servicio social mutuo, como una gran familia, reduce los comportamientos arriesgados. El Estudio Nacional Transversal del Adolescente, publicado en el Journal of the American Medical Association en 1997, en el que participaron a 90.000 adolescentes y 18.000 padres en todo Estados Unidos, reveló que dos factores vitales protegen a los niños y a los jóvenes de cualquier comportamiento de riesgo, como la promiscuidad sexual, la violencia, la angustia emocional, los intentos de suicidio y el uso de drogas:

Relación con Dios. Un adolescente para quien la religión y la oración son importantes es menos propenso a fumar, beber o practicar relacio­nes en actividades sexuales prematrimoniales.
Relación unos con otros. Independientemente de la raza, la estructura fa­miliar o la pobreza, los adolescentes que están bien relacionados con sus padres, su familia y su comunidad escolar están más protegidos de muchas conductas de riesgo como el sexo premarital, la violencia, los intentos de suicidio, el consumo de drogas y las relacionadas con la angustia emocio­nal. «Ningún ser humano es una isla en sí mismo». Todos anhelamos ser aceptados y estar conectados unos con otros para apoyarnos y animarnos. El apoyo y la aceptación social reducen la necesidad de consumir drogas.
En adición al apoyo social, un aspecto maravilloso del apoyo es el servicio. El Dr. Gary Hopkins, que trabajó muchos años en la especiali­dad de medicina preventiva, señala el creciente volumen de estudios científicos que ponen de manifiesto que el al servicio es una de las mo­dalidades disponibles más protectoras para adolescentes y jóvenes con comportamientos de riesgo.
Se ha reconocido durante muchos años que la transmisión de valores es el ingrediente esencial cuando se quiere proteger a los jóvenes de conductas de riesgo. Si la conducta ha de cambiar, los valores tienen que ser incorporados por el joven.
Las pandillas forman relaciones fuertes entre sus miembros, y esas relaciones favorecen para que compartan los valores. Entonces las ac­ciones son dirigidas por los valores —con frecuencia antisociales—, que conducen a actividades equivocadas.
La mayoría de los que militamos en la iglesia preferimos educar a los jóvenes. No solo las iglesias, sino las escuelas y la sociedad en general han creído que la educación es el mejor método de protección para la juventud. La educación es esencial, pero como estrategia única ¡fallará! Esto lo respaldan estudios que investigan el conocimiento y la práctica. Es bien conocida la disonancia entre las creencias expresadas y las acciones de la persona.
Hace más de cuarenta años, la Dra. Joyce Hopp, en su tesis doctoral exploró la diferencia entre «el credo» y «la acción». La gente puede tener el conocimiento, pero no lo pone en práctica.
Cuando se preguntó a jóvenes que eran sexualmente activos si comprendían bien los efectos protectores del condón, más del 87 por ciento entendía que el uso de condones proporcionaba algo de protección contra la transmisión de enfermedades sexuales, pero solamente el 37 por ciento los utilizaba. La mayoría de los fumadores saben que el cigarrillo es peligroso y la gente es consciente que la cocaína y la heroína causan adicción. Sin embargo, tal conocimiento no los protege a menos que las relaciones sociales de los individuos refuercen la información.
Las relaciones que son positivas y de apoyo crean canales a través de los cuales se trasmiten los valores. Los jóvenes entonces utilizan esos valores para determinar con qué conductas se van a comprometer. Estu­dios recientes han documentado la fuerte y abrumadora evidencia que el servicio refuerza y alienta la decisión de adoptar prácticas socialmente aceptables y que promuevan la salud.
Es interesante cuan obvio nos parece que el amor producirá buenos resultados en el comportamiento de otros y, sin embargo, cuán difícil es para nosotros practicar el verdadero amor.
Si deseamos seriamente disfrutar y promover la salud, necesitamos movernos del didáctico y estricto formato educacional, para usar el apoyo y el servicio social como medios para la promoción de la salud. Los padres debieran aprender a dar no solamente consejo, sino darse a sí mismos a sus hijos. Muchos jóvenes no se meterían en dificultades si cada uno de ellos tuviera al menos un adulto cercano, dedicado, que le brindara apoyo moral y en quien pudiera confiar. Esto es tan cierto ahora como lo fue en 1912, cuando James Rowe y Howard E. Smith escribieron el coro:
El amor me levantó.
El amor me levantó.
Cuando ninguna otra cosa me pudo ayudar,
el amor me levantó.
Si estamos buscando salud y tratando de ayudar a otros a encontrar­la, comencemos y terminemos con el amor. Es la manera como nuestra vida y las vidas de los que nos encontremos serán llenas de salud y de felicidad.

J. H. Medalie, U. Goldbourt, “Angina pectoris among 10.000 men. Psychosocial and other risk factors an evidenced by a multivariate analysis of a five-year incidence study, American Journal of Medicine, 1976, 60 [6], pp. 910-921.

N. I. Collins, C. Dunkel-Schetter, M. Lobel, et al, “Social support in pregnancy: Psychosocial correlates of birth outcomes and postpartum depression”, Journal of Personality and Social Psychology, 1993, 65; pp. 1243-1258

S. Hoffman, M. C. Hatch, “Stress, social support, and pregnancy outcome: a reassessment based on recent research”, Paedriatic & Perinatal Epidemiology, 1996, 10 [4]; pp. 380-405.

National Longitudinal Study on Adolescent Health.

D. C. McClelland, C. Kirshnit, “The effect of motivation arousal through films on salivary immunoglobulin A”, Psychology and Health, 1988, 2; pp. 31-52, publicado en Microbiology and Molecular Biology Review (vol. 62, Nº 1, marzo de 1988; pp. 71-101), que provee evidencias posteriores de mejoría en la resistencia bacterial oral.

S. Cohen, W. J. Doyle, D. P. Skoner, et al, “Social ties and susceptibility to the common cold”, JAMA, 19978. 277; p. 1940.

W. Blum, M. Rinchart, “Reducing the Risk: Connections That Make a Difference in the Lives of Youth”, Division of General Pediatrics and Adolescent Health, basado en el primer análisis de datos de Add Healt: “Protecting adolescents from harm: Findings from the National Longitudinal Study on Adolescent Health”, JAMA, 10 de septiembre de 1997.

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