Posteado por: Lilliam A Garcia | junio 8, 2010

Comentario de EGW Lección 11 Optimismo: felicidad y curación

Abril – Junio 2010

Comentario de EGW

Lección 11

Optimismo: felicidad y curación

Sábado 5 de junio

La esperanza y el valor son esenciales para dar a Dios un servicio perfecto. Son el fruto de la fe. El abatimiento es pecaminoso e irracional. Dios puede y quiere dar “más abundantemente” (Hebreos 6: 17) a sus siervos la fuerza que necesitan para las pruebas. Los planes de los enemigos de su obra pueden parecer bien trazados y firmemente asentados; pero Dios puede anular los más enérgicos de ellos. Y lo hace cómo y cuándo quiere; a saber cuando ve que la fe de sus siervos ha sido suficientemente probada.

Para los desalentados hay un remedio seguro en la fe, la oración y el trabajo. La fe y la actividad impartirán una seguridad y una satisfacción que aumentarán de día en día. ¿Estáis tentados a ceder a presentimientos ansiosos o al abatimiento absoluto? En los días más sombríos, cuando en apariencia hay más peligro, no temáis. Tened fe en Dios. El conoce vuestra necesidad. Tiene toda potestad. Su compasión y amor infinitos son incansables. No temáis que deje de cumplir su promesa. El es la verdad eterna. Nunca cambiará el pacto que hizo con los que le aman. Y otorgará a sus fieles siervos la medida de eficiencia que su necesidad exige. El apóstol Pablo atestiguó: “Me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona… Por lo cual me gozo en las flaquezas, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias por Cristo; porque cuando soy flaco, entonces soy poderoso” (2 Corintios 12:9,10) (Profetas y reyes, pp. 120, 121).

Domingo 6 de junio:
Depresión y desesperación

Podemos ver que aun los nobles héroes de la fe pueden mostrar su debilidad cuando son colocados en circunstancias apremiantes. El mismo David, que había puesto su fe en Dios, y se había adelantado en su nombre para enfrentar al orgulloso filisteo y buscar la derrota de los ejércitos de los enemigos, se encontraba ahora, perseguido y buscado, con una depresión y perplejidad que escondían al Padre celestial de su vista. Sentía que había sido dejado solo para pelear sus propias batallas. Estaba confundido y no sabía qué camino seguir.

Podemos aprender una lección de la experiencia de David: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10: 12). Todos necesitamos la ayuda que solamente Dios puede brindar. Oh, ¡cuán valiosa es la dulce influencia del Espíritu de Dios cuando se acerca a las almas deprimidas y desesperadas, cuando anima a los descorazonados y fortalece a los débiles, cuando les da valor a los probados siervos del Señor! ¡Qué Dios es el nuestro, que trata tiernamente con los que yerran y manifiesta su paciencia y ternura cuando enfrentamos la adversidad y estamos abrumados por una gran tristeza!

David no tendría que haber desconfiado de Dios en ningún momento. El fracaso de los hijos de Dios se debe a su falta de fe. Cuando las sombras rodean el alma y necesitamos ser guiados e iluminados, miremos hacia arriba; siempre hay luz más allá de las tinieblas. Debemos aprender a confiar en nuestro Padre celestial y no permitir que el alma caiga en el pecado de la incredulidad. Muchas veces, en lugar de confiar nuestras vidas al cuidado de Dios, nuestro fiel Creador, tratamos por nosotros mismos de derribar con todas nuestras fuerzas las murallas de dificultades, cuando solamente Dios puede removerlas. Los ejemplos que encontramos en la historia sagrada deben ser imitados solamente cuando ellos siguieron las pisadas del Señor. Cuando se confía plenamente en Dios, él cumplirá sus promesas. Podremos regocijarnos en el Dios de nuestra salvación aunque todos nuestros amigos terrenales se transformen en nuestros enemigos (Signs of the Times, 31 de agosto, 1888).

Pero una reacción como la que con frecuencia sigue a los momentos de mucha fe y de glorioso éxito oprimía a Elías. Temía que la reforma iniciada en el Camelo no durase; y la depresión se apoderó de él. Había sido exaltado a la cumbre de Pisga; ahora se hallaba en el valle. Mientras estaba bajo la inspiración del Todopoderoso, había soportado la prueba más severa de su fe; pero en el momento de desaliento, mientras repercutía en sus oídos la amenaza de Jezabel y Satanás prevalecía aparentemente en las maquinaciones de esa mujer impía, perdió su confianza en Dios. Había sido exaltado en forma desmedida, y la reacción fue tremenda. Olvidándose de Dios, Elías huyó hasta hallarse solo en un desierto deprimente…

A todos nos tocan a veces momentos de intensa desilusión y profundo desaliento, días en que nos embarga la tristeza y es difícil creer que Dios sigue siendo el bondadoso benefactor de sus hijos terrenales; días en que las dificultades acosan al alma, en que la muerte parece preferible a la vida. Entonces es cuando muchos pierden su confianza en Dios y caen en la esclavitud de la duda y la servidumbre de la incredulidad. Si en tales momentos pudiésemos discernir con percepción espiritual el significado de las providencias de Dios, veríamos ángeles que procuran salvarnos de nosotros mismos y luchan para asentar nuestros pies en un fundamento más f m e que las colinas eternas; y nuestro ser se compenetraría de una nueva fe y una nueva vida (Profetas y reyes, pp. 118, 119).

Lunes 7 de junio:
Los cuidados de esta vida

Este reproche de Cristo llega a muchas Martas de nuestros días. Pierden mucho conocimiento espiritual y divino que las haría sabias para la salvación, a causa de su continua actividad en las cosas temporales, por su deseo de derramar favores sobre aquellos a quienes aman. Si conservaran la sencillez en todos sus preparativos, y aprovecharan sus preciosas oportunidades de obtener un conocimiento mejor de la voluntad de Dios y de ser hacedoras de sus palabras, se ahorrarían mucha irritación y beberían de la Fuente perpetua de la vida…

Marta… estaba tan ansiosa por el debido honor que correspondía a Cristo que, en sus activos preparativos para procurar el alimento, perdió los momentos más preciosos y áureos de escuchar las instrucciones de sus labios divinos. María se sentó a sus pies para no perder ninguna palabra. Consideraba este hecho de la mayor importancia. Esto ofendió a Marta, y le preguntó al Señor Jesús si no le importaba que ella sirviera sola mientras María se desentendía de sus responsabilidades. Jesús le dijo a Marta que María había elegido la mejor parte, la cual nunca le sería quitada. ¿Cuál era la mejor parte? Aprender de Jesús, apreciar sus palabras. Al prestar atención a las palabras que pronunciaban sus labios estaba manifestando su amor por el Salvador (Nuestra elevada vocación, p. 283).

La duración y felicidad de la vida no consiste en la cantidad de nuestras posesiones terrenales. Este rico insensato, en su egoísmo supremo, había amontonado tesoros que no podía emplear. Vivía solamente para sí. Se extralimitó en los negocios, obtuvo ganancias ilícitas y no practicó la misericordia ni el amor de Dios. Robó a los huérfanos y a las viudas, o defraudó a sus semejantes para aumentar su creciente reserva de bienes mundanales. Podía haberse hecho tesoros en los cielos en bolsas que no envejecen, pero por su avaricia perdió ambos mundos. Los que humildemente usan para gloria de Dios los recursos que él les ha confiado, recibirán antes de mucho su tesoro de la mano del Maestro con la bendición: “Bien, buen siervo y fiel… entra en el gozo de tu Señor” (Mateo 25:21) (Joyas de los testimonios, tomo 1, pp. 382, 383).

En las espinas que ahogan la buena simiente, el Gran Maestro simbolizó los peligros que rodean al que escucha la palabra de Dios; porque hay enemigos que tratan, por todos los medios, de que la verdad no tenga efecto. Si queremos que la verdad florezca en el alma, debe renunciarse a todo lo que separa los afectos de Dios y a todo aquello que no le permite a Cristo morar en el corazón. Jesús especifica las cosas que son peligrosas: los cuidados de esta vida, el engaño de las riquezas y el deseo por las cosas temporales, ahogan el crecimiento de la simiente espiritual porque no recibe la nutrición que proviene de Cristo, así como el pámpano la recibe de la vid, y la vida espiritual muere por falta de alimento. El amor al mundo y sus placeres separa al alma de Dios; la separa de su fortaleza, de su esperanza, de su gozo. La separa del gozo que significa llevar a otros a Cristo, la fuente de la vida, para que abandonen el pecado y reciban su justicia (Review and Herald, 21 de junio, 1892).

Martes 8 de junio:
Regocijaos siempre

Dios puede y quiere conceder a sus siervos toda la fuerza que ellos necesiten y darles la sabiduría que sus diversas necesidades exijan. El hará más que cumplir las más altas expectaciones de aquellos que ponen su confianza en él.

Jesús no nos llama a seguirle para después abandonarnos. Si entregamos nuestra vida a su servicio, nunca podremos hallarnos en una posición para la cual Dios no haya hecho provisión. Cualquiera que sea nuestra situación, tenemos un Guía para dirigirnos en el camino; cualesquiera que sean nuestras perplejidades, tenemos un Consejero seguro; cualquiera que sea nuestro pesar, aflicción, duelo o soledad, tenemos un Amigo que simpatiza con nosotros. Si en nuestra ignorancia, damos pasos en falso, Cristo no nos desampara…

La fe es lo que nos habilita para mirar más allá del presente, con sus cargas y congojas, hacia el gran porvenir de la vida venidera, donde se aclarará todo lo que ahora nos deja perplejos. La fe ve a Jesús de pie como Mediador nuestro a la diestra de Dios. La fe contempla las mansiones que Cristo ha ido a preparar para aquellos que le aman. La fe ve el manto y la corona aparejados para el vencedor, y oye el canto de los redimidos (La fe por la cual vivo, p. 128).

En los atrios celestiales, Cristo intercede por su iglesia, intercede por aquellos para quienes pagó el precio de la redención con su sangre. Los siglos de los siglos no podrán menoscabar la eficiencia de su sacrificio expiatorio. Ni la vida ni la muerte, ni lo alto ni lo bajo, pueden separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús; no porque nosotros nos asimos de él tan firmemente, sino porque él nos sostiene con seguridad. Si nuestra salvación dependiera de nuestros propios esfuerzos, no podríamos ser salvos; pero ella depende de Uno que endosa todas las promesas (A fin de conocerle, p. 82).

Cuando nos sobrecojan las pruebas, no meditemos en la magnitud de ellas, ni pensemos que no podemos gozamos en el Señor. Es cierto que tendremos sentimientos cambiantes. Pasaremos por momentos de desánimo y depresión. ¿Pero viviremos por sentimiento o por fe? Cuando nuestros hermanos y amigos hablen imprudentemente, no nos descorazonemos. Recordemos que nos hallamos en un mundo de pruebas y dolor, de penas y desilusiones. Estas experiencias deberían conducirnos a Cristo. Si no lo hacen, sufriremos una pérdida.

Cuando estemos tentados a abandonarnos al desaliento estudiemos la vida y las experiencias de Cristo. Tuvo que contender con los poderes de las tinieblas para que no lo vencieran. Nosotros tenemos las mismas batallas que pelear, las mismas victorias que ganar. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Es nuestro privilegio aferrarnos de la fortaleza del que puede salvar hasta lo sumo a todos los que acuden a Dios por medio de él. El los invita a que presenten su caso ante el trono de la gracia y le entreguen su alma indefensa (Alza tus ojos, p. 250).

Miércoles 9 de junio:
Risa y curación

El dolor viene y se va, esa es la suerte del hombre; deberíamos no tratar de agrandarlo, sino más bien detenernos en lo que es brillante y placentero. Cuando el invierno extiende su cobertura de hielo sobre la tierra, no permitimos que nuestra alegría se hiele con las flores y los arroyos, ni continuamente nos lamentamos a causa de los días tristes y los vientos fríos. Por el contrario, penetramos hacia adelante con la imaginación en el próximo verano, con su calor, vida y belleza…

Ahora mismo una nube ha ocultado de nuestra vista los brillantes rayos del sol y quedamos en la sombra. ¿Deberíamos irritarnos y quejamos por eso y olvidar todo lo que es brillante y hermoso a nuestro alrededor? No; deberíamos olvidar la nube y recordar que el sol no ha sido aniquilado, sino que ha velado su rostro solamente por un momento…

Dios no se complace en que tengamos que pasar nuestras vidas en el desaliento y la melancolía, magnifícando cada prueba que nos llega. Al hacerlo, no solamente nos afligimos, sino que ensombrecemos la felicidad de aquellos que nos rodean. No deberíamos escudriñar las oscuras sombras de la experiencia de nuestra vida ni detenemos en ellas, sino más bien abrir los ojos y estimular los sentidos para ver y apreciar las muchas bendiciones que nos circundan, las cuales deberían hacernos no solamente agradecidos sino muy felices.

Es la voluntad de Dios que seamos alegres… Aquellos que se relacionan con nosotros son afectados para bien o para mal por nuestras palabras y acciones. Estamos inconscientemente difundiendo la fragancia de nuestro carácter en la atmósfera moral que nos circunda, o estamos envenenando esa atmósfera con pensamientos, palabras y hechos que tienen una influencia deletérea sobre aquellos con quienes nos asociamos. “Nadie vive para sí” (En lugares celestiales, p. 274).

El valor, la esperanza, la fe, la simpatía y el amor fomentan la salud y alargan la vida. Un espíritu satisfecho y alegre es como salud para el cuerpo y fuerza para el alma. “El corazón alegre es una buena medicina” (Proverbios 17:22, V.M.) (El ministerio de curación, p. 185).

Nuestros cuerpos pertenecen a Dios. Pagó el precio de la redención tanto por el cuerpo como por el alma… Dios es el gran encargado del mecanismo humano. Al cuidar de nuestros cuerpos debemos colaborar con él. El amor a Dios es esencial para la vida y la salud. Para gozar de perfecta salud nuestros corazones deben estar llenos.de esperanza, amor y gozo (La maravillosa gracia de Dios, p. 147).

Jueves 10 de junio:
Un corazón alegre: ¡Optimismo práctico!

El amor que Cristo infunde en todo nuestro ser es un poder vivificante. Da salud a cada una de las partes vitales: el cerebro, el corazón y los nervios. Por su medio las energías más potentes de nuestro ser despiertan y entran en actividad. Libra al alma de culpa y tristeza, de la ansiedad y congoja que agotan las fuerzas de la vida. Con él vienen la serenidad y la calma. Implanta en el alma un gozo que nada en la tierra puede destruir: el gozo que hay en el Espíritu Santo, un gozo que da salud y vida (El ministerio de curación, p. 78).

Los que aceptan la palabra de Cristo al pie de la letra, y entregan su alma a su custodia, y su vida para que él la ordene, hallarán paz y quietud. Ninguna cosa del mundo puede entristecerlos cuando Jesús los alegra con su presencia. En la perfecta aquiescencia hay descanso perfecto. El Señor dice: “Tú le guardarás en completa paz, cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti se ha confiado”. Nuestra vida puede parecer enredada, pero al confiarnos al sabio Artífice Maestro, él desentrañará el modelo de vida y carácter que sea para su propia gloria…

A medida que entramos por Jesús en el descanso, empezamos aquí a disfrutar del cielo. Respondemos a su invitación: Venid, aprended de mí, y al venir así comenzamos la vida eterna. El cielo consiste en acercarse incesantemente a Dios por Cristo. Cuanto más tiempo estemos en el cielo de felicidad, tanto más de la gloria se abrirá ante nosotros; y cuanto más conozcamos a Dios, tanto más intensa será nuestra felicidad (La fe por la cual vivo, p. 369).

Los que pertenecen al pueblo de Dios tienen que aprender muchas lecciones. Gozarán de perfecta paz si mantienen la mente centrada en él, quien es demasiado sabio para errar y demasiado bueno para perjudicarlos. Deben captar el reflejo de la sonrisa de Dios y proyectarla hacia otros. Deben ver cuánta luz del sol pueden introducir en la vida de la gente con quien se relacionan. Han de mantenerse cerca de Cristo, tan cerca que puedan sentarse con él como niñitos suyos, en dulce y santa unidad. Nunca deben olvidar que así como reciben el afecto y el amor de Dios, están bajo la más solemne obligación de impartirlos a los demás. De este modo pueden ejercer una influencia de gozo que será una bendición para todos los que se relacionen con ellos, y también iluminar su camino (El ministerio médico, pp. 58, 59).

Nada en el mundo puede entristecer a los que Cristo hace felices con su presencia. En la perfecta sumisión hay perfecta paz. “Tu guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Isaías 26:3). Nuestras vidas pueden parecer enredadas, pero si las colocamos en manos del Maestro, él las modelará de acuerdo con el plan que traiga la mayor gloria para él (Signs of the Times, 20 de mayo, 1908).

Viernes 11 de junio:
Para estudiar y meditar

El ministerio de curación, pp. 185-200.


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