Posteado por: Lilliam A Garcia | mayo 3, 2010

Las creencias son elevadoras Capítulo Seis Libro Complementario

II Trimestre de 2010
Libro Complementario

Alabanza viviente
Allan R. Handysides

Capítulo Seis

Las creencias son elevadoras

Tengo el pecado del temor, que cuando haya girado
mi última vuelta, pereceré en la orilla:
Pero jura por ti mismo que al morir,
tu Hijo brillará como brilla ahora, y hasta aquí.
Y habiendo hecho eso, lo que tú habrás hecho,
ya no tendré temor.
Un himno a Dios el Padre, John Donne
 
Creencia: La base de nuestra espiritualidad
“Pero sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que recompensa a los que lo buscan” (Hebreos 11:6).
Cuando estábamos a punto de volver de África, me di cuenta que tenía algo de dinero que no podría sacar de Zimbabue por causa del control de divisas. Los llamaban “fondos bloqueados”, así que decidí recompensar a los dos hombres que habían sido nuestros ayudantes. A Jack, el jardinero, le deposité algo de dinero en el banco.
Para Enoch, tomé una cantidad similar, deposité meses de salario en una cuenta para su esposa, y compré un boleto de avión para que él nos visitara en Canadá. Enoch no había cursado más que unos tres años de educación primaria y había vivido toda su vida en una aldea rural de África, así que encontró que Canadá era un país muy extraño y diferente. Recuerdo un día en particular. El sol brillaba y el cielo era azul, pero la temperatura afuera era de quince grados bajo cero. El frío era tal que podría congelar los bigotes y quebrarlos después con el aliento. Al menos así lo sentía yo.
Pero Enoch decidió salir a dar un paseo a pie.
–Creo que deberías ponerte algo en la cabeza –le dije.
–No, el sol está brillando.
–No necesitaré nada para cubrirme –me contestó–.
Enarqué las cejas, mientras miraba a mi esposa, y concluí:
–Está bien.
Pocos minutos más tarde Enoch regresó aterido y tembloroso.
–¡Doctor –dijo– cuando regrese y le diga a mi gente que el sol puede estar brillando pero al mismo tiempo el pueblo entero ser un refrigerador, no me creerán!
En otra ocasión lo llevamos al parque de atracciones Canada’s Wonderland, en compañía de mi hijo Danny, de ocho años. Le encantaron los juegos. Cuando llegamos a un artefacto llamado The Bat (el murciélago), me di cuenta por el tufillo a vómito que había en el aire que subir a aquel aparato mecánico no era conveniente para mí, pero Danny deseaba subirse.
–Por favor, papi, por favor–, suplicaba.
The Bat estaba formado por dos vías gigantes que se elevaban unos setenta metros en el aire, y estaban conectadas entre sí. Los vagones subían por uno de los lados y luego repentinamente bajaban por las vías que daban muchas vueltas –acompañados de chillidos y gritos–; después volvían a trepar por el otro lado. Finalmente los vagones se detenían y repetían la diabólica carrera, esta vez en sentido contrario.
– ¡Por favor, papi! –insistió Danny.
–Pero debes ir acompañado por un adulto –le dije.
–Enoch puede venir conmigo, papi. ¿Verdad, Enoch, que puedes venir conmigo?
Miramos a Enoch.
–Por supuesto –dijo–. Si Danny puede hacerlo, yo también puedo.
Observé a los dos mientras se embarcaban. Crac, crac, crujían los rieles mientras los vagones subían. Todo era silencio hasta ese momento… pero de repente, ¡¡¡Bamm!!!, aquello se soltó y bajó por los rieles como una exhalación. ¡¡¡Bummm!!! retumbó, cuando entró por la desviación. ¡¡¡Rammm!!!, se estremeció cuando comenzó a subir por el otro lado. Desde donde me encontraba alcancé a captar una vislumbre de los ojos de Enoch, desorbitados y en blanco, en contraste con su piel oscura. Estaba seguro que su ritmo cardíaco sería de 140. El artilugio aquel finalmente se detuvo, pero de repente ¡¡¡Bummm!!!, se elevó como cohete sobre los rieles otra vez.
Cuando descendían de la plataforma, los dos temblaban. La piel morena de Enoch se veía algo así como cenicienta. Era obvio que estaba en estado de shock.
–¡Doctor –dijo–, ellos nunca lo creerán!
–¿Quiénes nunca lo creerán? –le pregunté.
–Cuando les cuente allá en Zimbabue que fui elevado dos kilómetros hacia el cielo y luego me lanzaron de allá en picada, nunca lo creerán.
–Tienes razón, Enoch –le dije–, nunca lo creerán.
Creer no siempre es fácil. Si las cosas están fuera del ámbito de nuestra experiencia, más allá de nuestro sistema de valores, o las juzgamos irracionales o no las creemos. Por otra parte, mucho de lo que creemos puede parecer irracional a otras personas que no han tenido nuestras experiencias.
Algunas cosas son tan naturales en la experiencia humana, que las aceptamos. Si soltamos una piedra de nuestra mano, cae al suelo. Todos sabemos eso. Pero si la soltamos en una nave espacial, flota. ¿Por qué?
El mundo de la física provee una explicación muy sencilla, pero hay muchas preguntas que hasta el físico más sofisticado tiene problemas para contestar. En algunos aspectos estamos tan acostumbrados a las cosas que las creemos sin cuestionarlas. El uso de la televisión, de la computadora y de otros aparatos electrónicos se encuentra más allá de nuestra comprensión, pero hemos sido condicionados para creer sin ninguna forma de verificación. La mayoría de nosotros nunca ha visto una célula madre, ni siquiera una célula, pero aceptamos ciegamente que los órganos pueden crecer en el laboratorio a partir de esas células. Nos vacunamos para protegernos de diversas enfermedades, aunque a la mayoría de nosotros nos parece sumamente misteriosa la forma cómo actúan las vacunas.
Hay, sin embargo, escépticos, gente que no está de acuerdo con la opinión popular del día, y de vez en cuando queda demostrado que estaban en lo correcto.
El desacuerdo se vuelve mucho más común cuando no hay ninguna evidencia demostrable y, ciertamente, muchas no se pueden demostrar: son suposiciones… más subjetivas que objetivas. Nuestras opiniones son el resultado de nuestro condicionamiento y cuando las hipótesis, y no los hechos, forman la base de nuestras creencias, flotamos y somos llevados por las más extrañas corrientes de las cuales ni siquiera somos conscientes.
Por tanto, ¿cómo creer en un Dios al que nunca hemos visto, tocado o sentido?
Algunas veces somos conscientes de la existencia de algo por su ausencia. Si nos mostraran por primera vez un tomacorriente en la pared, aunque no estuviéramos viendo un enchufe de contacto quizás podríamos suponer que hace falta algo parecido a eso al observar los agujeros en el tomacorriente. Si examináramos un foco o bombillo eléctrico colocado en una lámpara, que tiene un cable con un enchufe en su extremo y conectado al tomacorriente de la pared, deduciríamos que hay algún propósito en todo aquello. Si luego viéramos algunas lámparas encendidas y otras apagadas, podríamos suponer que alguna fuerza invisible, y sin embargo poderosa, estaba en acción.
Cuando vemos las vidas de otros iluminadas, quizás cambiadas, nos quedamos pensando; cuando leemos la vida de Jesús, somos confrontados por misteriosos acontecimientos. Por supuesto, podemos rechazar con desdén la vida de Jesús. Podemos relegar los Evangelios al nivel de los cuentos de hadas. Sin embargo, los discípulos vivieron sus vidas convencidos de la realidad de la vida de Jesús. Podemos relegar los Evangelios al nivel de los cuentos de hadas. Sin embargo, los discípulos vivieron sus vidas convencidos de la realidad de la vida de Jesús, y murieron como mártires por sus convicciones. Nunca vacilaron en sus creencias. Después de pasar tres años y medio con el hombre llamado Jesús, estaban convencidos que había resucitado de los muertos. Y no eran crédulos simplones, tampoco. Tomás dijo: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos, y meto mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20:25).
Los discípulos habían visto clavos reales, habían observado una lanza de verdad perforar el cuerpo real de Jesús, y vieron sangre auténtica brotar de su costado. También creyeron que en verdad había sido resucitado de entre los muertos. Y lo creían con tanta firmeza que estaban dispuestos a morir por esa creencia; algunos decapitados, otros crucificados o torturados por esa creencia. De modo que es muy probable que, como dijo Pedro: “No os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad” (2 Pedro 1:16). De hecho, ellos eran creyentes en la realidad de la resurrección de Jesús.
Yo tenía un tío favorito, mi tío Paul, que nos contaba maravillosas historias cuando éramos niños. Como había padecido tuberculosis en su infancia, no había podido recibir una educación formal. En aquel tiempo lo habían sacado de la escuela y vivía en un pequeño solárium en el jardín, que mi abuelo había construido especialmente para él. Allí le llevaban la comida, y tenía muchos libros para leer. Vivió un año entero aislado totalmente. Más tarde se convirtió en un hombre fuerte y se dedicó al negocio de la construcción. Era un hábil albañil y muy rápido para colocar ladrillos, de lo cual se enorgullecía mucho. Cuando envejeció y llegó a los noventa años, yo me preocupaba mucho por él y por mi tía Elsie, que vivían en una casita que mi tío mismo había construido.
–Tío Paul –le pregunté un día, que le hablé desde Canadá–, ¿cuál dirías que es la lección más importante que la vida te ha enseñado?
Con su tono parsimonioso, contestó:
–Allan, la lección más importante es que Dios existe.
Jesús enseñó esa lección a sus discípulos. En la fiesta de Pentecostés, la lección quedó reforzada por la venida del Espíritu Santo de forma muy visible. El concepto de ser llenado con el Espíritu Santo llegó a formar parte de la experiencia cristiana. Fue Pablo quien hizo la oración de Romanos 15:13: “Y el Dios de la esperanza os llene de todo gozo y paz en la fe, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo”
Las palabras creencia, fe, esperanza y confianza difieren ligeramente en significado, pero todas incluyen confiado optimismo y gozosa expectativa.
No vivimos en un mundo precisamente agradable. Las crisis económicas, los cambios climáticos, las nuevas enfermedades, guerras, hambres y violencia, todo confirma la presencia del mal y, consecuentemente, muchos dudan de la existencia de Dios.
Así que muchos no logran realmente decidir qué creen. Creer en cualquier cosa es el resultado de la elección que hacemos de aceptar como verdad el asunto en consideración. Creer que la forma como gobiernan este partido político es superior a la de aquel otro, o viceversa, es una creencia que puede, o no, tener consecuencias. Creer que ciertas acciones de la bolsa van a subir o bajar puede hacer que perdamos nuestro dinero. Es improbable que creer que una marca de automóvil es mejor que otra suponga una diferencia en nuestra vida. Sin embargo, las elecciones implícitas en la mayoría de las creencias son menores comparadas con las implicaciones de nuestra decisión de creer o no en Dios.
Algunos de nosotros vivimos llenos de temor. Es posible imaginar todo tipo de desastres y terribles consecuencias. Incluso conozco cristianos consumidos por la ansiedad cuando ven las terribles perspectivas de la vida. Algunos quisieran correr “a las montañas” para escapar de las realidades de la vida. Viven como si pudieran zafarse del mundo real y aislarse en un capullo. Pero Pablo, en su carta a Timoteo, nos dice: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 2:7). Podemos vivir en su presencia en todas partes. Esa fue su promesa al profeta Isaías, así como lo es para nosotros también: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo, siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10).
Para aquellos que deciden poner su creencia, su confianza y sus vidas en las manos de un amante Padre celestial, la vida cobra un significado y un propósito realmente positivo y trascendente. Es el significado y un propósito realmente positivo y trascendente lo que más poderosamente me atrae hacia Dios. Si yo creyera –como muchos creen hoy, que nuestra existencia es resultado de la casualidad, que la ecología, maravillosamente interconectada e interdependiente es circunstancial, que los elementos del azar deciden nuestro sentir–, viviría aterrado. Tendría temor, por ejemplo, que el azar no me eligiera para ser millonario. Me preocuparía que mi vida tuviera tan poco valor que alguien pudiera matarme sin sentir el menor remordimiento ni afrontar la más mínima consecuencia. Después de todo, si solamente estuviera aquí por casualidad, sin ningún sentido o propósito, ¿qué otro valor tendría yo que no fuera, simplemente, ocupar un lugar? Si no existe ninguna otra moralidad que la que es mejor para el grupo, pues el grupo mismo existe por casualidad, ¿qué derechos tiene uno en su trato con los otros? La anarquía y la explotación serían la regla y, ciertamente, es lo que parece estar ocurriendo en muchos casos. Pero cuando creo que hay una organización, un plan, un propósito para la vida porque hay un Diseñador, un Planificador, un Organizador, entonces mi vida y la de los demás adquieren enorme significado.
Por supuesto, nuestras ideas respecto a Dios pueden diferir, cambiar o flaquear.
La Biblia relata las experiencias de hombres y mujeres que han creído y han sido inspirados por Dios. La forma cómo Dios ha guiado a muchas personas, el don de profecía, la redención por el amor de Dios, son reiteradas una y otra vez, culminando en la vida y la muerte de Jesús. Las profecías de Daniel predicen el tiempo exacto del nacimiento de Cristo. Su muerte y su sacrificio en el Calvario también fueron anunciados en las profecías. Todo esto refuerza y apoya la creencia de los discípulos y del apóstol Pablo.
Dos seguidores de Jesús, caminando rumbo a Emaús, abren sus corazones al extraño que les explica, a partir de las Escrituras, el nacimiento, el ministerio, la muerte y la resurrección del Mesías. Cuando al final lo reconocen y él desaparece, ellos vuelven sobre sus pasos y se dicen el uno al otro: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros?” El creer produce esperanza y fe.
Se nos ha dado la promesa de que si buscamos, hallaremos. Las Escrituras están repletas de historias de personas comunes que experimentan a un Dios extraordinario.
La Palabra de Dios señala el peligro de las religiones o filosofías de la vida hechas a la medida. El apóstol Pedro dice que el fruto de la relación con Jesús –la obediencia, la humildad, la bondad y la pureza– puede verse en las vidas transformadas de sus seguidores. Esa transformación habla del triunfo del amor de Dios sobre el amargo odio de nuestro carácter natural. El profeta Jeremías dio este testimonio: “Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que lo busca” (Lamentaciones 3:25).
Sin embargo, se requiere más que únicamente creer para ser cristiano. El apóstol Santiago dijo que aun los demonios creen, y tiemblan. Y Nahúm 1:7 dice: “Bueno es el Señor; es refugio en el día de la angustia, y protector de los que en él confían”.
Más allá de la creencia en la existencia de Dios, la Biblia enseña que él es bueno. De hecho, Dios es definido como amor, y millones han experimentado su bondad. Podríamos usar mucho tiempo haciendo un análisis de cómo es Dios. Pero él se encuentra más allá de nuestra comprensión. Podría argüirse que la teología no es más que un estudio superficial, y que los teólogos discuten mucho acerca de lo que ni siquiera ellos mismos pueden comprender. A pesar de los misterios de la Deidad y las preguntas acerca de su existencia en otra dimensión, es suficiente comprender la en el Jesús encarnado. Su compasión, su amor desinteresado, su empatía con los que sufrían y su profundo deseo de estar en comunión con el Padre celestial indican la forma cómo Dios quiere que seamos. Ser como Jesús, es llegar a ser más parecido a Dios.
Para alcanzar esa comprensión de Dios, vamos a la inspiración y a las percepciones dadas a muchos de los profetas de antaño. Lo que más anima a los estudiantes de la Biblia es la similitud estrechamente entrelazada que existe en todo lo que aquellos escribieron. La muy integrada presentación de un Mesías venidero, el constante tema de la redención mostrando en ritos y prácticas, prefiguró la vida y la realidad de Jesucristo. El cumplimiento de las profecías -el inexorable unificado progreso durante muchos siglos, culminando en Jesús- es lo que le da fe al cristiano.
Los milagros de sanidad constituyen un aspecto interesante de la Biblia. Para quienes rechazan a priori su posibilidad, se convierten en una enorme piedra de tropiezo. Para quienes los aceptan, llegan a ser una evidencia de lo sobrenatural. Como estudié medicina, soy un escéptico total en relación con los milagros, pero cuando la mano seca de un hombre se vuelve de repente sana y fuerte, cuando un hombre ciego de nacimiento puede ver, cuando la manchada y escamosa piel de un leproso se vuelve limpia, hasta yo tengo que admitir que estos no son eventos psicológicos.
Todos sabemos que no fue Jesús quien confirmó el milagro que había realizado. Aunque fue obra suya, fue el sacerdote quien examinó la piel del leproso y quien, aun para su propio disgusto, tenía que admitir que la persona había sido sanada. La mano seca que sanó Jesús no era un cambio imaginario. El testimonio del endemoniado –el loco, habitante de los sepulcros y encadenado con grillos– era lo suficientemente razonable, cuero y coherente para que toda la población saliera a ver a Jesús la siguiente vez que pasó por ese lugar. Fue Jesús quien dijo que la gente adúltera e impía es la que necesita señales para creer. Sí, él desea que su pueblo sea sano y feliz. Él quiere libertarnos de la esclavitud del pecado. En la práctica de la religión, Jesús ha incrustado bendiciones que hasta a los más incrédulos se les hace difícil explicar.
Las bendiciones de tener fe
Se ha demostrado que creer o tener fe produce beneficios estadísticamente comprobables que exceden los efectos del placebo. Se llevó a cabo un fascinante estudio que analizó la experiencia religiosa de personas que habían alcanzado la dorada edad de cien años. Los investigadores encontraron que entre los centenarios, la religión personal había fortalecido significativamente su salud. Aunque todavía existen muchas preguntas sin respuestas, los beneficios de la confianza en Dios son el resultado de algo más profundo que simplemente asistir a servicios religiosos.
Un serio estudio realizado entre seculares y religiosos en los kibutz de Israel mostró, con bastante claridad, una disminución de la tasa de mortalidad en el grupo religioso durante los quince años que duró el seguimiento. La tasa de riesgo según la edad de los miembros del kibutz secular era de 1,8 para los hombres y 2,7 para las mujeres. El grupo religioso tenía la mitad de ese riesgo de mortalidad.
Es interesante notar que los beneficios de la fe, a largo alcance, trascienden las barreras de la edad y de la raza. Un estudio reciente entre afroamericanos encontró que quienes participaban activamente en las actividades religiosas organizadas habían mejorado su salud y su satisfacción en la vida. De manera similar, C. G. Ellison, escribiendo en Social Science and Medicine (Ciencia Social y Medicina) encontró que la ausencia de afiliación religiosa incrementa el riesgo de depresión entre el grupo étnico mencionado.
En varios estudios se ha documentado una conexión entre las relaciones sociales y la supervivencia. V. J. Shoenbarch, y otros, han registrado esta conexión, particularmente entre los varones de raza blanca. Uno de los hallazgos más evidentes en todos los grupos raciales es que la espiritualidad mejora profundamente la calidad de la vida. Los profundos beneficios que produce el ejercicio de la fe fueron descritos por un investigador de la Universidad Duke, de la siguiente manera:

  • La asistencia a reuniones religiosas y la devoción privada fortalecen el sistema de creencias de una persona.
  • Los sistemas religiosos coherentes, a su vez, cuando están acompañados de un elevado nivel de certidumbre religiosa, tienen una influencia significativa y positiva en el bienestar de la persona.
  • Los individuos que tienen una firme fe religiosa informan más elevados niveles de satisfacción en la vida, mayor felicidad personal y menos consecuencias psicosociales negativas ante los acontecimientos traumáticos de la vida.

Otro aspecto asombroso de la espiritualidad es que no solo ayuda a los creyentes sino que también beneficia a los no creyentes de su comunidad. Las investigaciones demuestran que comunidades tales, en realidad, obtienen beneficios de salud cuando tienen mayor número de adherentes a los grupos que enfatizan la obediencia implícita a Dios y a sus normas de conducta. Es probable que la razón por la cual los no creyentes son también beneficiados es porque sus normas sociales están más en conformidad a los estilos de vida más saludables que practican sus vecinos más religiosos.
La gente religiosa, particularmente los adolescentes provenientes de hogares religiosos que asisten frecuentemente a los servicios religiosos, oran y leen las Escrituras, tienen menos problemas con el alcohol, el tabaco y otras drogas que sus compañeros no religiosos.
Los investigadores también han encontrado que la religión estaba asociada positivamente a los valores emocionalmente saludables y el comportamiento socialmente aceptado como, por ejemplo, la tutoría u otras actividades voluntarias promovidas, con frecuencia, por sus organizaciones religiosas.
El Dr. Harold G. Koenig analiza los hallazgos de Idler y Kasl. Estos periodistas notaron una conexión entre una vida más sana emocionalmente y los estrechos lazos sociales en las personas religiosamente activas que, con frecuencia, dieron como resultado niveles más bajos de minusvalía. El aumento de la actividad física asociada con el tiempo libre y las actividades sociales no influyó en el incremento del beneficio del estilo de vida de estas personas. Los autores concluyen con estas palabras: “Un efecto significativo de la religiosidad continúa después que las actividades sociales han sido consideradas”.
Vemos que la creencia en un Dios amante es un poderoso y positivo promotor de la salud mental. No hay nada más tranquilizador que la paz y la satisfacción que experimentan quienes colocan sus vidas en las manos de un Dios amante y que están conscientes de su amor por ellos. Esto produce salud, felicidad y una clara sensación de propósito. Creer en Dios puede estar relacionado con la reducción del estrés, la depresión y la soledad.
Una encuesta Gallup de 1990 reveló que más del 36 por ciento de los estadounidenses viven con sentimientos de soledad crónica y, de acuerdo a un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Princeton, al menos dos tercios de los norteamericanos se sientes estresados una vez a la semana. El estrés, la soledad y la depresión relacionada con lo anterior pueden tener serias consecuencias. En algún punto entre el 75 y el 90 por ciento de todas las visitas al médico tienen componentes relacionados con el estrés.
La ciencia médica ha descubierto que cuando nos sentimos estresados al enfrentar desafíos, las emociones negativas desencadenan la secreción de ciertas hormonas y estimulan el sistema nervioso de tal manera que estresan varios órganos del cuerpo. Si quedamos sujetos al estrés durante largo tiempo, estos órganos se debilitan y son más susceptibles a buen número de enfermedades. El orden y la intensidad con que los órganos se ven afectados dependen de la herencia, la constitución, el ambiente y el estilo de vida de la persona. Por ejemplo:

  • El estrés puede causar la secreción de adrenalina, haciendo que el corazón lata más rápidamente y con más fuerza. Este tipo de estrés puede hacer que la persona sufra palpitaciones (desagradable sensación de los latidos del corazón).
  • Cuando las hormonas del estrés hacen que los vasos sanguíneos se constriñan, pueden aumentar los efectos de la hipertensión y hacer que disminuya el flujo vascular periférico, produciendo manos y pies fríos.
  • El estrés puede inducir a tragar y respirar rápidamente con dilatación bronquial la cual, a su vez, puede causar hiperventilación.
  • El estrés puede da como resultado una desviación de la provisión de sangre del sistema digestivo afectando, posiblemente, el proceso de la digestión.
  • El estrés induce a un estado de creciente coagulación de la sangre que, aunque es protector en algunas circunstancias, podría tener efectos perjudiciales en otras.
  • Las condiciones estresantes crónicas pueden aumentar la transpiración, llevando a la persona a un incómodo estado de humedad.
  • El estrés causa un incremento en la glucosa de la sangre (que sirve como una fuente rápida de energía); en los diabéticamente predispuestos, el estrés crónico puede apresurar el inicio o la exacerbación de la diabetes mellitus.
  • El estrés puede causar alteraciones en las funciones gastrointestinales y urinarias. Algunas personas pueden sufrir de frecuencia urinaria y del síndrome de irritación intestinal.

Una persona estresada puede visitar al médico por diferentes dolencias físicas y sufrir de trastornos emocionales como ansiedad, depresión, fobias, trastornos cognitivos, problemas con la memoria y trastornos del sueño.
El asombroso poder de la oración
Un estudio con respecto a los efectos de la oración sobre el bienestar llevado a cabo en Ohio, al que respondieron 560 personas, el 95 por ciento de ellas se identificaron como personas religiosas. El 54 por ciento eran protestantes y el 25 por ciento católicas. Usando un factor de análisis, los investigadores lograron identificar cuatro tipos de oraciones como sigue:

  • Oración de petición; orar a Dios pidiendo cosas materiales necesarias.
  • Oración ritual; orar a Dios mediante la lectura de un libro de oraciones.
  • Oración meditativa; oración a Dios sintiendo estar en su presencia.
  • Oración coloquial; orar a Dios como hablando con un amigo y pedirle su dirección para tomar decisiones.

De todos estos tipos de oración, el estudio reveló que la oración coloquial se correlaciona mejor con la felicidad y la satisfacción religiosa, mientras que la oración ritual se asocia con un efecto negativo y sentimientos de tristeza, soledad, tensión y temor. Hablarle a Dios como a un amigo, compartir con él todos nuestros dolores y tristezas, puede producir felicidad, sanidad y satisfacción religiosa. Tan importante es el papel de la oración en la sanidad, que el Dr. Larry Dossey declaró: “Decidí que no emplear la oración con mis pacientes era el equivalente a no aplicarles un medicamento de probada eficacia o un procedimiento quirúrgico”.
Muchas personas han tratado de resolver sus problemas a través del yoga o algún otro programa similar de autocapacitación; sin embargo, estos métodos no tienen la misma efectividad. La Dra. Freda Morris, ex profesora de psicología médica de la Universidad de California, en Los Ángeles, señala que en muchos casos estos programas son, en realidad, técnicas de autohipnosis.
La Biblia dice: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti ha confiado” (Isa. 26:3). Cuando tenemos una relación estrecha con Dios experimentamos paz mental. Esto no significa que nuestras vidas se verán exentas de problemas. “Las dificultades y la agitación pueden rodearnos, pero a pesar de ello podemos gozar de una calma y una paz que el mundo desconoce por completo. Esta paz interna se refleja en […] una vida ferviente y vigorosa que estimula a todos aquellos con quienes tratamos. La paz del cristiano no depende de la situación pacífica del mundo que lo rodea, sino de que el Espíritu de Dios more en su corazón”.
Y como dijo el poeta:
“Confía en ti mismo, y te condenarás a la desilusión.
Confía en tus amigos, y ellos morirán y te dejarán.
Confía en el dinero, y tal vez, alguno te lo quitará.
Confía en tu reputación, y alguna lengua detractora te la destruirá.
Pero confía en Dios, y nunca serás confundido,
ni ahora ni en la eternidad.
Pero, ¿qué pasa si no creo en Dios, no por terquedad, sino porque simplemente no creo que existe? Incluso para esto hay promesas bíblicas, como estas: “Probad y ved que el Señor es bueno”. “Buscad y hallaréis; llamad y la puerta se nos abrirá”.
Podemos aceptar que no todos sean creyentes, pero hasta un incrédulo puede probar a Dios. La Biblia dice que debemos buscar a Dios con todo nuestro corazón. Esto significa darle sinceramente a Dios una oportunidad para que nos muestre que se preocupa por nosotros. Después de todo, el descubrimiento más importante de la vida de un no creyente podría ser ¡que Dios es real!

J. s. Levin, H. Y. Vanderpool, “Is frequent religious attendance really conductive to better health? Toward an epidemiology of religion”, Social Science and Medicine, 1987; 24 [7]: pp. 589-600.

J. D. Kark, et al., American Journal of Public Health, 1996; 86 [3]; pp. 341.346.   

J. S. Levin, I. M. Chatters, R. J. Taylor, “Religious effects on health status and life, satisfaction among black Americans”, Journals of Gerontology Series B: Psychological Sciences and Social Sciences, mayo de 1995; 50 [3]; pp. 154-163.

C. G. Ellison, “Race, Religious Involvement, and Depressive Symptomatology in a Southeastern US Community”, Social Science and Medicine, 1995; 40 [11]; pp. 1561-1572.

V. J. Shoenback, et al., “Social Ties and Mortality in Evans County CA”, American Journal of Epidemiology, 1986; 123; pp. 577-579.

C. G. Ellison, “Religious involvement and subjective well-being”, Journal of health and Social Behavior, marzo de 1991; 32 [1]; pp. 80-99.

J. W. Dwyer, I., L. Clarke, M. K. Miller, The efecto of religious concentration and affiliation on county cancer mortality rates”, Journal of Health and Social Behavior, Junio de 1990, 31 [2]; pp. 296-202.

H. G. Koenig, The Power of Healing Faith, p. 72, 1999, citando a P. H. Hardestyn y K. M. Kirby, “Relation Between Family Religious and Drug Use Within Adolescents Peer Groups”, Journal of Social Behavior and Personality; 10 [1; 1995.]

A. Y. Amoateng, S. J. Bahr, “Religion, Family, and Adolescent Drug Use”, Social Perspectives, 1996; 29 [11], pp. 53-76

The Healing Power of Faith (Simon & Schuster, abril de 1999), p. 177.

J. Marks, “A Time Out”, U. S. News & World Report, 11 de diciembre de 1995; pp. 85-97.

Journal of Psychology & Theology, 1991; 19 [1]; pp. 71-83.

L. Dossey, Healing Words: The Power of Prayer and the Practice of Medicine (Nueva York, Harper Collins Publisher, 1993), p. 18.

Comentario bíblico adventista, tomo 4, p. 242.


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