Posteado por: Lilliam A Garcia | mayo 3, 2010

Comentario de EGW Lección 06 Fe y curación

Lecciones de Escuela Sabática

Abril – Junio 2010

Comentario de EGW

Lección 06

Fe y curación

Sábado 1 de mayo

“Él dijo: No te desampararé, ni te dejaré; de manera que podemos decir confiadamente: El Señor es mi ayudador; no temeré lo que me pueda hacer el hombre” (Hebreos 13:5, 6).

Debemos pelear cada día y cada hora la buena batalla de la fe. Encontraréis muchas pruebas, pero si las soportáis pacientemente, os refinarán y purificarán, ennoblecerán y elevarán espiritualmente… Están por sobrevenir dificultades muy grandes al mundo, y los instrumentos de Satanás están agitando intensamente los poderes infernales para que produzcan sufrimiento, desastre y ruina. Su obra consiste en acarrear toda la desdicha posible sobre los seres humanos. La tierra es el escenario de su acción, pero es mantenido bajo control. No puede ir más lejos de lo que el Señor le permite.

¡Oh, cuán bondadoso es nuestro Señor! “No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5). “He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida” (Isaías 49:16). “No os dejaré huérfanos” (Juan 14:18). El que pide, recibirá el Espíritu Santo. Pensemos que Dios está más dispuesto a darnos el Espíritu Santo, que los padres a conceder buenas dádivas a sus hijos. Entonces, alegrémonos y gocémonos. No miremos el trabajo infernal de los poderes de las tinieblas hasta que fallen la esperanza y el ánimo. Jesús vive, y debemos dejar que nuestra fe penetre la oscuridad… repose en la luz y se regocije en la luz del Sol de Justicia (A fin de conocerle, p. 286).

 

Domingo 2 de mayo:
El factor temor

No es el trabajo lo que degrada a la gente y la lleva a vivir entre los miserables de la sociedad: es el pecado. A Adán, puro e inocente, y recién creado por la mano divina, le fue dado un trabajo, y ese trabajo no lo degradaba. Mientras realizaba su obra, nunca pensaba en esconderse de Dios sino todo lo contrario: tan pronto como sentía su presencia en el jardín se apresuraba para acortar la distancia entre él y su Hacedor y ¡qué preciosa comunicación tenía con él! Pero después de haber pecado, el temor lo hacía pensar que cada sonido que escuchaba era la presencia del Creador, a quien no quería ver, sino trataba de esconderse de él. “Y llamó Jehová Dios al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y escondíme. Y díjole: ¿Quien te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del que yo te mande no comieses?” Esa era la razón: había desobedecido el mandato divino y la luz que lo rodeaba como un manto, había desaparecido; se sentía desnudo y tenía temor de encontrarse con Dios. El pecado es la única desnudez, la única degradación, la única deshonra que podemos conocer. Es la única cosa que puede hacemos sentir temor de encontramos con Dios (Review and Herald, 26 de enero, 1897).

La paciente perseverancia en el bien hacer la llevará desde este mundo de dolor y contienda a la gloria y la honra de la vida eterna. Si Dios mora en usted y está por .encima de usted, no tiene nada que temer. La Biblia es una luz para los que están en tinieblas. Frente a la perspectiva de una inmortalidad bendita mantenida en reserva para los que perseveran hasta fin, encontrará un poder elevador y una fortaleza que va a necesitar para resistir el mal. Manténgase firme en la hora de prueba y obtendrá finalmente una corona inmarcesible.

Necesita dirección de lo alto. Confíe en el Señor con todo el corazón, y él nunca la va a defraudar. Si le pide ayuda a Dios, no lo hará en vano. Para animarnos a tener confianza se acerca a nosotros por medio de su Santa Palabra y su Espíritu, y trata de lograrlo de mil maneras. Pero en nada se deleita más que en recibir al débil que acude a él en procura de fortaleza. Si quisiéramos encontrar corazón y voz para orar, ciertamente él encontraría oídos para oír y un brazo para salvar.

No se conoce un solo caso en que Dios haya ocultado su rostro para no oír las súplicas de su pueblo. Cuando todo otro recurso falló, él fue siempre un pronto auxilio en cada emergencia (Cada día con Dios, p. 194).

 

Lunes 3 de mayo:
Un hombre le dijo al universo

El Señor conoce las estratagemas de Satanás para engañar y desanimar, pero mediante Cristo ha declarado su poder para salvar. Cristo es quien intercede por todos los que quieren llegar a Dios para reclamar sus promesas y su pacto. Satanás trata de presentar a Dios como un juez riguroso, sin amor ni misericordia, para que los seres humanos piensen que son demasiado pecadores para solicitar el perdón. Por eso nuestro Salvador, en el lenguaje más sencillo, nos asegura que Dios es un Padre lleno de misericordia y compasión, y que él mismo se conmueve por nuestras debilidades y pruebas porque fue tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Habiendo conocido plenamente las tentaciones y engaños del enemigo, puede decirle a sus hijos lo que pueden esperar, y a la vez puede prometerles su ayuda en todo aquello que les pueda sobrevenir. Entiende nuestras dificultades y pesares; ninguna exclamación de dolor o de angustia pasa inadvertida para el corazón de Cristo. Con tierna simpatía nos recuerda que si Dios se ocupa de un pequeño pajarillo que vuela de rama en rama y sabe cuando uno de ellos cae a tierra, ¡cuánto más se ocupará de nosotros! “Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos” (Mateo 10:31) (Signs of the Times, 1º de agosto, 1900).

El amor de Cristo por sus hijos es tan fuerte como tierno. Es un amor más fuerte que la muerte, pues él murió por nosotros. Es un amor más verdadero que el de una madre por sus hijos. El amor de la madre puede cambiar, pero el amor de Cristo es inmutable. “Por lo cual estoy seguro”, dice Pablo, “de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni 10 presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:38,39).

En cada prueba tenemos consolación eficaz. ¿No se conmueve nuestro Salvador al comprender nuestras debilidades? ¿No ha sido tentado en todo como nosotros? ¿Y no nos ha invitado a llevarle cada prueba y perplejidad? Entonces no nos aflijamos por las cargas de mañana. Valerosa y alegremente llevemos las cargas de hoy. Hoy tenemos que tener confianza y fe. No estamos invitados a vivir más que un día a la vez. Quien da fortaleza para hoy, dará fortaleza para mañana (En lugares celestiales, p. 269).

En los atrios celestiales, Cristo intercede por su iglesia, intercede por aquellos para quienes pagó el precio de la redención con su sangre. Los siglos de los siglos no podrán menoscabar la eficiencia de su sacrificio expiatorio. Ni la vida ni la muerte, ni lo alto ni lo bajo, pueden separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús; no porque nosotros nos asimos de él tan firmemente, sino porque él nos sostiene con seguridad. Si nuestra salvación dependiera de nuestros propios esfuerzos, no podríamos ser salvos; pero ella depende de uno que endosa todas las promesas. Nuestro asimiento de él puede parecer débil, pero su amor es como el de un hermano mayor; mientras mantengamos nuestra unión con él, nadie podrá arrancarnos de su mano (Los hechos de los apóstoles, p. 441).

 

Martes 4 de mayo:
El poder de la fe I

Si el espíritu se siente libre y feliz, debido a la buena conciencia y a la satisfacción que se experimente al hacer felices a los demás, se crea un sentimiento de alegría que se reflejará en todo el organismo, con lo que mejorará la circulación de la sangre y se tonificará el cuerpo. La bendición de Dios es un poder sanador, y los que son pródigos en beneficiar a los demás, recibirán esta maravillosa bendición en el corazón y en la vida…

La buena conciencia es la mejor medicina para el cuerpo y la mente enfermos. La bendición especial de Dios en la forma de salud y fuerza reposa sobre quien la recibe.

La obra de hacer el bien beneficia al dador y al beneficiario. Si nos olvidamos de nosotros mismos al interesarnos por los demás, ganaremos una victoria sobre nuestras debilidades. La satisfacción que recibiremos al hacer el bien contribuirá enormemente a restablecer el tono saludable de la imaginación. El placer de hacer el bien anima la mente y se transmite por todo el cuerpo (Meditaciones matinales 1952, p. 154).

La relación que existe entre la mente y el cuerpo es muy íntima. Cuando la primera está afectada, el otro simpatiza con ella. La condición de la mente influye en la salud mucho más de lo que generalmente se cree. Muchas de las enfermedades que padecen los hombres son resultado de la depresión mental. Penas, ansiedad, descontento, remordimiento, sentimiento de culpabilidad, desconfianza, todo esto menoscaba las fuerzas vitales, y lleva al decaimiento y a la muerte.

La enfermedad es muchas veces originada y reagravada por la imaginación. Muchos hay que llevan vida de inválidos cuando podrían estar bien si pensaran que lo están…

El valor, la esperanza, la fe, la simpatía, el amor: todas estas cosas fomentan la salud y alargan la vida. Un espíritu satisfecho y alegre es como salud para el cuerpo y fuerza para el alma.

El agradecimiento, la alegría, la benevolencia, la confianza en el amor y en el cuidado de Dios, son otras tantas incomparables salvaguardias de la salud.

Se debería mostrar el poder de la voluntad, y la importancia del dominio propio, tanto en la conservación como en la recuperación de la salud, el efecto depresivo y hasta ruinoso de la ira, el descontento, el egoísmo, o la impureza, y, por otra parte, el maravilloso poder vivificador que se encuentra en la alegría, la abnegación, y la gratitud.

Hay en la Escritura una verdad fisiológica que necesitamos considerar: “El corazón alegre es una buena medicina”.

Los verdaderos principios del cristianismo abren ante todos nosotros una fuente de inestimable felicidad.

Deberíamos cultivar un estado de ánimo alegre, optimista y apacible; porque nuestra salud depende de ello (Dios nos cuida, p. 51; Meditaciones matinales 1952, p. 155).

 

Miércoles 5 de mayo:
Agotamiento por estrés

“Y el Dios de toda esperanza os llene de todo gozo y paz creyendo, para que abundéis en esperanza por la virtud del Espíritu Santo” (Romanos 15: 13).

El Señor ha resuelto que cada alma que obedezca su Palabra recibirá de su gozo, y paz, y su constante poder protector. Tales hombres y mujeres se encuentran siempre cerca de Cristo, no solamente cuando se arrodillan para orar en su presencia, sino cuando desempeñan las obligaciones de la vida. Jesucristo les preparó una morada a su lado, donde la vida se ha purificado de todo lo grosero y desagradable. Mediante esta continua comunión con Cristo, aquéllos se convierten en colaboradores suyos en el curso de su vida.

No hay palabras que puedan describir la paz y el gozo que posee el que toma a Dios por la palabra. Las aflicciones no lo perturban; los desprecios no lo hieren. Ha crucificado el yo. Día tras día sus obligaciones se vuelven más oprimentes, las tentaciones más fuertes, las aflicciones más penosas; sin embargo, no vacila, porque recibe fortaleza equivalente a su necesidad.

Los que están aprendiendo a los pies de Jesús, ciertamente ejemplifícarán el carácter de Cristo con su conducta y conversación… Su experiencia cristiana se destaca no por el bullicio y la excitación, sino por su gozo contenido y reverente. Su amor por Cristo es una fuerza tranquila y apacible, aunque predominante. La luz y el amor del Salvador que mora en ellos se revela en todas sus palabras y acciones (Meditaciones matinales 1952, p. 52).

Si pensáramos más en Jesús y habláramos más de él y menos de nosotros mismos, tendríamos mucho más de su presencia. Si moráramos en él, estaríamos tan llenos de paz, fe y valor, y tendríamos una experiencia tan victoriosa que relatar cuando asistiéramos a la reunión, que otros se sentirían animados con nuestro testimonio claro y robusto con Dios. Cuando estos preciosos agradecimientos, dados en alabanza de la gloria de su gracia, van respaldados por una vida semejante a la de Cristo, tienen un poder irresistible, que redunda en la salvación de las almas.

El lado alegre y brillante de la religión estará representado por todos los que se consagran a Dios diariamente. No deberíamos deshonrar a nuestro Señor con el relato triste de aflicciones que parecen deplorables. Todas las pruebas que se reciben como agentes educadores producirán gozo. Toda la vida religiosa constituirá una experiencia edificante, elevadora, ennoblecedora, fragante con buenas palabras y obras. El enemigo está muy contento de tener almas deprimidas y tristes; desea que los no creyentes obtengan una impresión equivocada acerca del efecto de nuestra fe. Pero Dios quiere que la mente viva en un nivel superior. Su deseo es que cada alma triunfe mediante el poder sustentador del Redentor (Exaltad a Jesús, p. 243).

Cuando recibimos a Cristo como huésped permanente en el alma, la paz de Dios que sobrepuja a todo entendimiento guardará nuestro espíritu y nuestro corazón por medio de Cristo Jesús. La vida terrenal del Salvador, aunque transcurrió en medio de conflictos, era una vida de paz. Aun cuando lo acosaban constantemente enemigos airados, dijo: “El que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada”. Ninguna tempestad de la ira humana o satánica podía perturbar la calma de esta comunión perfecta con Dios (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 18, 19).

 

Jueves 6 de mayo:
La fe y las curaciones milagrosas

En la Palabra de Dios encontramos instrucción respecto a la oración especial para el restablecimiento de los enfermos. Pero el acto de elevar tal oración es un acto solemnísimo, y no se debe participar en él sin la debida consideración. En muchos casos en que se ora por la curación de algún enfermo, lo que llamamos fe no es más que presunción.

Muchas personas se acarrean la enfermedad por sus excesos. No han vivido conforme a la ley natural o a los principios de estricta pureza. Otros han despreciado las leyes de la salud en su modo de comer y beber, de vestir o de trabajar. Muchas veces uno u otro vicio ha causado debilidad de la mente o del cuerpo. Si las tales personas consiguieran la bendición de la salud, muchas de ellas reanudarían su vida de descuido y transgresión de las leyes naturales y espirituales de Dios, arguyendo que si Dios las sana en respuesta a la oración, pueden con toda libertad seguir sus prácticas malsanas y entregarse sin freno a sus apetitos. Si Dios hiciera un milagro devolviendo la salud a estas personas, daría alas al pecado (El ministerio de curación, p. 173).

Todos deseamos respuestas inmediatas y directas a nuestras oraciones, y estamos dispuestos a desalentarnos cuando la contestación tarda, o cuando llega en forma que no esperábamos. Pero Dios es demasiado sabio y bueno para contestar siempre a nuestras oraciones en el plazo exacto y en la forma precisa que deseamos. El quiere hacer en nuestro favor algo más y mejor que el cumplimiento de todos nuestros deseos. Y por el hecho de que podemos confiar en su sabiduría y amor, no debemos pedirle que ceda a nuestra voluntad, sino procurar comprender su propósito y realizarlo. Nuestros deseos e intereses deben perderse en su voluntad. Los sucesos que prueban nuestra fe son para nuestro bien, pues denotan si nuestra fe es verdadera y sincera, y si descansa en la Palabra de Dios sola, o si, dependiente de las circunstancias, es incierta y variable. La fe se fortalece por el ejercicio. Debemos dejar que la paciencia perfeccione su obra, recordando que hay preciosas promesas en las Escrituras para los que esperan en el Señor.

No todos entienden estos principios. Muchos de los que buscan la salutífera gracia del Señor piensan que debieran recibir directa e inmediata respuesta a sus oraciones, o si no, que su fe es defectuosa. Por esta razón, conviene aconsejar a los que se sienten debilitados por la enfermedad, que obren con toda discreción. No deben desatender sus deberes para con sus amigos que les sobrevivan, ni descuidar el uso de los agentes naturales para la restauración de la salud.

A menudo hay peligro de errar en esto. Creyendo que serán sanados en respuesta a la oración, algunos temen hacer algo que parezca indicar falta de fe. Pero no deben descuidar el arreglo de sus asuntos como desearían hacerlo si pensaran morir. Tampoco deben temer expresar a sus parientes y amigos las palabras de aliento o los buenos consejos que quieran darles en el momento de partir (El ministerio de curación, pp. 176, 177).

Cristo tiene todo el poder en el cielo y en la tierra. Él es el gran Médico a quien debemos acudir cuando sufrimos alguna enfermedad física o espiritual…

¿Por qué no ejerceremos mayor fe en el Médico divino? Como trabajó para el paralítico, así actuará hoy en favor de los que lo buscan para su curación. Tenemos gran necesidad de más fe. Estoy alarmada cuando veo la falta de fe entre los nuestros. Necesitamos ir directamente a la presencia de Cristo, creyendo que curará nuestras dolencias físicas y espirituales.

Somos demasiado faltos de fe. ¡Oh, cómo desearía que pudiera inducir a nuestros hermanos a tener fe en Dios! No deben creer que a fin de ejercer fe deben ser acicateados hasta llegar a un alto grado de excitación. Todo lo que tienen que hacer es creer en la Palabra de Dios, así como creen en lo que dicen uno al otro. El lo ha dicho, y cumplirá su Palabra. Dependa tranquilamente de las promesas de Dios, porque él quiere decir precisamente lo que dice. Diga: El me ha hablado en su Palabra, y cumplirá cada promesa que ha hecho. No os volváis impacientes. Confiad. La Palabra de Dios es fiel. Proceded como si pudierais confiar en vuestro Padre celestial (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 96, 97).

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