Posteado por: Lilliam A Garcia | abril 19, 2010

Libro Complementario Capitulo 4, Leccion 4

Capítulo Cuatro

El agua viva

Y toda lengua se secó a lo sumo,
se marchitó hasta la raíz;
no podíamos hablar, no más que
si hubiéramos sido ahogados con hollín.
La canción del viejo lobo de mar,
SAMUEL TAYLOR COLERIDGE

Líquidos: El lubricante que nos mantiene funcionando
Me levanté temprano, cuando la luz del sol apenas había comenzado a iluminar las colinas y la angosta y sinuosa senda por la cual habíamos decidido correr. Le toqué la ventana de su cuarto, y mi amigo, Armando Lopes, contestó como en un susurro: “Ya voy”. Y pronto estábamos corriendo.
Unos seis kilómetros más adelante nos sentamos en una roca que nos servía de mirador, oramos juntos, luego regresamos a la aldea.
Esto ocurría en Lesoto, un país montañoso, y la aldea tenía tan solo diecisiete chozas. Al ver a una mujer sentada en el umbral de su vivienda, nos detuvimos a charlar. “¿Cuál es la necesidad más urgente que tiene esta aldea?”, le pregunté.
Ella no titubeó ni un instante: “En la aldea necesitamos una toma de agua”. Agregó que cada cubo de agua tenían que traerlo de una fuente que estaba a unos setecientos cincuenta metros colina arriba, y luego bajarlo hasta la aldea. El trayecto total era de un kilómetro y medio. Aquello pintó un nuevo cuadro para nosotros acerca del valor del agua. Medimos la distancia, compramos tubos de plástico y pusimos protectores para el manantial. Es peligroso ponerle presión contraria a un manantial, pues el agua puede encontrar otra salida. Además, para estar seguros de que el agua no fuera contaminada, había que protegerla de cerdos, las cabras y las aves. Una vez que el manantial quedó protegido, el agua comenzó a correr colina abajo hacia un tanque que habíamos construido con bloques, que sellamos a prueba de agua. Esto disminuyó la presión en los caños, y cualquier excedente era desviado hacia unos pequeños canales de riego para ayudar a cultivar algunas hortalizas. Le pedimos al plomero del hospital que pusiera un grifo en la aldea y que conectara el tubo al tanque. Luego invitamos a los aldeanos a una reunión para la apertura oficial del grifo. Al sonido de los gritos casi histéricos de las mujeres, el agua comenzó a fluir.
El agua, clara y pura, es un recurso que sostiene la vida y promueve la salud. No es extraño que los escritores de la Biblia, y Jesús mismos, usaran el agua como metáfora del poder sustentador de Dios. Como cristianos llenos del Espíritu nos convertimos en fuentes de bendiciones para los demás o, como la Biblia dice, en fuentes de agua viva.
El agua de la vida
Dos montañas flanquean el valle donde, a un kilómetro al sur de Sicar, Jacob cavó el pozo que lleva su nombre. Muchos años más tarde Josué utilizó los montes de Gerizim y Ebal cuando separó a los hijos de Israel. La mitad del pueblo fue ubicada en el monte Ebal, que se eleva a unos mil metros por encima del nivel del mar. La otra mitad del pueblo ocupó el monte Gerizim, que se encuentra casi a la misma altura.
Las bendiciones sobre aquellos que guardan la ley de Dios fueron pronunciadas sobre el monte Gerizim. Las maldiciones que caerían sobre los desobedientes fueron pronunciadas sobre el monte Ebal. Sin embargo, a pesar de aquellos pronunciamientos, las aguas que fluían de las montañas corrían hacia el valle y eran recogidas en el pozo de Jacob.
El pozo tiene una profundidad de más de treinta metros y recoge también el agua del subsuelo del valle. Durante muchos siglos proporcionó agua fresca a millares de sedientos, pero ninguna de esas personas ha sido tan bien conocida como Jesús.
Cansado de su viaje a través de Samaria, Jesús se sentó a descansar un momento junto al pozo de Jacob, mientras sus discípulos iban a Sicar a comprar comida. No había bomba ni tubería que extrajera el agua para mitigar el trabajo de las mujeres de aquellos tiempos que venían a buscarla. Y allí, sentado junto al pozo, sin cuerda ni cubo para sacar el líquido elemento, Jesús divisó a una mujer de Sicar que se aproximaba. Era samaritana. Los samaritanos habían construido un templo en el monte Gerizim, del cual se enorgullecían cuando celebraban sus ceremonias. Jesús sabía que esta mujer tenía reputación de ser promiscua. Era rechazada por la mayoría de las mujeres de la aldea porque la consideraban una amenaza. El movimiento de sus pestañas y su provocativo lenguaje corporal daban a los hombres un elocuente mensaje. Las esposas la trataban con desdén cuando pasaba; sin embargo, secretamente la temían. Seguramente por eso fue sola al pozo.
Las cuerdas para sacar el agua habían formado surcos sobre la superficie lisa de las piedras que componían el brocal del pozo. Dos milenios más tarde los arqueólogos desenterraron aquellas piedras a varios metros por debajo del actual nivel del valle, y ellas dieron un silencioso testimonio de esta historia bíblica.
Era la hora sexta, es decir entre las nueve de la mañana y el mediodía. Jesús estaba cansado y sediento pero, al ver aproximarse a la mujer, una clase de sed diferente surgió en su corazón. Se compadeció de ella: era una paria de la sociedad y en su porte altanero alcanzó a percibir su tristeza y malestar interiores.
Mostrando la actitud de un suplicante, le hizo una petición: “Dame de beber” (Juan 4:7). Como no era del tipo de mujer que se aferrara a las costumbres, ni de las que se dejaban intimidar por hombre alguno, expresó la pregunta que tenía en la mente: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana?” (Juan 4:9).
Tal vez la mujer pensó: “Este hombre es muy atrevido. ¿Qué querrá de mí?” Pero al mirarlo de cerca, al ver su porte, su comportamiento y su tono de voz, con rápida capacidad de juicio se dio cuenta de que era confiable, serio y honorable. Jesús notó su confusión y, sin embargo, añadió algo todavía más perturbador: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le pedirías, y él te daría agua viva”.
Cuán extraño y desconcertante le pareció aquello a la mujer. ¡Un judío que no actuaba como judío! Hablándole de agua viva, de agua que fluye para siempre. ¿Qué trataba de decirle ese hombre? No sabiendo cómo responder, se refugió en los tópicos al uso: “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?” Luego, sintiendo el orgullo de su herencia, de que fueran los samaritanos y no los judíos los que poseyeran este pozo, y orgullosa de poder sacar agua del mismo pozo que había sacado agua el patriarca, se irguió y preguntó: “¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?”
Jesús le contestó: “Cualquiera que beba de esta agua volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”.
No sabemos si Jesús obtuvo al fin el agua que había pedido, porque la conversación derivó hacia el tema de dónde y cómo adorar, y luego hacia los muchos matrimonios de ella y al hombre con quien vivían en aquel momento. El clímax se produjo cuando Jesús le dijo, inequívoca y explícitamente, que él era el Mesías: la Fuente de la vida misma, no de una existencia fatigosa y monótona, sino vida pura y exuberante, una Fuente rebosante de bendiciones.
El agua de la vida que Jesús da se convierte en una corriente purificadora, en un poder revitalizante que libera, a quienes lo reciben, de la culpa, de los celos, de la ira. Es agua que trae alivio a la ansiedad, y libertad del estrés y de la inseguridad. Quien toma liberalmente de la gracia de Jesús, y se empapa de su perdón, su compasión y su amor, es libertado. El apóstol Pablo dice: “Cristo nos libertó para que vivamos en libertad” (Gálatas 5:1).
En otra ocasión, Jesús se hallaba rodeado por millares de personas y se propuso alimentarlos. La Pascua estaba a punto de llegar y quería que ellos reconocieran que él era el Mesías. Aunque no estaba tan preocupado porque aprendieran la lección inmediatamente, sabía que muchos la aprenderían con el paso del tiempo. De modo que, ordenándoles sentarse en la ladera cubierta de hierba, elevó los cinco panes y los dos pececillos al cielo y oró por ellos. Querían mostrarles que Dios puede usar las cosas más sencillas. La gente debía comprender que su cuerpo encarnado no limitaba el poder divino. Cinco simples panecillos de cebada y dos pequeños peces, en las manos de Dios, se multiplicaron para alimentar a una multitud, y que todos comieran hasta sentirse satisfechos.
Después que la multitud se hubo saciado, Jesús ordenó a sus discípulos recoger lo que había sobrado, ¡y llenaron doce cestas grandes! Más tarde explicó que él mismo era el Pan de la vida. La gente, de mente nublada y vista corta, pensó en el canibalismo.
Pero los argumentos de la multitud no consideraban las dimensiones espirituales del alimento. Durante la Fiesta de los Tabernáculos, cuando se celebraba la cosecha anual, Jesús usó la abundancia de alimento para invitar a la multitud a venir a él y quedar satisfechos. “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: “Si alguien tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva” (Juan 7:37, 38).
Sí, ciertamente Jesús puede proporcionarnos ¡todo lo que podamos comer, hasta hartarnos!, y más todavía.
Es sumamente extraño que, aun hoy, los hombres y las mujeres no reconozcan las corrientes de agua vivas que surgen de la vida de Jesús. Al no reconocer su divinidad, no comprenden su poder.
Un torrencial río de vida
El barco había estado en el mar durante muchas semanas, y la provisión de agua había llegado al cero absoluto. Navegando frente a las costas de Sudamérica, enfermos y moribundos, los marineros finalmente avistaron otro buque. Todas las manos se levantaron y todas las gargantas gritaron pidiéndole que se detuviera y les diera agua. Los tripulantes del barco que pasaba les dijeron a gritos y con gestos que se lanzaran al mar y probaran el agua. Finalmente, comprendiendo el mensaje, alguien echó un cubo al mar. Cuando lo recogió y probó su contenido, gritó a todo pulmón: “¡Es agua dulce!” El poderoso Amazonas, descargando su gran caudal en el océano, llenaba toda aquella zona de agua dulce.
¡Cuántos de nosotros, que asistimos a la iglesia y entonamos alabanzas, todavía no hemos comprendido que el agua que apaga nuestra sed, el amor y la gracia de Cristo, nos rodea por todas partes! “Gustad -nos dice la Biblia- y ved que es bueno Jehová. ¡Bienaventurado el hombre que confía en él!” (Salmo 34:8).
El agua de la vida no se nos da meramente como una copa llena. El Espíritu es el que llena la vida cristiana como una fuente, un rebosante río de agua de vida, de gracia, de compasión y de paz. Los dos primeros versículos del Salmo 42 describen a un frenético venado, perseguido por feroces mastines, corriendo en busca del agua refrescante de una fuente. David alaba a Dios con estas palabras: “¡Dios, Dios mío eres tú! ¡De madrugada te buscaré! Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela en tierra seca y árida donde no hay aguas” (Salmo 63:1).
En el Salmo 46 leemos: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones”. El salmista se refiere aquí a los momentos críticos que se aproximan, cuando las montañas serán arrojadas al mar; nos habla de terremotos y de maremotos. Sin embargo, el versículo 4 vuelve al tema: “Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios”, y el 5 agrega: “Dios está en medio de ella; no será conmovida”. Por lo tanto, no hay absolutamente nada qué temer.
Apocalipsis 22 habla de “un río limpio, de agua de vida, resplandeciente como cristal, que fluía del trono de Dios y del Cordero”. En las riberas del río crece el árbol de la vida, que produce cada mes doce frutos. Este árbol sirve para la sanidad de las naciones. Es digno de notar que cada mes da su fruto.
Estaba en Zambia, en el Hospital Adventista de Muami, cerca de la frontera con Malaui. La gente allí habla el chicheua, el mismo idioma que hablan los de Malaui. Todos perteneces al pueblo Ngomi, y el jefe principal tenía su sede a pocos kilómetros del hospital. La época de la cosecha todavía no había llegado. En el pabellón de los niños había 45 menores de dos años que padecían la enfermedad llamada kwashiorkor. Esta enfermedad con frecuencia ataca a los niños menores de dos años porque sus madres, que los estaban amamantando hasta esa edad, dejan de hacerlo por el nacimiento del siguiente hermano. Aunque la lactancia puede suprimir la ovulación durante varios meses, con el tiempo el ciclo ovulatorio rompe el efecto inhibitorio de la prolactina, y una mujer puede quedar embarazada de nuevo. Al llegar el nuevo bebé, el niño de dos años es destetado completamente. Cuando el destete coincide con la época de escasez de alimentos que precede a la cosecha, no hay suficiente provisión de calorías y proteínas para el pequeño.
Estos infantes de dos años no están listos todavía para ingerir los alimentos con rapidez. Sus hermanos y hermanas mayores devoran ávidamente toda la comida disponible, y ellos no pueden alcanzar su ración. Y con el letargo que se acrecienta cada día por la subalimentación, los niños se vuelven más y más débiles, anémicos, con carencia de proteínas, hinchados, lánguidos, apáticos y atrofiados. Casi no se mueven. Siguen los movimientos de los demás con ojos pesados. Los pequeños tobillos están hinchados, lo mismo que sus estómagos, distendidos por los líquidos y fofos por que tienen flácidos los músculos. Un observador superficial puede engañarse creyendo que están gordos. Sin embargo, el vientre distendido, los glúteos arrugados y el cabello delgado y rojizo proclaman a voz en grito que están desnutridos.
Recuerdo haber visto la escasa y casi líquida masa de maíz con que los estaban alimentando.
–¿Dónde está la leche? –les pregunté.
–El gobierno acapara toda la leche que donan los gobiernos de Estados Unidos y Canadá, y nos la vende, pero no tenemos dinero para comprarla –fue la respuesta.
Me quedé perplejo. Me di una vuelta por el mercado para comprar frijoles. Los contenedores estaban casi vacíos.
–No hay frijoles. Todo se acabó. El próximo mes tendremos, cuando comience la cosecha -me dijeron.
Como no había frijoles, compré en su lugar unos pequeños pescaditos que llamaban kapenta. Eran pequeñitos, con sus ojitos, aletitas y escamas completamente secos. Los llevé a la cocina. Allí los convirtieron en una pasta. Una cucharadita en el plato de cada niño fue suficiente para proporcionarlas las proteínas que necesitaban. Pronto comenzaron a recuperarse.
Qué delicia que el árbol de la vida, regado por las cristalinas y puras aguas del río de la vida que fluyen del trono de Dios y del Cordero, lleve fruto todos los meses: una provisión constante. Nunca se acabará.
Esa agua espiritual lava continua y perpetuamente nuestros pecados, limpiando nuestros corazones y nuestras almas para que podamos recibir el don del Espíritu Santo. Una vez lavados en las aguas del bautismo y nuestros pecados limpiados por las aguas de vida que fluyen de Jesús, nuestras vidas son controladas por el Espíritu Santo. Este nuevo nacimiento, descrito por Jesús a Nicodemo (Juan 3:5-8) es el pasaporte al cielo. Dijo Jesús: “De cierto, de cierto te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3).
Por supuesto, las aguas son simbólicas, pero su significado es claro. En Marcos 16:16 está registrado que Jesús dijo: “El que crea y sea bautizado, será salvo; pero el que no crea, será condenado”.
El apóstol Pablo nos dice que “sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que recompensa a los que lo buscan” (Hebreos 11:6).
El bautismo simboliza esa creencia. Es una inmersión en agua para que sea sepultado el “viejo hombre” a fin de que pueda renacer a una vida nueva. El agua tiene la capacidad de remojar y saturar completamente, de permear y penetrar sustancias susceptibles a sus efectos. El agua de la tierra satura y vivifica todo lo que de otra manera estaría seco, polvoriento y muerto.
Aunque existen discrepancias en cuanto a la cantidad total de agua que existe en el planeta Tierra, debido a diferentes modos de calcularla, según la Enciclopedia Quod (Larousse, 2008, p. 56) los océanos contienen 1.322 km3 (kilómetros cúbicos) de agua. Es una cantidad difícil de imaginar; pero para nos hagamos una idea un metro cúbico son mil libros (1 m3 = 1.000 litros = 220 galones). Así que un kilómetro cúbico equivale a un billón (un millón de millones) de litros (1.000.000.000.000 = 1012). Quizá sea más fácil comprenderlo si lo referimos al tiempo. Un millón de segundos son, aproximadamente, once días y medio. Mil millones de segundos, treinta y un años y medio. Un billón de segundos son unos treinta y un mil años.
Esto nos ayuda a comprender la enormidad de la cantidad de agua que hay en el mundo, pero lo interesante es considerar dónde está el agua.
El agua de los mares representa el 97.5% de la hidrosfera. Es decir que el agua total (de los mares, ríos, lagos, acuíferos subterráneos y atmósfera) del planeta ronda los 1.500 billones de litros (1.5 x 1015 litros = 1.500.000.000.000.000 litros).
Cuando consideré estas cantidades de agua y pensé en todos los árboles, arbustos, hierbas, animales, pájaros e insectos, y que hay más de un millón y medio de veces más agua sobre la tierra de la que se usa para la vida de todas las criaturas vivientes, medité en la increíble naturaleza de Dios. Si comparamos su gracia, su poder y su capacidad de amar con el agua, él nos asegura la superabundancia de su provisión. Del mismo modo que las aguas de la tierra saturan los océanos, la tierra, la atmósfera, los ríos y los lagos, su gracia y su amor saturan el universo.
A veces nosotros, como la ignorante multitud de antaño, no comprendemos la grandeza de Cristo. En cada paso de nuestra peregrinación él nos nutre lo mismo que a los israelitas, a medida que vagaban por el desierto, les proveyó agua de la roca. Él conoce nuestra necesidad de agua, pero nosotros, con frecuencia, no comprendemos nuestra necesidad de su gracia, su amor, su poder: su agua de la vida.
La comprensión de la abundante provisión de Dios en nuestro favor producirá en nosotros una vida de alabanza. Nuestros corazones se llenarán del gozo de su Espíritu dentro de nosotros. El fruto del Espíritu abundará en nuestras vidas y llegaremos a ser una bendición para los demás.
Pero no solo es en el aspecto espiritual que podemos alabar a Dios, sino con nuestro ser entero: nuestro corazón, nuestra mente, nuestra alma, todo debe alabarlo. Alabanza viviente significa poner atención a todos los aspectos de nuestra vida. Alabanza viviente significa que no solo tenemos agua espiritual, sino que usamos el agua pura y limpia que ha prometido para que nuestra vida física sea para su honra y su gloria.
El líquido vital
Si bien el agua biológica no es más que una pequeña fracción del agua de la tierra, nuestros cuerpos están compuestos, mayormente, de agua. En lo que sigue examinaremos la función del agua en nuestra salud física y tendremos en mente que, para que podamos ser alabanza viviente para Dios, debemos mantenernos tan saludables como sea posible.
Según su peso, un infante recién nacido es, aproximadamente un 75 por ciento de agua, mientras que en un adulto el agua es aproximadamente el 70 por ciento de su peso. En el cuerpo de un hombre que pesa unos 90 kilos, aproximadamente 63 son agua. La materia gris del cerebro está formada por alrededor de un 85 por ciento de agua; en la sangre hay aproximadamente un 83 por ciento, en los músculos un 75 y aun en los duros huesos, entre un 20 y un 25 por ciento es agua. El agua es esencial para la función de cada célula del cuerpo. Casi cada célula y tejido de nuestro cuerpo no solo contienen agua, sino que requieren agua para realizar sus funciones.
El agua, el líquido de vida, es:

  • Un medio por el cual el metabolismo funciona.
  • Un sistema de transporte dentro del cuerpo.
  • Un lubricante para el movimiento.
  • Un facilitador de la digestión.
  • Un medio para deshacerse de los desechos a través de los riñones.
  • Un regulador de la temperatura.
  • Un constituyente mayoritario de la sangre circulante.

Más o menos un tercio del agua que ingerimos es en forma líquida y otro tanto es consumida como constituyente de los alimentos. Una pequeña cantidad se sintetiza durante la metabolización de los alimentos. Idealmente, el cuerpo mantiene un equilibrio entre la cantidad de agua que pierde cada día y la que le aportamos para reemplazarla. La pérdida diaria de agua depende de las condiciones climáticas y de nuestras actividades, tal como se muestra en la siguiente tabla:

Pérdida de agua diaria, en mililitros (ml),*, en un cuerpo humano promedio
 
  Temperatura normal Ejercicio agotador prolongado
Por la piel 350 350
Por los pulmones 350 650
Sudor 100 5.000
Heces 100 100
Orina 1.400 500
Total de pérdida 2.300 6.600
* Un litro = 1.000 ml.

Esta tabla muestra que perdemos cincuenta veces más agua al hacer ejercicio agotador y prolongado, comparado con la inactividad en temperatura normal (5.000 frente a 100). Podemos ver que, como promedio, el cuerpo humano pierde 2.300 mililitros de agua diariamente a temperatura normal, y 6.600 en el ejercicio prolongado.
¿Qué le ocurre al cuerpo humano cuando el consumo de agua es inadecuado? Aunque intenta conservar agua, continúa perdiendo algo a través del aliento, de la piel, de la orina y de la deposición. La pérdida excesiva de agua impide las funciones vitales del organismo, porque para compensar la pérdida el cuerpo disminuye la sudoración y la micción.
Efectos de la deshidratación:

  • Deterioro del mecanismo de enfriamiento del cuerpo con posible elevación de la temperatura.
  • Deficiente eliminación de los desechos del cuerpo.
  • Incremento de la concentración de la sangre, tal como se refleja en la elevación del valor de los hematocritos.

El hematocrito es el porcentaje de células sanguíneas que hay en la sangre (los valores normales del hematocrito [Hto] son en los varones de 40.8 a 50.3% y en las mujeres de 36.1 a 44.3%). Si el valor del hematocrito es más de 50, se incrementa el riesgo cardiovascular, tanto en los varones como en las mujeres. La viscosidad de la sangre desempeña una función en la hemodinámica; la baja presión sanguínea y la baja viscosidad sanguínea actúan conjuntamente para disminuir el riesgo de una embolia.
Un incremento en la reabsorción del agua del colon concentra las heces. Esto puede provocar estreñimiento (el síntoma más común en Estados Unidos, causa de más de dos millones de visitas anuales al médico).
El estreñimiento, aunque afectado favorablemente por el ejercicio y el consumo de fibra, se reduce considerablemente con la ingesta adecuada de líquidos. La mayoría de la gente se trata a sí misma el estreñimiento sin buscar ayuda médica, como lo evidencian los 725 millones de dólares gastados anualmente en laxantes, por la población estadounidense.
La deshidratación puede ocasionar mareos o dolores de cabeza. En este caso los analgésicos no atacan las causas del dolor; lo que se requiere es más agua. En casos de ejercicios agotadores prolongados, puede producirse una deshidratación grave. Para evitarla, es necesario un consumo regular y constante de líquidos.
Las ventajas de beber agua
Es indispensable beber una cantidad adecuada de agua a fin de reducir el riesgo de la formación de cálculos renales. Se han publicado muchos estudios sobre las características del flujo sanguíneo y su relación con diversas enfermedades. Estos estudios indican que la adecuada ingestión de agua, combinado con otros aspectos del estilo de vida saludable, puede ayudar a prevenir numerosas enfermedades. El Journal of the American Medical Association llamó la atención a los riesgos que afrontan los estadounidenses de más edad debido a la ingesta inadecuada de líquidos. Se estima que si la gente mayor bebiera suficiente agua se ahorrarían miles de días de hospitalización y millones de dólares por año. Estas observaciones tienen implicaciones para todas las edades.
El Dr. Mervyn Hardinge comenta un clásico experimento, dirigido por el Dr. Pitts en la Universidad de Harvard, que demuestra el impacto de la ingesta de agua en el rendimiento de los atletas.
En la primera prueba se les indicó a los atletas que caminaran todo lo que pudieran en una andadora automática, a 5.6 kilómetros por hora, sin beber agua. Dentro de las siguientes tres horas y media la temperatura del cuerpo se había elevado a casi 39 grados centígrados y los atletas se hallaban al límite del agotamiento. A una temperatura tan alta las funciones fisiológicas se deterioran y, a menos que se aplique un remedio, puede producirse un colapso. En la segunda prueba, a los mismos atletas se les permitió beber toda el agua que desearan.
Bajo estas circunstancias fueron necesarias seis horas para alcanzar el umbral de peligro de agotamiento. El Dr. Pitts descubrió que los atletas bebieron un tercio menos de agua de la cantidad que habían perdido con el sudor. En otras palabras, la cantidad de agua que en realidad necesitaban equivalía a la sed que sentían más un tercio.
En la tercera prueba los mismos atletas se “obligaron” a beber tanta agua como habían bebido en la segunda prueba, más el volumen extra que habían perdido con el sudor. Con este consumo, la temperatura de su cuerpo nunca alcanzó los 38 grados centígrados. El experimento terminó después de siete horas, aunque los atletas sentían que podían seguir caminando indefinidamente.
Este y otros estudios muestran que la sed no siempre es un indicador confiable de la cantidad de agua que nuestros cuerpos necesitan. Una gruía práctica para el consumo de agua es beber lo suficiente desde el momento que despertamos por la mañana y entre comidas durante todo el día, para asegurar que la orina es clara y diluida. (Advertencia: la orina fluye amarillenta si se están tomando vitaminas que contienen boflavina, debido a la excreción de la misma).
Es preferible comenzar bebiendo desde el momento en que nos despertamos, porque nuestros cuerpos están relativamente deshidratados por la pérdida imperceptible de agua durante el sueño. Y es más recomendable beber agua a intervalos regulares durante todo el día que tratar de beber grandes cantidades de una sola vez. Además, es importante que el agua se halle libre de contaminación bacteriológica.
El agua es el mejor líquido que podemos consumir porque se halla exenta de la cafeína, el alcohol y otros productos excitantes y adictivos que contienen el té, el café, el maté, el vino, la cerveza y los licores. La mayoría de las bebidas gaseosas están cargadas de azúcar, contribuyendo a problemas de diabetes, obesidad y caries dentales. Las bebidas gaseosas qué están libres de azúcar tienen otros problemas.
La hidroterapia –el uso del agua para tratar problemas de salud físicos– es una terapia sencilla que pocas personas conocen. En lugar de ir a un médico por simples dolores musculares, prueba la hidroterapia.
Para los músculos doloridos, moje una toalla u otra tela gruesa en agua caliente, escúrrala, y colóquela en la zona afectada. Cuando la toalla caliente se enfríe, reemplácela con una mojada en agua helada, bien escurrida. Alterne la caliente con la fría, y termine con la fría. Esto mejora el flujo de la sangre y facilita la recuperación. Los fomentos calientes y fríos pueden repetirse varias veces al día.
En los casos en que se presentan heridas o contusiones, use solo compresas frías. Por supuesto, tenga mucho cuidado si la piel está enferma o herida. Si la irrigación sanguínea no llega a esa zona, o si los nervios están dañados, sea extremadamente cuidadoso con las aplicaciones calientes. Esto es especialmente importante en las personas que padecen diabetes, porque el calor elevado puede dañar fácilmente la piel sin que el paciente lo note.
Hay muchos otros modos de aplicar la hidroterapia; por ejemplo, la fricción fría, los baños calientes de pies, las compresas calientes y las compresas heladas. Se pueden encontrar más consejos en libros que publica esta misma editorial, como: Salud por la naturaleza del doctor Ernst Schneider.
Por desgracia, muy poca gente utiliza un medio tan útil para hallar alivio rápido. Un hombre se produjo una lesión en el codo jugando al bádminton. Alguien le sugirió que se aplicara una compresa con hielo sobre la herida y la hinchazón para disminuir la hemorragia interna, pero él no lo permitió. Al día siguiente la zona lesionada de su codo estaba tan adolorida e hinchada que tuvo que acudir al médico, que le aconsejó compresas calientes y frías en casa ¡y le cobró cien dólares por la consulta!
“Aplicada externamente, es uno de los medio más sencillos y eficaces para regular la circulación de la sangre […]. Pero son muchos los que no han aprendido nunca los benéficos efectos del uso adecuado del agua […]. Todos debieran hacerse entendidos en esa aplicación para dar sencillos tratamientos caseros”. Obviamente, un importante uso del agua es para lavar nuestros cuerpos. El baño remueve el polvo acumulado y los residuos contaminantes, reduciendo el riesgo de infecciones. Por supuesto, la frecuencia con la que uno se baña puede venir determinada por la disponibilidad del líquido elemento.
Lavarse frecuentemente las manos reduce la transferencia de gérmenes de una persona a otra. De hecho, un gran porcentaje de enfermedades infecciosas desaparecerían si la gente se lavara bien las manos con agua y jabón y antes de comer o después de cualquier actividad que las ensucie, incluyendo el apretón de manos con un gran número de personas.
Uso responsable del agua
Además del uso del agua para hidratar nuestros cuerpos, mantenerlos limpios y prevenir enfermedades, sugerimos las siguientes medidas apropiadas que todo habitante de la tierra debiera tener en cuenta, es decir, usted, amable lector y yo.

  • Evitar el desperdicio de agua. Una de las formas de lograrlo es descargar el excusado con cantidades menores de agua, usar duchas que ahorren agua, reducir la cantidad de agua que usa en la bañera, y arreglar las llaves de agua, o grifos, que gotean. En cada situación particular, pensemos en otras formas apropiadas de conservar el agua.
  • Evitar la contaminación del agua. El agua se contamina mediante el excremento humano y los residuos industriales y químicos. Los lugares don de se cría ganado no solo son potenciales contaminadores del agua, sino que, para producir más carne, usan grandes cantidades del vital líquido. Los vegetarianos conservan más agua porque su dieta es a base de vegetales, que requieren menos agua para producir alimento.

La vida no puede existir sin agua. Todas las funciones del cuerpo la requieren. El agua lava, limpia, refresca y favorece eficazmente a la restauración del organismo. De la misma manera, nuestra vida espiritual no puede funcionar sin el Agua de Vida.
¿Y usted, apreciado lector? ¿Anhela, también, beber del Agua de Vida?
Elena G. de White aconseja. “Los que tratan a los enfermos deben progresar en su importante obra, confiando poderosamente en Dios para que su bendición acompañe los medios que ha provisto misericordiosamente, y a los cuales ha llamado nuestra atención como pueblo, como el aire puro, el aseo, la alimentación sana, los debidos períodos de trabajo y reposo, y el uso del agua” (Consejos sobre el régimen alimenticio, p. 214).
“El sacerdote había cumplido esa mañana la ceremonia que conmemoraba la acción de golpear la roca en el desierto. Esa roca era un símbolo de Aquel que por su muerte haría fluir raudales de salvación a todos los sedientos. Las palabras de Cristo eran el agua de vida. Allí, en presencia de la congregada muchedumbre se puso aparte para ser herido, a fin de que el agua de la vida pudiese fluir al mundo. Al herir a Cristo, Satanás pensaba destruir al Príncipe de la vida; pero de la roca herida fluía agua viva. Mientras Jesús hablaba al pueblo, los corazones se conmovían con una extraña reverencia, y muchos estaban dispuestos a exclamar, como la mujer de Samaria: “Dame esta agua, para que no tenga sed” (Juan 4:15)” (El Deseado de todas las gentes, p. 425).

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Ibíd., p3. 150

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