Posteado por: Lilliam A Garcia | abril 12, 2010

Comentario de EGW leccion 3

Abril – Junio 2010

Comentario de EGW

Lección 03

Para el  17 de Abril de 2010

Sábado 10 de abril

La vida cristiana es una batalla y una marcha. En esta guerra no hay descanso; el esfuerzo ha de ser continuo y perseverante. Solo mediante un esfuerzo incansable podemos asegurarnos la victoria contra las tentaciones de Satanás. Debemos procurar la integridad cristiana con energía irresistible, y conservarla con propósito f m e y resuelto.

Nadie llegará a las alturas sin esfuerzo perseverante en su propio beneficio. Todos deben empeñarse por sí mismos en esta guerra; nadie puede pelear por nosotros. Somos individualmente responsables del desenlace del combate; aunque Noé, Job y Daniel estuviesen en la tierra, no podrían salvar por su justicia a un hijo ni a una hija (El ministerio de curación, p. 358).

“Empero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es menester que el que a Dios se allega, crea que le hay y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6).

La fe consiste en confiar en Dios, en creer que nos ama y sabe lo que es mejor para nuestro bien. Así, en vez de nuestro camino, nos induce a preferir el suyo. En vez de nuestra ignorancia, acepta su sabiduría; en vez de nuestra debilidad, su fuerza; en vez de nuestro pecado, su justicia. Nuestra vida, nosotros mismos, somos ya suyos; la fe reconoce su derecho de posesión, y acepta su bendición. Se indican la verdad, la integridad y la pureza como secretos del éxito de la vida. La fe es la que nos pone en posesión de estas virtudes. Todo buen impulso o aspiración provienen de Dios; la fe recibe de Dios la vida que es lo único que puede producir crecimiento y eficiencia verdaderos (La fe por la cual vivo, p. 92).

Domingo 11 de abril:
El atleta espiritual

Debemos esforzarnos si queremos ganar la carrera hacia la vida eterna. En la senda hay suficiente lugar para que todos los que corren puedan ganar el premio. Pero si nos permitimos tener apetitos no naturales y violamos las leyes de la naturaleza, nos debilitaremos física, mental y moralmente, quedando incapacitados para poner toda la energía, el esfuerzo y la perseverancia necesarias. Si dañamos un solo órgano del cuerpo, le robamos a Dios el servicio que podríamos rendirle. “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:19, 20).

El apóstol Pablo se compara con un atleta que está corriendo la carrera en el antiguo estadio, esforzando cada nervio y músculo para ganar el premio. No considera que su obra ha terminado mientras pueda poner sus esfuerzos en la causa de Dios. No siente que ya se ha graduado en la escuela de Cristo porque sabe que tiene la necesidad de cuidar estrictamente sus apetitos y pasiones para que no se fortalezcan y pongan en peligro su celo espiritual. Sabe que debe poner todos sus poderes en actividad para luchar contra sus inclinaciones naturales que tienden a la indulgencia. Su testimonio es: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:13, 14). Solamente cuando su vida ya dependía de una palabra o un gesto del tirano Nerón, y sabía que su fin estaba cercano, fue cuando elevó su voz con una triunfante seguridad: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:7, 8). Y esta corona no es una guirnalda de flores, sino la gloriosa corona de la vida eterna que espera a todos los que hayan completado la carrera cristiana y esperen la aparición de nuestro Señor (Review and Herald, 18 de octubre, 1881).

Dios ha dado al hombre el intelecto, y lo dotó con capacidades para cultivar. Entonces, debe aferrarse firmemente de Dios, poner a un lado la frivolidad, los entretenimientos y toda impureza, y vencer todos los defectos de carácter. Aunque hay una tendencia natural a seguir un camino descendente, hay un poder que se combinará con los diligentes esfuerzos del hombre. Su poder de voluntad tendrá una tendencia neutralizadora. Si se combina con esta ayuda divina, podrá resistir la voz del tentador. Pero las tentaciones de Satanás armonizan con sus tendencias defectuosas y pecaminosas, y 10 impulsan a pecar. Todo lo que tiene que hacer es seguir al líder Jesucristo, quien le dirá precisamente lo que debe hacer. Dios lo llama desde su trono en el cielo, mostrándole una corona de gloria inmortal, y le ruega que pelee la buena batalla de la fe y corra la carrera con paciencia. Confíe en Dios a cada momento. Fiel es el que conduce hacia adelante (Mente, carácter y personalidad, tomo 1, pp. 108, 109).

Lunes 12 de abril:
Cuando los músculos de la fe se atrofian

¡Cómo quisiera impresionar en todos la importancia de ejercitar la fe en cada momento y en cada hora! Debemos vivir por fe, porque “sin fe es imposible agradar a Dios”. Nuestra fortaleza espiritual depende de nuestra fe; por eso, no puedo mantenerme silenciosa en este asunto. Nuestro Redentor nos dice: “Como creíste, te sea hecho”. Si nos rodeamos de dudas y pesadumbre pecamos contra Dios porque mostramos que no tenemos fe en Jesús y que no creemos en las promesas de Dios. Siendo que él ha hecho tanto para mostrar su amor por nosotros, ¡cuán grande debe parecer esta falta de fe a su vista! “El que no escatimó ni a su propio Hijo sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8:32).

No sabemos realmente lo que es la fe hasta que probemos ejercitarla. Todos necesitamos de esa fe firme y perseverante que mostró Jacob en esa noche histórica cuando su fe fue probada al máximo. Se había separado de todos sus seres queridos para estar a solas con Dios porque comprendía que ellos serían expuestos al peligro y a la muerte. Y lo más amargo de su copa era la angustia de saber que sus esposas e hijos que eran inocentes, enfrentarían el peligro por causa de su pecado. Había decidido pasar toda la noche en oración, humillándose ante Dios y pidiéndole que suavizara el corazón de su hermano. Sabía que Dios era su único refugio y fortaleza en ese lugar desolado, guarida de ladrones y asesinos. Su alma angustiada se derramó en lágrimas y clamores delante de Dios. De pronto una mano fuerte se afirma en su hombro; siente que el atacante pone en peligro su vida porque piensa que es la mano de un ladrón o un criminal; entonces se traba en lucha con él y prevalece…

Como Jacob, es el privilegio de cada uno de nosotros prevalecer frente a Dios. Puede ser que nos preguntemos cómo recibiremos aquello que pedimos si no tenemos evidencia de que ocurrirá. ¿Acaso no es suficiente evidencia que Dios lo haya prometido? Si nos aferramos por la fe a las promesas y confiamos plenamente en Jesús, la bendición llegará a su debido tiempo. Puede ser que no llegue en la forma en que la esperábamos pero llegará en la forma y los medios que Dios decida. Satanás puede tentarnos a pensar que el Señor nos ha olvidado, pero enfrentemos la tentación recordándonos que la palabra de Dios es segura y que él conoce a los que son suyos, y sigamos orando (Historical Sketches, pp. 130-132).

La obra de la fe significa más de lo que nos imaginamos. Significa una confianza genuina en la Palabra de Dios tal como es. Por nuestras acciones debemos mostrar que creemos que Dios hará lo que ha dicho. Las ruedas de la naturaleza y de la providencia no pueden retroceder ni estarse quietas. Debemos tener una fe progresiva y eficaz, una fe que obre por amor y purifique el alma de todo vestigio de egoísmo. No debemos depender de nosotros, sino de Dios. No debemos albergar incredulidad. Debemos tener esa fe que acepta la Palabra de Dios como veraz…

La verdadera fe consiste en hacer lo que Dios ha ordenado, y no las cosas que no ha prescripto. Los frutos de la fe son la justicia, la verdad y la misericordia. Necesitamos andar en la luz de la ley de Dios; las buenas obras serán el fruto de nuestra fe, las obras de un corazón renovado diariamente. El árbol debe ser hecho bueno antes de que su fruto pueda ser bueno. Debemos estar enteramente consagrados a Dios. Nuestra voluntad debe corregirse antes de que su h t o pueda ser bueno. No debemos tener una religión antojadiza. “Hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31) (A fin de conocerle, p. 228).

Martes 13 de abril:
Creer sin ver

Cuando Cristo se encontró por primera vez con los discípulos en el aposento alto, Tomás no estaba con ellos. Oyó el informe de los demás y recibió abundantes pruebas de que Jesús había resucitado; pero la lobreguez y la incredulidad llenaban su alma. El oír a los discípulos hablar de las maravillosas manifestaciones del Salvador resucitado no hizo sino asumirlo en más profunda desesperación. Si Jesús hubiese resucitado realmente de los muertos no podía haber entonces otra esperanza de un reino terrenal. Y hería su vanidad el pensar que su Maestro se revelase a todos los discípulos excepto a él. Estaba resuelto a no creer, y por una semana entera reflexionó en su condición, que le parecía tanto más obscura en contraste con la esperanza y la fe de sus hermanos.
Durante ese tiempo, declaró repetidas veces: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré”. No quería ver por los ojos de sus hermanos, ni ejercer fe por su testimonio. Amaba ardientemente a su Señor, pero permitía que los celos y la incredulidad dominasen su mente y corazón.

Unos cuantos de los discípulos hicieron entonces del familiar aposento alto su morada temporal, y a la noche se reunían todos excepto Tomás. Una noche, Tomás resolvió reunirse con los demás. A pesar de su incredulidad, tenía una débil esperanza de que fuese verdad la buena nueva. Mientras los discípulos estaban cenando, hablaban de las evidencias que Cristo les había dado en las profecías. Entonces “vino Jesús, las puertas cerradas, y púsose en medio, y dijo: Paz a vosotros”. Volviéndose hacia Tomás dijo: “Mete tu dedo aquí, y ve mis manos: y alarga acá tu mano, y métela en mi costado: y no seas incrédulo, sino fiel”. Estas palabras demostraban que él conocía los pensamientos y las palabras de Tomás. El discípulo acosado por la duda sabía que ninguno de sus compañeros había visto a Jesús desde hacía una semana. No podían haber hablado de su incredulidad al Maestro. Reconoció como su Señor al que tenía delante de sí. No deseaba otra prueba. Su corazón palpitó de gozo, y se echó a los pies de Jesús  clamando: “¡Señor mío, y Dios mío!”

Jesús aceptó este reconocimiento, pero reprendió suavemente su incredulidad: “Porque me has visto, Tomás, creíste: bienaventurados los que no vieron y creyeron”. La fe de Tomás habría sido más grata a Cristo si hubiese estado dispuesto a creer por el testimonio de sus hermanos. Si el mundo siguiese ahora el ejemplo de Tomás, nadie creería en la salvación; porque todos los que reciben a Cristo deben hacerlo por el testimonio de otros.

Muchos aficionados a la duda se disculpan diciendo que si tuviesen las pruebas que Tomás recibió de sus compañeros, creerían. No comprenden que no solamente tienen esa prueba, sino mucho más. Muchos que, como Tomás, esperan que sea suprimida toda causa de duda, no realizarán nunca su deseo. Quedan gradualmente confirmados en la incredulidad. Los que se acostumbran a mirar el lado sombrío, a murmurar y quejarse, no saben lo que hacen. Están sembrando las semillas de la duda, y segarán una cosecha de duda. En un tiempo en que la fe y la confianza son muy esenciales, muchos se hallarán así incapaces de esperar y creer.

En el trato que concedió a Tomás, Jesús dio una lección para sus seguidores. Su ejemplo demuestra cómo debemos tratar a aquellos cuya fe es débil y que dan realce a sus dudas. Jesús no abrumó a Tomás con reproches ni entró en controversia con él. Se reveló al que dudaba. Tomás había sido irrazonable al dictar las condiciones de su fe, pero Jesús, por su amor y consideración generosa, quebrantó todas las barreras. La incredulidad queda rara vez vencida por la controversia. Se pone más bien en guardia y halla nuevo apoyo y excusa. Pero revélese a Jesús en su amor y misericordia como el Salvador crucificado, y de muchos labios antes indiferentes se oirá el reconocimiento de Tomás: “¡Señor mío, y Dios mío!” (El Deseado de todas las gentes, pp. 747, 748).

Miércoles 14 de abril:
Los beneficios del ejercicio físico: Parte 1

La salud es una bendición cuyo valor pocos aprecian; no obstante, de ella depende mayormente la eficiencia de nuestras facultades mentales y físicas. Nuestros impulsos y pasiones tienen su asiento en el cuerpo, y éste debe conservarse en la mejor condición física, y bajo las influencias más espirituales, a fin de que pueda darse el mejor uso a nuestros talentos.

Cualquier cosa que disminuya la fuerza física, debilita la mente y la vuelve menos capaz de discernir entre lo bueno y lo malo. Nos volvemos menos capaces de escoger lo bueno, y tenemos menos fuerza de voluntad para hacer lo que sabemos que es recto.

El uso indebido de nuestras facultades físicas acorta el período de tiempo en el cual nuestras vidas pueden ser usadas para la gloria de Dios. Y ello nos incapacita para realizar la obra que Dios nos ha dado para hacer. Al permitirnos formar malos hábitos, acostándonos a horas avanzadas, complaciendo el apetito a expensas de la salud, colocamos los cimientos de nuestra debilidad. Descuidando el ejercicio físico, cansando demasiado la mente o el cuerpo, desequilibramos el sistema nervioso. Los que así acortan su vida y se incapacitan para el servicio al no tener en cuenta las leyes naturales, son culpables de estar robando a Dios. Y están robando también a sus semejantes. La oportunidad de bendecir a otros, la misma obra para la cual Dios los envió al mundo, ha sido acortada por su propia conducta. Y se han incapacitado para hacer aun aquello que podían haber efectuado en un tiempo mucho más breve. El Señor nos considera culpables cuando por nuestros hábitos perjudiciales privamos así al mundo del bien.

La violación de la ley física es transgresión de la ley moral; porque Dios es tan ciertamente el autor de las leyes físicas como lo es de la ley moral. Su ley está escrita con su propio dedo sobre cada nervio, cada músculo y cada facultad que ha sido confiada al hombre. Y todo abuso que cometamos de cualquier parte de nuestro organismo es una  violación de dicha ley.

Todos debieran poseer un conocimiento inteligente del organismo humano, para poder conservar sus cuerpos en la condición necesaria para hacer la obra del Señor. La vida física ha de ser cuidadosamente preservada y desarrollada, a fin de que a través de la humanidad pueda ser revelada la naturaleza divina en toda su plenitud. La relación del organismo físico con la vida espiritual es uno de los ramos más en el hogar y en la escuela. Todos necesitan llegar a familiarizarse con su estructura física y las leyes que gobiernan la vida natural. El que permanece en la ignorancia voluntaria respecto de las leyes de su ser físico, y viola dichas leyes por desconocerlas, está pecando contra Dios. Todos deben mantener la mejor relación posible con la vida y la salud. Nuestros hábitos deben colocarse bajo el control de una mente gobernada por Dios (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 28 1-283).

Es tan ciertamente un pecado violar las leyes de nuestro ser como lo es quebrantar las leyes de los Diez Mandamientos. Hacer cualquiera de ambas cosas es quebrantar los principios de Dios. Los que transgreden la ley de Dios en su organismo físico, tendrán la inclinación a violar la ley de Dios pronunciada desde el Sinaí…

El conservar el cuerpo en una condición sana, a fin de que todas las partes de la maquinaria viva actúen armoniosamente, debe ser el estudio de nuestra vida. Los hijos de Dios no pueden glorificarlo a él con cuerpos enfermos o mentes enanas. Los que se complacen en cualquier clase de intemperancia, ora sea en el comer o beber, malgastan su energía física y debilitan su poder moral (Consejos sobre el régimen alimenticio, pp. 18, 19).

 

Jueves 15 de abril:
Los beneficios del ejercicio físico: Parte 2

La Providencia ha estado guiando al pueblo de Dios para sacarlo de los hábitos extravagantes del mundo, de la complacencia del apetito y de la pasión, a fin de que asuma una posición firme sobre la plataforma de la negación del yo, y de la temperancia en todas las cosas. El pueblo a quien Dios está guiando será un pueblo peculiar. No será como el mundo. Si los hijos de Dios siguen las directivas divinas, realizarán los propósitos del Señor, y rendirán su voluntad a la voluntad de él. Cristo habitará en su corazón. El templo de Dios será santo. Vuestro cuerpo, dice el apóstol, es el templo del Espíritu Santo. Dios no exige que sus hijos se nieguen a sí mismos para perjuicio de su fortaleza física. El les pide que obedezcan las leyes naturales, a fin de preservar su salud física. La senda de la naturaleza es el camino que él nos señala, y es un camino suficientemente ancho para todo cristiano. Con pródiga mano Dios nos ha provisto de una rica y variada abundancia para nuestro sustento y para nuestro gozo. Pero a fin de disfrutar del apetito natural que preservará la salud y prolongará la vida, él restringe el apetito. El dice: ¡cuidado, restricción, negación, apetito antinatural! Si creamos un apetito pervertido, violamos las leyes de nuestro ser, y asumimos la responsabilidad de abusar de nuestros cuerpos y de acarreamos enfermedad (Consejos sobre el régimen alimenticio, pp. 189, 190).

Lamento decir que existe una extraña ausencia de principios con relación a la salud entre los profesos cristianos de esta generación. Los cristianos, más que las demás personas, debieran conocer este importante tema y actuar inteligentemente con su propio organismo. Dice el salmista: “Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado” (Salmo 139:14). Para comprender mejor la Palabra de Dios y el propósito de nuestras vidas, debemos conocernos a nosotros mismos y saber cómo relacionarnos con la vida y la salud.

Un cuerpo enfermo produce un cerebro debilitado que obstaculiza la obra de la gracia santificadora sobre la mente y el corazón. Dice el apóstol: “Con la mente sirvo a la ley de Dios”. Entonces, si debilitamos nuestros poderes mentales y nuestras percepciones no son claras para discernir el valor de la verdad, estamos batallando contra nuestros propios intereses eternos. El orgullo, la vanidad y la idolatría esclavizan los pensamientos y los afectos y hacen desaparecer los buenos sentimientos del alma. De esa manera la santificadora gracia de Dios es resistida. Muchos padres, que aman entrañablemente a sus hijos, no se dan cuenta que serán responsables por la educación moral de ellos (Review and Herald, 12 de septiembre, 1871).

Viernes 16 de abril:
Para estudiar y meditar

El ministerio de curación, pp. 38-48.


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