Posteado por: Lilliam A Garcia | abril 6, 2010

Leccion 2 Las decisiones Libro Complementario

Las decisiones

Ver un mundo en un grano de arena, y el cielo en una flor silvestre; apresar el infinito en la palma de tu mano y la eternidad en un instante”.
Augurios de inocencia, William Blake

Mientras trabajaba como médico obstetra, como rutina siempre ofrecía ciertas pruebas de diagnóstico a mis pacientes, especialmente las que eran apropiadas para padecimientos concretos. Si la edad de una paciente se acercaba a los cuarenta años, le recomendaba los exámenes pertinentes disponibles para las anormalidades cromosómicas en el bebé. Mi oferta dejaba la decisión a cargo de la madre, y debía protegerme contra cualquier acusación de haber tratado de controlar o quitarle la libertad de elección.
La paciente a la que me refiero en articular era cristiana; sin embargo, yo no estaba seguro de la decisión que tomaría. Cuando mi esposa quedó embarazada a la edad de treinta y siete años, rechazó firmemente la prueba de anormalidades cromosómicas del feto, aunque era consciente del aumento en los riesgos, de modo que pensé que quizás esta paciente haría lo mismo. Para mi sorpresa, me informó que deseaba que se le practicara la prueba.
Unas dos semanas más tarde recibí los resultados de los análisis y vimos que el feto presentaba un cromosoma extra, lo cual quería decir que era un bebé con síndrome de Down. Pedí a mi asistente que llamara a la paciente y le pidiera que viniera a verme por la tarde, con su esposo. Les dijo que yo quería comentar el resultado de los análisis con ellos, ya que había detalles que solo podían explicarse en una entrevista personal.
Cuando nos sentamos frente a frente me preguntaba a mí mismo qué sería lo que la pareja decidiría. En los años de práctica había visto a muchas personas reaccionar de diversas maneras cuando recibían este tipo de noticias tan graves. Yo sabía la importancia de expresarme con claridad, y cuán importante era que ambos progenitores estuvieran presentes. La ansiedad se reflejaba en el rostro de los dos, pero aguardaron calladamente mientras les explicaba la situación. A diferencia de otros padres, no hubo ninguna explosión emocional. Les presenté el espectro completo de todas las posibles dificultades, y puedo afirmar que comprendieron perfectamente el cuadro clínico total. Les dije que yo, personalmente, no pondría fin a un embarazo, que ellos tenían que hacer la decisión y que había otros médicos que no pensaban como yo. Mi paciente dijo: “Doctor, vamos a pensar acerca de esto, pero es muy probable que no terminemos este embarazo”. Dos días más tarde la paciente volvió. Tenía muchas preguntas para hacerme, incluyendo un pedido de información acerca de los grupos de apoyo. En el transcurso de las semanas vino fielmente a todas las visitas programadas, y pude monitorear el progreso de su embarazo y su estado de salud en general. Me sentí profundamente impresionado por su visible calma y por la clara percepción que tenía de su bebé, aunque sabía que no sería perfectamente normal.
El trabajo de parto no presentó complicación alguna. Era su tercer hijo y la señora era una paciente que tenía un gran control sobre sí misma. Tan pronto como el bebé nació, lloró con mucha energía. Tenía un excelente Apgar (apariencia, pulso, gesticulación, actividad, respiración) y cuando se lo pasé a la madre, ella lo tomó con emoción y lo atrajo hacia sí con profundo cariño.
Como médico obstetra he ayudado a nacer a, literalmente, millares de bebés, pero ninguno fue tan gozosamente bienvenido ni más amorosamente abrazado que este. La madre había hecho una clara y hermosa decisión, y había aceptado todas las consecuencias de su elección sin reserva alguna. Había decidido invertir en la vida de su bebé una gran dosis de esperanza. Lo dotó de significado, propósito, dignidad y respeto.
He sido testigo de muchos intentos de aborto de este tipo de bebés, sin ninguna consideración por la importancia y el valor de sus vidas. John Ortberg, en su libroWhen the Game is Over It All Goes Back in the Box (Cuando el juego ha terminado todo regresa a la caja) nos cuenta la bonita historia de “Juanito, el bolsero”.
Juanito también tenía síndrome de Down, y trabajaba en un supermercado local acomodando la mercancía en las bolsas, como servicio a los clientes. Así que, con la ayuda de su papá, decidió producir y distribuir una hojita titulada “Pensamiento del día”, en el que figuraba un pensamiento elevador. La imprimió en su computadora y luego cortó cuidadosamente el breve mensaje en pequeñas tiras. Mientras acomodaba la mercadería en las bolsas entregaba la tirita de papel a sus clientes como el mensaje escrito, juntamente con una sonrisa y sus mejores deseos.
Después de algunas semanas el gerente notó que en la caja donde Juanito estaba de servicio se formaban largas filas. Cuando se invitó a los clientes a pagar en otras cajas donde no había tanta gente se negaron, diciendo que querían recibir el “Pensamiento del día” de Juanito.
Pronto otros empleados del supermercado comenzaron a pensar en algo que pudieran hacer para ayudar a mejorar la experiencia de los clientes. Los empleados de la florería hicieron pequeños adornos con flores que tenían roto el tallo y los colocaban en los abrigos de las ancianas que eran clientes del supermercado y la carnicería aparecieron vistosos listones que adornaban los cortes de carne. No pasó mucho tiempo hasta que el índice de satisfacción y lealtad de los clientes se elevó como nunca antes.
“Juanito, el bolsero” mostró un poquito de amor, una enorme sonrisa y un alegre saludo. El costo fue bien poco, pero cambió el panorama y las perspectivas de toda una empresa. Él no disfrutaba de todas las oportunidades de la vida, pero decidió hacer lo mejor con lo que tenía.
Con frecuencia pensamos que la capacidad de tomar decisiones es un derecho humano básico, pero notamos que no todos tienen las mismas oportunidades para tomarlas.
Muchas veces he visto junto a las humildes chozas de las pequeñas aldeas africanas niños, con enormes ojos abiertos y vistiendo harapos, reunirse alrededor de mí. Ni siquiera tenían fuerza para espantar las moscas que se posaban en sus caritas y en sus cuerpos, porque se encontraban demasiado débiles por causa de la desnutrición. ¿Qué posibilidades de tomar decisiones tenían aquellos pobres niños? Mentalmente los comparaba con mis hijos y con los hijos de mis amigos. Sus oportunidades de recibir una buena educación eran muy limitadas. ¡Sus posibilidades culinarias se limitaban a frijoles y arroz, o… arroz y frijoles! Sin embargo, las Escrituras nos dicen que “la luz verdadera que alumbra a todo hombre venía a este mundo” (Juan 1:9). Esta luz del Espíritu Santo ilumina la gracia de Jesús: la Persona que todos debemos elegir para que sea nutro Salvador.
Uno de mis amigos era alcohólico. Luchó contra el vicio del alcohol, el tabaco, la cafeína, incluso contra las drogas ilegales. Él describió una historia familiar de algunos de sus miembros, drogodependientes por cuatro generaciones. “¿Qué opciones tenía yo?”, preguntó. Pero yo le señalé que ahora estaba libre de las cadenas de la adicción. ¿Cómo podría haberlo logrado si no hubiera hecho una elección? Quizás él debería haber preguntado: “¿Qué oportunidades tenía yo?”. Ciertamente, la lista pudo haber sido corta y sus posibilidades reducidas, pero todavía tenía el poder de tomar decisiones y de elegir, aunque fuera de una lista de opciones muy reducida.
Nuestro primer capítulo trató el tema de la actitud, el punto de vista que con frecuencia influye sobre las decisiones que tomamos. Como hemos visto, la actitud puede estar influenciada por los demás y, hasta cierto punto, nuestras decisiones pueden ser limitadas. Sin embargo, por nuestro propio bien, debemos pesar cuidadosamente las decisiones que tomamos. Cada decisión tiene sus consecuencias, sea para bien o para mal.
Cuando consideramos cuidadosamente un asunto, mentalmente pensamos la evidencia a favor o en contra desde un punto de vista dado. El peso que le atribuimos a esa evidencia puede reflejar, aunque no siempre, la lógica o la ciencia que está detrás de ella, porque a veces no estamos lo suficientemente informados para tomar una buena decisión y, con frecuencia, las emociones desempeñan una función muy importante en nuestras conclusiones. No importa si la decisión gozó o no de información, sus consecuencias tienen poco o nada que ver con las razones por las cuales la tomamos. Más bien, las consecuencias son el producto de las leyes naturales que inciden sobre el problema.
En su libro Blink, Malcolm Gladwell habla acerca de la inteligencia refleja, refiriéndose a nuestras creencias casi intuitivas, las cuales, según dice, con frecuencia influyen en nuestras decisiones, para bien o para mal. Si bien nuestras elecciones intuitivas a veces son correctas, otras pueden no serlo. Si nuestra decisión es sencilla como, por ejemplo, decidir qué vestido o corbata usaremos, las consecuencias son mínimas, pero con frecuencias las decisiones basadas en la pura intuición son muy importantes.
En una visita a España conocí a un viajero llamado Emilio. Era judío, y cuando nos hicimos amigos me contó la historia de su vida. Me dijo que cuando apenas tenía catorce años, él, su hermana y su bebé fueron hechos prisioneros por los nazis y arrojados a uno de los sobrecargados vagones para ganado que usaban para transportar a los judíos. Durante tres días con sus noches el tren corrió sin detenerse ni una sola vez, con sus pasajeros empacados en los vagones como sardinas. No había excusados disponibles y la pobre gente estaba en una condición verdaderamente lastimosa cuando finalmente bajaron del tren. Todavía deslumbrado por la luz del sol, el jovencito Emilio tuvo que hacerle frente a una inmediata decisión cuando el guardia gritó: “¡Niños y mujeres a la derecha, los hombres a la izquierda!”. A sus cortos catorce años tenía que hacer una decisión inmediata… y decidió ser un hombre.
Lo último que Emilio vio de su hermana fue la cabeza cubierta con una bufanda, con su bebé en los brazos, caminando lentamente hacia un destino que incluía las cámaras de gas y la muerte. A veces la evidencia no nos dice nada, pero nuestra actitud es vitalmente importante. Emilio, por su determinación de ser hombre salvó su propia vida.
Una de las decisiones más importantes de nuestra vida, para la cual no tenemos ninguna evidencia científica concluyente, es la que se refiere a la naturaleza y la existencia de Dios. Nuestra creencia en Dios es, probablemente, un asunto de elección, aunque la perspectiva de la fe nos capacita para reconocer la influencia de Dios en el mundo y en nuestras vidas. Y a pesar de no haber ninguna prueba científica concreta, la decisión de creer en Dios, o no creer, tiene consecuencias inmediatas y a largo plazo. La mayoría de las acciones de la vida reflejan nuestras creencias, y creer en Dios es un asunto de enormes consecuencias.
Las consecuencias producen un gran impacto sobre nuestra actitud, sobre nuestra cosmovisión y sobre la forma en que le atribuimos significado, o falta de él, a la vida. Sin embargo, más que nuestra calidad de vida, existe la clara posibilidad de que el creer o no en Dios impactará nuestra existencia ahora y en la eternidad: algo que ni siquiera podemos comprender.
Esta cuestión del significado de la vida es la más profunda que jamás enfrentaremos. Tenemos que decidir si viviremos nuestras vidas de forma que tenga significado para nosotros y para los demás, o si carecerá totalmente de sentido. Por desgracia, ¡cuántos de nosotros ignoramos su importancia!
Para nuestro pensamiento, a veces es útil ver la forma cómo otros procesan las preguntas más importantes de la vida. Con eso en mente, describo mi propia experiencia.
Cuando estudiaba medicina, mi programa cubría las ciencias típicas como física, química y biología, y las funciones humanas de anatomía y fisiología. Mientras más profundizaba en esas disciplinas, más me asombraba conocer los intrincados mecanismos que son tan interdependientes, tan sensibles a la acción de las enzimas de la temperatura y el equilibro del pH. Clase tras clase creaba en mí una profunda sensación de asombro.
A través de todos los años de estudio de mi carrera se me enseñó tanto la teoría de la evolución como la historia bíblica de la creación. Reconociendo la falta de pruebas en los dos escenarios, y las dificultades que ambos presentan, comprendí que cualquiera podría ser ambivalente. A mí, sin embargo, me pareció increíble que tal complejidad surgiera por casualidad. En realidad, sin Dios en la ecuación todo se convierte en algo sin sentido. Si eliminamos a Dios de nuestro pensamiento, nuestra vida –la mía y la tuya– queda reducida a la insignificancia del cristal de roca de un grano de sal. La moralidad se convierte en una invención de la mente humana que, en sí misma, no es más que fruto de la casualidad. Quizás desde mi perspectiva soy afortunado de que la teoría de la evolución no responda las pregunta de cómo, por qué, qué o cuándo comenzó la primera vida independiente. Por otra parte, mi andadura vital me ha enseñado que hay bondad, amor y, dentro del marco de la experiencia humana, un anhelo por experimentar la satisfacción del significado. Yo, por lo tanto, he elegido creer en un Dios que ama. Son asombrosas las consecuencias que dependen de esa decisión que están presentes en todos los aspectos de la vida.
Como la vida tiene significado, tiene valor. Como nosotros estamos vivos, tenemos significado, y el significado nos da valor. Mis hijos, mi esposa, mi familia, mi comunidad: todas las personas que habitan en este mundo tienen valor.
Las consecuencias de ir más allá del puro azar para hallarle propósito y significado a la existencia, llenan mi vida de valor.
Recuerdo la década de los sesentas cuando el establishment fue asaltado por todos lados. Los hippies, con flores en el cabello y marihuana en su cerebro, se contoneaban al son de una música suave y pegadiza negando la “declaración de valores”, toda vez que andaban estableciendo los suyos propios. Y la mayor parte de la sociedad de hoy, si bien permite que cada uno establezca sus propios valores, finalmente los niega todos, negando a la vez un propósito o presencia universal.
Aceptar a Dios como algo real es, entonces, una elección fundamental. Mis decisiones influyen, no sobre Dios, sino sobre mí. Mi elección debe ser total si he de ser impactado por ella. Entonces, la realidad de Dios se convierte en un factor interpretativo en todas mis explicaciones de la vida. Comienzo a comprender que Dios puede tratar de influir en los patrones de pensamiento de sus criaturas a través de sus revelaciones en la naturaleza y en la inspiración.
Examinar la Biblia presenta una amplia gama de elecciones. El estudio revela notable coherencia en su presentación del plan de salvación. Reconocemos el complejo contexto en el cual fue escrita la Biblia, que su alcance cubre tanto el tiempo como la cultura y, sin embargo, vemos que mantiene una gran homogeneidad. Repito, tomamos una decisión en cuanto a la forma de interpretar la Biblia y cómo aplicar sus enseñanzas a nuestras vidas.
El derecho de elección es fundamental para nuestra cosmovisión, y la cosmovisión que elijamos se convierte en un factor en la tolerancia, no solo de la opinión de los demás, sino de ellos mismos. Para ser felices, necesitamos tener, y concederles a otros, la libertad de elección. Quizás la “libertad” misma es, en su esencia, libertad de elección al menos en el ámbito de las ideas.
Una de mis asistentes había llegado a Canadá, procedente de la antigua Unión Soviética. Para mí fue fascinante escucharla explicar el funcionamiento de un régimen totalitario. En nombre del “poder del pueblo”, los individuos que detentaban el poder arrebataban a los demás, en toda medida posible, la capacidad de tomar decisiones individualmente. La disidencia no se tolera en un régimen totalitario. Cuán desafortunado es que muchos que se permiten el privilegio de ejercer la libertad de elección, nieguen a otros esa misma libertad. En realidad, con frecuencia hierve dentro de nosotros el deseo de controlar, no solo nuestra situación sino la de los demás que se hallan en nuestro ámbito de influencia.
Mis tres nietecitas son maravillosas, al menos para mi esposa y para mí. Son muy individualistas en apariencia, personalidad y espíritu, y una de ellas es particularmente independiente. Incluso siendo una niñita de solo dos años insistía en hacer las cosas a su modo. Sentía que ella tenía que ser el centro de atención de todo el mundo. Era muy bueno y maravilloso que tuviera dos hermanitas que la ayudaban a moderar esa tendencia, porque ella manifestaba la determinación de Cleopatra. No tengo la menor duda de que ha aprendido muchas lecciones en el arte de la vida en sociedad, pero no siempre es fácil, ni siquiera para los adultos, practicar esas lecciones.
La libertad de elección no solo afecta a nuestra libertad religiosa, sino también a nuestro estilo de vida. La libertad de elección nos capacita a todos para celebrar nuestra individualidad, pero si nuestras decisiones afectan a otros y disminuyen la capacidad de elección de ellos, debemos encontrar los límites de nuestra libertad. Algunos preguntan si las decisiones relacionadas con el estilo de vida afectan a la libertad de otros. El fumador que insiste en fumar en el lugar de trabajo o dentro de un vehículo con otros pasajeros, puede estar imponiendo el humo a los no fumadores que detestas esas emanaciones tóxicas. Es en la búsqueda de la libertad de elección que los no fumadores proponen la delimitación de zonas a las cuales los fumadores pueden retirarse para ejercer su libertad de fumar.
Tengo un vecino que ha fumado durante los últimos cincuenta años, aunque está demostrado que el fumar está relacionado con el cáncer de pulmón de la cavidad bucal. Cuando en el Reino Unido se presentaron los primeros estudios que avalaban esa relación tabaco-cáncer se produjo cierto escepticismo, especialmente por parte de las compañías tabacaleras. Los datos demostraron la relación más allá de toda duda; sin embargo, muchos decidieron ignorarla porque deseaban fumar.
Interesante, pero trágica, es la historia de la Comisión de los Servicios de Salud Pública de los Estados Unidos, establecida por el Cirujano General (Ministro de Salud Pública) de ese país en 1962, a pedido del presidente Kennedy. El cincuenta por ciento de los miembros de la comisión eran fumadores elegidos a propósito, tanto por ser científicos como por ser fumadores, para evitar la crítica que seguramente harían las compañías tabacaleras de que el panel estaba prejuiciado contra el tabaco. Los fotógrafos de la Biblioteca Nacional de Medicina mostraban al Cirujano General, Luther Ferry, reunido con la comisión en una sala llena de humo, con las mesas de la conferencia literalmente cubiertas de ceniceros para depositar la ceniza de los cigarrillos. Después de estudiar toda la información, todos los miembros de la comisión estuvieron de acuerdo en que las evidencias contra el cigarrillo eran abrumadoras; sin embargo, no todos decidieron dejar de fumar. Varios de ellos habrían de sufrir las consecuencias de sus hábitos, como atestigua el siguiente párrafo extraído del libro The Cigarette Century (El siglo del cigarrillo), escrito por Allan Brandt:
“Al año siguiente a la publicación del informe, a Fieser, el fumador más empedernido de la comisión, se le diagnosticó cáncer de pulmón. Después que le hubieron extirpado un pulmón, escribió a sus colegas: “Ustedes quizás recuerden que, aunque estaba totalmente convencido por la comisión, continué fumando mucho durante todas las deliberaciones de la misma e invoqué todas las excusas acostumbradas […] Mi caso parece ser más convincente que todas las estadísticas”. Sufriendo también de enfisema, del corazón y bronquitis –todas enfermedades ligadas con el informe sobre el tabaco–, Fieser abandonó el cigarrillo de una vez por todas. E instando a su colega Cochran a que también abandonara el vicio del tabaco, le escribió: “Le recomiendo el abandono total del cigarrillo porque, ciertamente, usted se va a sentir mejor”. Y a su colega de Harvard, le dijo: “No he fumado desde el 27 de agosto y no me parece que la abstinencia resulte insoportable”. La enfermedad y la amenaza de muerte inminente lo convencieron con un poder que el más amplio conocimiento de la información jamás podrá igualar” (pp. 229, 230).
La libertad de elección significa también libertad para cometer errores. Por extraño que pueda parecer, la celebración de la elección tiene que incluir la posibilidad de tomar decisiones equivocadas. Es posible que nos parezca difícil celebrar la capacidad de tomar una decisión errónea, hasta que consideramos la otra cara de la moneda que permite tomar buenas decisiones. Es ahí donde la decisión fundamental de creer en Dios es tan importante, porque Dios, tal como se lo presenta en la Biblia, ha ofrecido a todos la elección de Jesús como Salador personal. “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Es sabido que muchos de nuestros hábitos inciden directamente en la cantidad de tiempo que esperamos vivir. Cuán importante consideramos una práctica en nuestro estilo de vida, es una decisión personal de significativas consecuencias.
Mi esposa y yo hemos decidido ser vegetarianos porque lo consideramos un estilo de vida saludable, y nuestros tres hijos han adoptado ese estilo de vida con diversos grados de aceptación. Para ellos está claro que tal elección ofrece el mayor potencial para una vida larga y feliz; sin embargo, los jóvenes no siempre consideran la salud tan preciosa como la consideramos los de más edad.
Los doctores Nedra Belloc y Lester Breslow, del Departamento de Salud Pública de la Universidad de California, en Berkeley, se encontraban entre los primeros investigadores en presentar evidencias convincentes sobre los hábitos de vida que promueven la longevidad. En su estudio clásico de 6,928 residentes adultos del Condado de Alameda, California, descubrieron siete hábitos que influyen positivamente en longevidad de una persona. Estos son:

  • Sueño adecuado (siete u ocho horas por noche).
  • No comer entre comidas.
  • Tomar diariamente un desayuno nutritivo.
  • Mantener el peso recomendado en relación a nuestra altura, estructura ósea y edad.
  • Actividad física regular.
  • Evitar las bebidas alcohólicas (nosotros estamos convencidos de que la abstinencia total es lo mejor).
  • No usar nada de tabaco.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: