Posteado por: Lilliam A Garcia | abril 6, 2010

Leccion 2 El poder de elección Comentario de EGW

Lecciones de Escuela Sabática

Abril – Junio 2010

Sábado 3 de abril

Que nadie permita que el mundo lo convierta; manténgase firme la profesión de fe y los principios religiosos sin rechazar la luz que se recibe. La religión personal no puede quedar bajo el control de otros. Si se honra la cruz de Cristo, esa cruz devolverá la honra. Que nadie se compre ni se venda por temor a las cosas desagradables que otros puedan hacerle; que nadie dependa de la conciencia de otro. Cristo murió para dar a los seres humanos independencia moral y libertad para ejercitar las habilidades dadas por Dios. Sus siervos no deben ser limitados por ninguna persona o concilio, a menos que éstos den una clara evidencia que son dirigidos por el Espíritu de Dios.

Dios nos ha dado todo lo que poseemos; todo le pertenece. Y no debemos sentarnos a los pies de ningún ser humano para obedecer sus órdenes porque Dios nos ha hecho individuos morales libres. Nos pide que mantengamos nuestra independencia moral y que no establezcamos lazos que nos aten a otro ser humano. Ningún poder en la tierra debiera controlar nuestra conciencia. Solamente el Espíritu Santo, que es la voz de nuestro Abogado en las cortes celestiales, debe obrar sobre nuestras mentes cuando escuchamos sus fervientes llamados (The Ellen G. White 1888 Materials, p. 1592).

Domingo 4 de abril:
La realidad de la libertad

Nuestros primeros padres, a pesar de que fueron creados inocentes y santos, no fueron colocados fuera del alcance del pecado… Debían gozar de la comunión de Dios y de los santos ángeles; pero antes de darles seguridad eterna, era menester que su lealtad se pusiese a prueba. En el mismo principio de la existencia del hombre se le puso freno al egoísmo, la pasión fatal que motivó la caída de Satanás. El árbol del conocimiento, que estaba cerca del árbol de la vida, en el centro del huerto, había de probar la obediencia, la fe y el amor de nuestros primeros padres. Aunque se les permitía comer libremente del fruto de todo otro árbol del huerto, se les prohibía comer de éste, so pena de muerte. También iban a estar expuestos a las tentaciones de Satanás; pero si soportaban con éxito la prueba, serían colocados finalmente fuera del alcance de su poder, para gozar del perpetuo favor de Dios…

Dios pudo haber creado al hombre incapaz de violar su ley; pudo haber detenido la mano de Adán para que no tocara el fruto prohibido, pero en ese caso el hombre hubiese sido, no un ente moral libre sino un mero autómata. Sin libre albedrío, su obediencia no habría sido voluntaria, sino forzada. No habría sido posible el desarrollo de su carácter… Hubiese sido indigno del hombre como ser inteligente, y hubiese dado base a las acusaciones de Satanás, de que el gobierno de Dios era arbitrario.

Dios hizo al hombre recto; le dio nobles rasgos de carácter, sin inclinación hacia lo malo. Le dotó de elevadas cualidades intelectuales, y le presentó los más fuertes atractivos posibles para inducirle a ser constante en su lealtad. La obediencia, perfecta y perpetua, era la condición para la felicidad eterna. Cumpliendo esta condición, tendría acceso al árbol de la vida…

Mientras permaneciesen fieles a la divina ley, su capacidad de saber, gozar y amar aumentaría continuamente. Constantemente obtendrían nuevos tesoros de sabiduría, descubriendo frescos manantiales de felicidad, y obteniendo un concepto cada vez más claro del inconmensurable e infalible amor de Dios (Conflicto y valor, p. 13).

El Señor puso al ser humano a prueba para que pudiera desarrollar un carácter íntegro, para su propia felicidad y para gloria de su Creador. Adán fue dotado de poderes mentales superiores a cualquier otra criatura creada; eran solo un poco menores que los de los ángeles. Con esa mente podía familiarizarse con las maravillas y glorias de la naturaleza y entender el carácter de su Padre celestial manifestado en sus obras creadas. En el Edén, doquiera miraran sus ojos, podía ver el amor y el poder infinitos de su Padre.

La primera gran lección moral dada a Adán fue la de la abnegación. Las riendas del dominio propio fueron colocadas en sus manos para controlar el juicio, la razón y la conciencia. “Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase. Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 1:15- 17) (Confiontation, p. 12).

Como Supremo Legislador del universo, Dios ha ordenado leyes no solo para el gobierno de todos los seres vivientes, sino de todas las operaciones de la naturaleza. Todo, ya sea grande o pequeño, animado o inanimado, está bajo leyes fijas que no pueden ser desdeñadas. No hay excepciones a esta regla, pues nada de lo hecho por la mano divina ha sido olvidado por la mente divina. Sin embargo, al paso que todo lo que hay en la naturaleza es gobernado por la ley natural, solo el hombre, como ser inteligente, capaz de entender sus requerimientos, es responsable ante la ley moral. Solo al hombre, corona de la creación divina, Dios ha dado una conciencia que comprende las demandas sagradas de la ley divina, y un corazón capaz de amarla como santa, justa y buena. Del hombre se requiere pronta y perfecta obediencia. Sin embargo, Dios no lo obliga a obedecer: queda como ser moral libre (Mensajes selectos, tomo 1, p. 253).

Lunes 5 de abril:
Las consecuencias: Culpa y temor

Después de que Adán y Eva hubieron comido de la fruta prohibida, los embargó un sentimiento de vergüenza y terror. Al principio solamente pensaban en cómo podrían excusar su pecado y escapar de la terrible sentencia de muerte. Cuando el Señor les habló tocante a su pecado, Adán respondió, echando la culpa en parte a Dios y en parte a su compañera: “La mujer que pusiste aquí conmigo me dio del árbol, No es el trabajo lo que degrada a la gente y la lleva a vivir entre los miserables de la sociedad: es el pecado. A Adán, puro e inocente, y recién creado por la mano divina, le fue dado un trabajo, y ese trabajo no lo degradaba. Mientras realizaba su obra, nunca pensaba en esconderse de Dios sino todo lo contrario: tan pronto como sentía su presencia en el jardín se apresuraba para acortar la distancia entre él y su Hacedor y ¡qué preciosa comunicación tenía con él! Pero después de haber pecado, el temor lo hacía pensar que cada sonido que escuchaba era la presencia del Creador, a quien no quería ver, sino trataba de esconderse de él. “Y llamó Jehová Dios al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y escondíme. Y díjole: ¿Quien te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del que yo te mande no comieses?”. Esa era la razón: había desobedecido el mandato divino y la luz que lo rodeaba como un manto había desaparecido; se sentía desnudo y tenía temor de encontrarse con Dios. El pecado es la única desnudez, la única degradación, la única deshonra que podemos conocer. Es la única cosa que puede hacernos sentir temor de encontrarnos con Dios.

Después de haber transgredido el mandato divino, los primeros seres humanos no pudieron comer más del árbol de la vida, pues el hacerlo hubiera prolongado una vida de pecado. Sin embargo Cristo ha prometido: “Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios”. “Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad” (Apocalipsis 2:7; 22:14).

Dios envió a Cristo al mundo para redimimos del pecado: ¿rechazaremos participar de la sociedad con el unigénito Hijo de Dios? El pecador tiene el privilegio de reconocer a Cristo como su adorable y divino hermano, pero esa relación no puede mantenerse si se continúa pecando. En cambio, si echamos nuestra carga de pecado sobre Cristo, él removerá nuestra culpa e iluminará nuestra mente con los brillantes rayos de su justicia. Entonces ya no sentiremos los requerimientos de Dios como cardos y espinas que lastiman nuestra carne, sino que los consideraremos como señales que nos permiten descubrir los engaños satánicos. La verdad santificará al receptor y se producirá un maravilloso cambio. Todos los prejuicios, los celos y los obstáculos que hacían la vida miserable, se desvanecerán (Review and Herald, 26 de enero. 1897)

Después de que Adán y Eva hubieron comido de la fruta prohibida, los embargó un sentimiento de vergüenza y terror. Al principio solamente pensaban en cómo podrían excusar su pecado y escapar de la terrible sentencia de muerte. Cuando el Señor les habló tocante a su pecado, Adán respondió, echando la culpa en parte a Dios y en parte a su compañera: “La mujer que pusiste aquí conmigo me dio del árbol, y comí”. La mujer echó la culpa a la serpiente, diciendo: “La serpiente me engañó, y comí” (Génesis 3:12, 13). ¿Por qué hiciste la serpiente? ¿Por qué le permitiste que entrase en el Edén? Esas eran las preguntas implicadas en la excusa de su pecado, haciendo así a Dios responsable de su caída. El espíritu de justificación propia tuvo su origen en el padre de la mentira y ha sido exhibido por todos los hijos e hijas de Adán. Las confesiones de esta clase no son inspiradas por el Espíritu divino y no serán aceptables para Dios. El arrepentimiento verdadero induce al hombre a reconocer su propia maldad, sin engaño ni hipocresía (El camino a Cristo, pp. 39, 40).

Martes 6 de abril:
Elecciones buenas y malas

El pecado de Adán y Eva los colocó bajo la penalidad de la ley y fueron sentenciados a morir, porque la paga del pecado es muerte. Sin embargo Cristo declaró: “Yo voy a tomar el lugar de Adán para pagar por él la penalidad de su pecado. El tendrá otra oportunidad y otra prueba. Podrá ejercitar el poder de elegir que Dios le ha dado y será juzgado de acuerdo a su elección”.

Por treinta y tres años el unigénito Hijo de Dios vivió entre los hijos de los hombres y llevó la carga de nuestros pecados aunque no había conocido pecado. Completó la obra que había venido a cumplir e hizo propiciación por los pecados de todos los que creen en él. El inocente fue condenado para que por sus méritos los culpables sean declarados inocentes (Atlantic Union Gleaner, 19 de agosto, 1903).

El tentado necesita comprender la verdadera fuerza de la voluntad. Ella es el poder gobernante en la naturaleza del hombre, la facultad de decidir y elegir. Todo depende de la acción correcta de la voluntad. El desear lo bueno y lo puro es justo; pero si no hacemos más que desear, de nada sirve. Muchos se arruinarán mientras esperan y. desean vencer sus malas inclinaciones. No someten su voluntad a Dios. No escogen servirle.

Dios nos ha dado la facultad de elección; a nosotros nos toca ejercitarla. No podemos cambiar nuestros corazones ni dirigir nuestros pensamientos, impulsos y afectos. No podemos hacemos puros, capacitados para el servicio de Dios. Pero sí podemos escoger el servir a Dios; podemos entregarle nuestra voluntad, y entonces él obrará en nosotros el querer y el hacer según su buena voluntad. Así toda nuestra naturaleza se someterá a la dirección de Cristo.

Mediante el debido uso de la voluntad, cambiará enteramente la conducta. Al someter nuestra voluntad a Cristo, nos aliamos con el poder divino. Recibimos fuerza de lo alto para mantenemos firmes. Una vida pura y noble, de victoria sobre nuestros apetitos y pasiones, es posible para todo el que une su débil y vacilante voluntad a la omnipotente e invariable voluntad de Dios (El ministerio de curación, pp. 131, 132).

Dios ha dotado a los seres humanos con facultades intelectuales y con la capacidad de razonar, pero si éstas no son entrenadas y cultivadas, los individuos pueden llegar a ser como los salvajes. La mente debe ser cultivada, y los maestros deben subrayar, línea sobre línea y precepto tras precepto, la verdad de que somos agentes morales libres y que debemos ejercer con responsabilidad ese privilegio para cooperar con Dios. Dios obra en la mente con la luz de la verdad, y esa mente iluminada es capaz de diferenciar entre la verdad y el error. Si la mente se abre para recibir la luz de la verdad y no se ajusta a los prejuicios, las opiniones y las tradiciones humanas, verá claramente la verdad que proviene de Dios, y no se confundirá creyendo que la mentira es verdad y que las tinieblas son luz. El Espíritu revela a la mente iluminada las cosas de Dios y hace sentir que la presencia divina está cerca. Cuando el corazón se abre a Jesús y la mente responde a la verdad, el Señor viene a morar en el alma. El poder del Espíritu obra en el corazón y las inclinaciones son dirigidas hacia Jesús. Cuando el cristiano, por la fe, depende plenamente del poder divino, dejará que Dios obre en él su divina voluntad. Tan pronto como el alma resuelve actuar de acuerdo con la luz que ha recibido, el Espíritu toma las cosas de Dios e ilumina el alma (Signs of the Times, 12 de febrero, 1894).

Miércoles 7 de abril:
La elección y la generación siguiente

En sus advertencias, Dios no declaró que los hijos sufrirían por los pecados de sus padres, sino que el ejemplo de los padres sería imitado por los hijos. Si los hijos de padres impíos sirven a Dios y hacen justicia, serán recompensados. Pero los efectos de una vida pecaminosa por parte de los padres a menudo son heredados por los hijos, porque éstos siguen en los pasos de sus progenitores. Un ejemplo pecaminoso tiene su influencia de padre a hijo y hasta la tercera y cuarta generación. Si los padres tienen un apetito depravado, prácticamente en cada caso se reproducirá en sus hijos. Lo mismo ocurre con el carácter: si los padres son rebeldes contra las leyes divinas, los hijos seguirán el mismo curso de acción. En cambio, si los padres son temerosos de Dios y respetan y honran sus mandamientos, su ejemplo será seguido por sus hijos y por los hijos de sus hijos. De esta manera su influencia pasa de generación en generación (Signs of the Times, 3 de junio,1880).

Que todos, tanto jóvenes como adultos, recuerden que cada violación de las leyes de la vida traerá sus resultados negativos, tanto en las energías físicas como en las mentales. Y esos resultados no se limitarán al culpable; sus efectos se verán en su descendencia y los males heredados pasarán hasta la tercera y cuarta generación (Signs of the Times, 2 de marzo, 1882).

La Biblia declara que los pecados de los padres recaen sobre sus hijos hasta la tercera y cuarta generación. Muchos se preguntan el por qué de esta declaración, pero en realidad puede ser fácilmente entendida. El padre que siembra iniquidad está enseñando a sus hijos a sembrar iniquidad, porque lo que ven y escuchan sus hijos traerá una cosecha de maldad, a menos que sus corazones cedan a las influencias divinas fuera de su propia familia. Los que se atreven a desafiar a Dios y vivir en la impiedad, están sembrando incredulidad e impenitencia que se extenderá más allá de su propia generación. Sus hijos se rebelarán contra la religión y continuarán con los hábitos y prácticas impías de sus progenitores. Y cuando alcancen la madurez serán incrédulos, rebeldes hacia Cristo y hacia la ley divina (Signs of the Times, 27 de abril, 1891).

El descuido y negligencia de los padres se puede perpetuar de generación en generación. Los males no corregidos en un niño pueden repetirse en los hijos de sus hijos. Padres, pensad que el pecado acariciado por un hijo al que no se corrige puede arruinar familias hasta la tercera y cuarta generación. Permitir que un hijo crezca con tendencias malas sin ayudarle a corregirse es un mal que no puede anularse posteriormente. En cambio, cuando se los cría con la disciplina y amonestación del Señor, se realiza una obra que dará h t o en la eternidad (Signs of the Times, 11 de diciembre, 1901).

Jueves 8 de abril:
Elecciones y oportunidades

… No todos estamos hechos de la misma manera, y muchos no han sido educados correctamente. Su educación ha sido deficiente. Algunos han recibido como herencia un carácter iracundo, y la educación que recibieron en la infancia no les enseñó a tener dominio propio. A menudo los celos y la envidia se hallan unidos a la iracundia. Otros fallan en otros sentidos. Algunos son deshonestos en sus transacciones comerciales. Otros gobiernan sus familias arbitrariamente: les gusta dominar. Sus vidas están lejos de ser correctas. Su educación ha sido totalmente equivocada. No se les dijo que era pecado someterse a esos rasgos depravados; por lo tanto, el pecado no les parece tan pecaminoso. Otros, cuya educación no ha sido tan defectuosa, que han tenido una preparación mejor, han desarrollado un carácter mucho menos objetable. La vida cristiana de todos está muy afectada, para bien o para mal, por su educación anterior.

Jesús, nuestro abogado, está al tanto de todas las circunstancias que nos rodean, y trata con nosotros de acuerdo con la luz que hemos recibido y la situación en medio de la cual nos encontramos. Otros están en condiciones mucho mejores. Mientras algunos están continuamente acosados, afligidos y en dificultades por causa de algunos desgraciados rasgos de carácter, y tienen que luchar con enemigos internos y la corrupción de su propia naturaleza, otros no tienen la mitad de los conflictos que tienen que enfrentar aquéllos. Viven casi libres de las dificultades que tienen que encarar sus hermanos y hermanas que no han sido tan favorecidos. En muchísimos casos no tienen que hacer ni siquiera la mitad del esfuerzo que hacen algunos infortunados que acabo de mencionar, para vencer, y vivir la vida cristiana. Aparentemente éstos están en desventaja casi todo el tiempo, mientras los otros parece que se comportan mucho mejor, porque les resulta natural hacerlo. Es posible que no hagan la mitad del esfuerzo que hacen los otros para estar atentos y someter su cuerpo, y al mismo tiempo comparan sus vidas con las de los que están mal constituidos y han recibido una educación deficiente, y se sienten satisfechos con el contraste. Hablan de las fallas, los errores y las equivocaciones de los infortunados, pero no se dan cuenta de que ellos no tienen otro problema fuera del de referirse a esos errores y despreciar a los que son culpables de ellos (Testimonios para la iglesia, tomo 2, pp. 68, 69).

Aquellos que están tratando de conocer la verdad y comprender la voluntad de Dios, que son leales a la luz y celosos en el desempeño de sus deberes diarios, seguramente conocerán de la doctrina porque serán guiados a toda verdad. Dios no promete, por los actos magistrales de su providencia, traer irresistiblemente a los hombres al conocimiento de la verdad, cuando ellos no la buscan y no tienen deseos de conocerla. Los hombres tienen el poder de apagar el Espíritu de Dios; queda con ellos la facultad de elegir. Se les otorga libertad de acción. Pueden ser obedientes mediante el nombre y la gracia de nuestro Redentor, o pueden ser desobedientes y hacerse cargo de las consecuencias. El hombre es responsable de recibir o rechazar la verdad sagrada y eterna. El Espíritu de Dios está continuamente convenciendo, y las almas se están decidiendo a favor o en contra de la verdad (Testimonios para la iglesia, tomo 3, p. 470).

Viernes 9 de abril:
Para estudiar y meditar

Mensajes selectos, tomo 1, pp. 110- 114.

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