Posteado por: Lilliam A Garcia | marzo 29, 2010

Libro Complementario Leccion 1 ¡Alabad a Dios, fuente de toda bendición!

Capítulo 01

Richard W. O’Ffill

 Lo que importa es lo que usted es

 “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; […] Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pon­gáis por obra” (Ezequiel 36:26, 27).

Era sábado de mañana, y yo estaba de visita en esa iglesia. La maestra de la clase de Escuela Sabática estaba hablando acerca del Espíritu Santo. Ella dijo: “Oremos para que el Espíritu Santo sea derramado”.

Con una sonrisa, levanté la mano: “Ya se está derramando”, sugerí. “Oremos a fin de que lo recibamos”.

En los últimos años, el ministerio del Espíritu Santo parece haber llegado a ser patrimonio de los carismáticos, quienes se encargan de ser los que deciden quién tiene al Espíritu Santo y quién no. Rara ellos, todo tiene que ver con los dones del Espíritu. Han dado prioridad a los dones, y si una persona no posee el don que ellos consideran como el más importante, declaran que esa persona no tiene al Espíritu Santo. Me agrada lo que decía mi padre: que no debíamos hablar de los dones del Espíritu Santo hasta que hablásemos acerca del fruto del Espíritu.

Muchos –incluyéndome– anhelamos que el Salvador regrese, y es­tamos ansiosos por hacer cualquier cosa que apresure su venida. No obstante, se corre el riesgo de que aquello que esperamos que sea un medio para alcanzar un fin llegue a constituirse en un fin en sí mismo. Más todavía: puede llegar a ser la prueba que distinga entre quienes han “llegado” en la vida cristiana, y aquellos que “no han llegado” todavía.

A menudo oigo a personas que expresan la convicción de que de­beríamos estar sanando a los enfermos, echando fuera demonios y rea­lizando otros actos sobrenaturales que fueron hechos por los miembros de la iglesia primitiva. He notado que algunos que desean realizar mi­lagros, en realidad anhelan, básicamente, tener poder. El poder es algo bueno, pero pertenece a Dios, y no a nosotros. Podemos desearlo, y orar pidiéndolo, pero no podemos demandarlo cuándo y dónde lo quera­mos. Dios es quien decide el tiempo y el lugar. Jesús prometió: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en todo Judea, en Samaría y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8). La evidencia indica que el Espíritu Santo ya se está derramando. Y se nos anticipa que este derramamiento irá en aumento, al acercarnos al término del tiempo de gracia.

Jesús confrontó a los que pretendían ver señales y milagros como una condición para creer en él. Cuando algunos de los escribas y los fariseos le pidieron una señal, él les respondió: “La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás” (Mateo 12:39). Jesús enseñó que hay algo más importante que los milagros; algo más espléndido que lo espectacular.

Yo soy hijo de un pastor adventista. Recuerdo lo que significaba ser adventista del séptimo día cuando era niño. En ese entonces, ser adven­tista comportaba un estilo de vida. Se nos consideraba como un pueblo que no fumaba, no bebía, no usaba joyas, no concurría a los cines ni a los bailes, y que guardaba el sábado. Y guardar el sábado significaba que no escuchábamos la radio, no mirábamos televisión, no leíamos los diarios, no íbamos al trabajo y no comprábamos ni vendíamos.

Mi padre no nos permitía mirar revistas cómicas, no escuchábamos por la radio jazz o programas con asesinatos, y tomábamos en serio el tema de la salud. No fumábamos ni tomábamos bebidas alcohólicas. El café, el té y la Coca-Cola no se permitían. No usábamos mostaza, vina­gre o pimienta negra. Por supuesto, no comíamos carne.

Tuve la buena fortuna de asistir a una escuela de iglesia, una aca­demia (colegio secundario) y al colegio superior; todos adventistas. En aquellos días, un estudiante podía ser expulsado o suspendido por asis­tir al cine, por tomar de la mano a una chica y por no cumplir con el código de vestimenta, y por supuesto, por fumar o beber. En otras pa­labras, si me hubiesen preguntado, en ese entonces, qué significaba ser adventista del séptimo día, yo les hubiera dado una larga lista de cosas que no hacíamos, porque esa era la manera en que lo veíamos.

Habiendo dicho esto, me gustaría afirmar que no me arrepiento acerca de vivir ese estilo de vida. No creo que estuviésemos equivocados cuando enseñábamos que no debíamos consumir cerdo. Pero, mirando hacia atrás, veo que deberíamos haber enfatizado el ser bondadosos.

No estábamos equivocados en predicar acerca del séptimo día como el sábado y que Dios espera que lo honremos, guardándolo como día santo. Pero deberíamos, también, haber enfatizado el no ser mez­quinos.

No, no estábamos equivocados; tal vez, éramos estrechos y super­ficiales, pero no equivocados.

Creer, hacer… y ser

Cuando llegábamos a ser miembros de la iglesia en ese entonces –y, con frecuencia, también ahora–, se daba por sentado que habíamos “nacido de nuevo”. En los buenos viejos tiempos, una persona podía ser un adventista en regla y no haber nacido de nuevo. El adventismo era una cuestión acerca de creer y hacer, y no se daba mucho énfasis en el ser. Todo lo que debíamos hacer era cumplir las reglas. Los padres bautistas dirán cuan felices están porque el domingo pasado Juancito “fue salvo”. Los padres adventistas, generalmente, dicen cuan felices están porque el sábado pasado Marta fue bautizada.

Cuando se percibe la esencia de la vida cristiana como si consistiera en no hacer cosas, estamos en dificultades. Aunque la obtención de la victoria sobre el pecado es fundamental para una vida en Cristo, es vital que haya algo más que eso. Jesús previno:

“Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. [La vida del hombre es limpia exteriormente, pero no está llena de las cosas de Dios]. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado viene a ser peor que el primero” (Mateo 12:43-45).

Aunque la primera obra del evangelio en la vida debe ser la lim­pieza del pecado, esta obra es solo una preparación para lo que viene después: ser llenos del Espíritu Santo. “Os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne [el nuevo nacimien­to]. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu” (Ezequiel 36:26, 27).

La promesa, en estos versículos, consta de dos componentes. El primero es que Dios nos dará un espíritu nuevo, es decir, un nuevo “yo”. Como explicó Jesús a Nicodemo, debemos nacer de nuevo. (Ver Juan 3:3.) El resto de la promesa afirma que, cuando hemos nacido de nuevo, Dios pondrá su Espíritu dentro de nosotros, para que more en el nuevo yo. El apóstol Pablo escribió:”Si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17; la cursiva fue añadida).

Si Dios ha de morar en nosotros, debe tener una habitación. Antes de que soplara su espíritu de vida en Adán, tuvo que crear un cuerpo para alojarlo. Israel tuvo que construir un Tabernáculo, y más tarde el Templo, con el fin de que fuera la morada de Dios. Él nos ha dado un corazón nuevo y puso un Espíritu nuevo dentro de nosotros, como con­dición indispensable para morar en nosotros.

Tristemente, el plan original de Dios para la humanidad fue frus­trado. La vida, la muerte y la resurrección de Jesús tuvieron la intención no solo de quebrar el poder del pecado, sino también de recrear una morada de la cual se pudiera decir:”El reino de Dios está entre vosotros” (Lucas 17:21).

Cuando Jesús caminó sobre esta tierra como un hombre, estuvo personalmente con sus discípulos. Sin embargo, no fue hasta Pentecos­tés que se cumplió la promesa de Juan 14:16 y 17: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros”. Otro pensamiento maravilloso y solemne se expresa en 1 Corintios 6:19 y 20:”¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espí­ritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”.

Aunque el abstenerse de fumar o de beber, de ir al cine y de bailar, omitir la mostaza/el vinagre y la pimienta negra de nuestra dieta, y ado­rar en sábado y seguir un código de vestimenta, sean todas cosas loables, ninguna de estas requiere que hayamos nacido de nuevo ni que seamos seguidores de Cristo. La mayoría de los Hare Krishna son vegetarianos totales. Un verdadero cristiano es aquel cuyo corazón no solo ha sido barrido y limpiado, sino también ha sido lleno, de una manera miste­riosa y maravillosa, con el Espíritu Santo. Si comprendemos esta verdad, y cuando lo hacemos, el efecto en nuestras vidas personales, nuestras familias y, posteriormente, en la vida de la iglesia, será inmediato.

Al dar la bienvenida al Espíritu Santo y al comenzar él su obra, el fruto espiritual comenzará a crecer en nuestras vidas, produciendo, en esencia, el mismo carácter de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Co­nocemos bien las cualidades espirituales enumeradas en Calatas 5:22 y 23:”Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”. No obstante, esta lista no es exhaustiva. Hay otras cualidades espirituales también, tales como las que se enumeran en 1 Timoteo 6:11; Romanos 5:3 al 5; 2 Timoteo 3:10; y 2 Pedro 1:5 al 7.

El factor decisivo

Los que afirman ser seguidores de Jesús pero no producen este fruto serán arrancados y echados afuera (Juan 15:2). Jesús también de­claró que por cuanto muchos profesarán ser sus seguidores (Mateo 7:21, 22), el factor decisivo no será lo que ellos “profesan” creer, ni siquiera los trabajos que hacen, sino más bien la clase de personas que ellos son (Mateo 12:33).

Por ejemplo, un texto generalmente usado como pauta para enun­ciar la forma en que una mujer debe vestirse contiene mucho más que un código de vestimenta; nos asegura que la vida del cristiano no co­mienza en el exterior sino, más bien, en el interior. “Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios” (1 Pedro 3:3, 4).

Considerando las cosas a las cuales, como adventistas del séptimo día, antes dábamos énfasis, Jesús podría decirnos: “Estas cosas deberías haber hecho, sin dejar de hacer las otras”. Nuestro estilo de vida no requiere tanto de una transformación del corazón sino de un cambio de actitud. La morada del Espíritu Santo no disminuye el impacto de la letra de la Ley en nuestras vidas, pero nos asegurará que tenemos el es­píritu de la Ley. Mientras que las personas pueden guardar la letra de la Ley sin poseer la morada interior del Espíritu Santo, los que realmente tienen al Espíritu en sus corazones no solo guardarán la letra de la Ley, sino también el espíritu de la Ley.

Hasta cierto punto, podemos estar cosechando el contragolpe de un evangelio superficial que parece cambiar el exterior pero deja vul­nerable el corazón, al estar ocupado por actitudes que, como en el caso de los fariseos, pueden hacer que nuestro mensaje signifique un pesado yugo y exponga cierta hipocresía.

Aquellos que han sido no solo “barridos” y “limpiados”, sino tam­bién han llegado a ser la morada del Espíritu Santo y, como resultado, han manifestado los frutos en su vida, serán los que recibirán el sello de Dios.

Mientras oramos por el derramamiento de la lluvia tardía, debemos ser conscientes de que este don se dará con un propósito especial: preparar a un pueblo viviente para encontrarse con un Señor viviente. Y será dado solo a aquellos cuyas vidas exhiben amor, gozo, paz, paciencia, benig­nidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Darnos cuenta de esto debería inspirarnos a contemplar y a orar por el fruto del Espíritu.

La vid verdadera

He notado que algunas personas se sientan alrededor de una mesa y comienzan a conversar sobre temas espirituales, tal vez, cómo vivir una vida cristiana siguiendo los números. A menudo hay discusiones acaloradas acerca de la naturaleza de Cristo, el mensaje de salud, el sig­nificado de la gracia o cómo atender necesidades percibidas; no obstan­te, generalmente se hace poca referencia al fruto del Espíritu y lo que significa ese fruto en la vida de un cristiano nacido de nuevo. El fruto del Espíritu no es la lista dé deseos del Cielo para el creyente. Más bien, es lo que se otorga a una persona que mora en la Vid, y será el factor de­cisivo para aquellos que finalmente serán salvos. Jesús dejó poco lugar para discutirlo, cuando declaró:

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Toda rama que en mí no da fruto, la corta; pero toda rama que da fruto la poda para que dé más fruto todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que les he comunicado. Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes. Así como ninguna rama puede dar fruto por sí misma, sino que tiene que permane­cer en la vid, así tampoco ustedes pueden dar fruto si no permanecen en mí. Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí, no pueden ustedes hacer nada. El que no permanece en mí es desechado y se seca, como las ramas que se recogen, se arrojan al fuego y se queman” (Juan 15:1-6, NVI).

Una famosa propaganda comercial de patatas fritas desafía: “¿A que no puedes comer una sola?” ¡Así es con el fruto del Espíritu! Una persona no puede tener uno solo. Nos ayudará a pensar en estas cualidades espirituales considerarlas como los pétalos de una flor. Aunque el abrirse una flor es un proceso, los pétalos se desenvuelven juntos. No podemos llegar a la madurez de estas cualidades todas de una sola vez, pero se desarrollarán una tras otra, con todas las demás. Por ejemplo, una persona bondadosa no será impaciente ni orgullosa.

Probablemente, habrán notado la cantidad de propagandas para productos que pretenden eliminar las arrugas, desarrollar los músculos o de otra manera hacer que una persona se vea diez años más joven. La magia puede venir en una loción o en una máquina para hacer ejerci­cios. Cómprela, úsela y… ¡hete aquí!: ¡has rejuvenecido! Sin embargo, no necesitamos “botox“, sino algo mucho mejor: un corazón nuevo. La vida de Cristo es más que lo que se ve.

Cuando era estudiante en el Colegio Misionero de Washington (ac­tual Universidad Adventista de Washington), tomé una clase de Historia Natural. El curso requería que fuésemos capaces de identificar el árbol por una rama, sin sus hojas. Lamento decir (y mis calificaciones en el curso lo reflejaron) que nunca aprendí a hacerlo. Pero, no habría tenido ningún problema si hubiese podido ver la hoja o el fruto. Aunque la vida cristiana tiene que ver con el hacer (llevar fruto), este hacer será hueco y sin sentido a menos que sea impulsado por el ser. Y esto significa ser transformado por medio de la permanencia del Espíritu de Dios en la persona; cuya primera tarea es convencernos de pecado, luego nos con­cede victorias continuadas sobre el pecado y, finalmente, nos llena con el más maravilloso de todos los dones: el fruto del Espíritu, que, en una sola palabra, es la mente de Cristo.

Cuando vemos el plan de Dios para nuestras vidas, podríamos al principio sentirnos excitados y desafiados, pero más tarde sentirnos abru­mados. No obstante, no hay de qué preocuparse. La promesa es que aquel que comenzó su buena obra en nosotros –llevar fruto– ha prometi­do completarla (Filipenses 1:6). ¡El Espíritu Santo no hace las cosas a medias!

 

Al final de cada uno de los capítulos siguientes, habrá una tarea titulada “Para meditar”. Tiene el propósito no solo de estimular su pensamiento, sino también desafiarlo a visualizar lo que se vaya desarrollando, mientras cultiva el fruto del Espíritu en su vida dondequiera que se encuentre usted en el proceso. Mientras lea el libro, por favor, resista el pensamiento de que todos lo necesitan… menos usted. Piense en las necesidades de su propio corazón. Este punto está expresado en las palabras de un antiguo negro spiritual: “No es mi hermano, no es mi hermana, sino yo, Señor, el que necesita orar”. El fruto del Espíritu debe manifestarse en la iglesia en forma personal, de uno en uno. ¡Y usted debe ser uno de ellos!

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  1. Considerando las cosas a las cuales, como adventistas del séptimo día, antes dábamos énfasis, Jesús podría decirnos: “Estas cosas deberías haber hecho, sin dejar de hacer las otras”. Nuestro estilo de vida no requiere tanto de una transformación del corazón sino de un cambio de actitud. La morada del Espíritu Santo no disminuye el impacto de la letra de la Ley en nuestras vidas, pero nos asegurará que tenemos el es­píritu de la Ley. Mientras que las personas pueden guardar la letra de la Ley sin poseer la morada interior del Espíritu Santo, los que realmente tienen al Espíritu en sus corazones no solo guardarán la letra de la Ley, sino también el espíritu de la Ley.

    Hasta cierto punto, podemos estar cosechando el contragolpe de un evangelio superficial que parece cambiar el exterior pero deja vul­nerable el corazón, al estar ocupado por actitudes que, como en el caso de los fariseos, pueden hacer que nuestro mensaje signifique un pesado yugo y exponga cierta hipocresía.

    Aquellos que han sido no solo “barridos” y “limpiados”, sino tam­bién han llegado a ser la morada del Espíritu Santo y, como resultado, han manifestado los frutos en su vida, serán los que recibirán el sello de Dios.

    Mientras oramos por el derramamiento de la lluvia tardía, debemos ser conscientes de que este don se dará con un propósito especial: preparar a un pueblo viviente para encontrarse con un Señor viviente. Y será dado solo a aquellos cuyas vidas exhiben amor, gozo, paz, paciencia, benig­nidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. Darnos cuenta de esto debería inspirarnos a contemplar y a orar por el fruto del Espíritu.


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