Posteado por: Lilliam A Garcia | marzo 29, 2010

Leccion 1 Comentario de EGW ¡Alabad a Dios, fuente de toda bendición!

Para el 3 de abril de 2010

¡Alabad a Dios, fuente de toda bendición!

Sábado 27 de marzo

Dios nos ha dado a todos alguna tarea que realizar, y al cumplir lo que encontremos en nuestra senda, debiéramos sentirnos felices de saber que somos útiles. Al trabajar, no solo obtendremos fuerza física sino mental. El ejercitar solamente algunos músculos mientras se deja a otros sin ninguna actividad no fortalecerá a estos últimos, así como el utilizar solamente algunas funciones de la mente no fortalecerá a los demás poderes mentales. Cada función de la mente y el cuerpo debe ser ejercitada para que sea desarrollada adecuadamente, y para mantener la salud y el vigor. Cada músculo y cada órgano tienen una tarea que realizar en un organismo viviente y todas las ruedas deben mantenerse en movimiento en la maquinaria humana. El maravilloso trabajo de la naturaleza debe mantenerse activo y balanceado. Si un músculo se desarrolla exageradamente, se perderá la armonía de todo el sistema; por eso se debe realizar una variedad de ejercicios para que se logre un perfecto desarrollo a fin de que cada órgano pueda cumplir la función que Dios le ha designado. Entonces podremos cumplir con el consejo inspirado del apóstol: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos 12: 1) (The Health Reformer, 1 de  julio, 1872).

 

Domingo 28 de marzo:

Nuestro Dios de amor

Jesús rodea a la raza con su brazo humano, al mismo tiempo que con su brazo divino se aferra del Infinito. El es el vínculo que une a un Dios santo con la humanidad pecaminosa; el único que puede poner “su mano sobre nosotros dos” (Job 9:33).

Los términos de esta unidad entre Dios y el hombre en el gran pacto de la redención fueron decididos con Cristo desde la eternidad. El pacto de la gracia fue revelado a los patriarcas. El pacto hecho con Abraham cuatrocientos treinta años antes de que la ley fuese promulgada en el Sinaí, fue un pacto confirmado por Dios en Cristo, y es el mismo evangelio que se nos predica ahora. “Y la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones. De modo que los de la fe son bendecidos con el creyente Abraham” (Gálatas 3:8, 9). El pacto de la gracia no es algo nuevo; existía en la mente de Dios desde la eternidad y por eso se 10 llama el pacto eterno. El plan de redención no fue ideado después de la caída en el pecado como un remedio para el terrible mal. El apóstol Pablo habla del evangelio como “la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe” (Romanos 16: 25, 26) (Signs of the Times, 24 de agosto, 1891).

El propósito y el plan de la gracia existieron desde toda la eternidad. De acuerdo con el determinado consejo de Dios, el hombre debía ser creado, dotado con la facultad de cumplir la voluntad divina. Pero el extravío del hombre, con todas sus consecuencias, no estuvo oculto de la vista del Omnipotente, no obstante lo cual tal circunstancia no detuvo en la realización de su propósito eterno; porque el Señor quería fundar su trono en justicia. Dios conoce el fin desde el principio… Por lo tanto, la redención no fue una improvisación ulterior sino un propósito eterno que habría de cumplirse para bendición no solo del átomo que es este mundo, sino en beneficio de todos los mundos que Dios ha creado (La maravillosa gracia de Dios, p. 129).

Es el privilegio de cada seguidor de Cristo contemplar la gloria de Dios, entender su bondad y saber que es un Dios de infinita misericordia y amor. Jesús dijo: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). Jesús vino para revelar al Padre y mostrar su gloria ante los hijos de los hombres. Nadie está excluido de los privilegios del evangelio. Habiendo dejado su infinita grandeza y su gloria indescriptible para tomar la naturaleza humana y sufrir la humillación, le resultaban triviales e indignas las diferencias de casta y rango que se producían en la sociedad humana, y la exaltación de los que se creían poderosos no tenía influencia sobre su mente. Para quien había venido a cumplir la gran misión de liberar a la raza humana del terrible poder del enemigo, el vivir en la pobreza y la humillación y soportar el reproche y la crítica, le resultaban cosas insignificantes. Por eso, cuando alguien se acercó a él pensando que establecería un reino temporal y honraría a los que le acompañasen en su causa, le respondió: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza” (Lucas 9:58). Jesús había creado los mundos: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Sin embargo, “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:3, 4, 11) (Signs of  the Times, 25 de abril, 1892).

 

 

Lunes 29 de marzo:

El Dios de la gracia

Cristo es el camino, la verdad y la vida, y solamente mediante su gracia puede el ser humano ser justificado. Esa gracia es recibida gratuitamente mediante la fe, y no se la puede alcanzar por obras para que nadie se gloríe. La salvación es un don de Dios mediante Jesucristo nuestro Señor. Muchos, al ver su condición desesperada, se preguntan perplejos: ¿Cómo podremos ser admitidos en el mundo por venir, siendo que esta tierra está maldita y condenada a la destrucción? ¿Cómo podremos entrar en la ciudad de Dios? A ellos debemos señalarles a Cristo, el camino, la verdad y la vida; él es la mística escalera que une la tierra con el cielo.

Después que el enemigo llevó a Adán y Eva al pecado, la conexión entre la tierra y el cielo fue cortada, y si no hubiera sido por Cristo, el camino al cielo nunca hubiera sido conocido nuevamente por la raza humana. Pero, “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Cristo es la mística escalera cuya base se asienta en la tierra y cuya parte superior alcanza el trono del Infinito. Los hijos de Adán no son dejados solos y separados de Dios; tienen acceso al Padre mediante la justicia de Cristo. ¡Que la tierra se alegre, que los habitantes del mundo se regocijen porque Cristo es el puente por el cual se puede cruzar el abismo que el pecado ha producido! ¡Ha logrado unir nuevamente la tierra con el cielo! Los trabajados y cargados pueden llegar a él y hallar descanso para sus almas. Los peregrinos pueden marchar hacia las mansiones que ha preparado para ellos porque un camino ha sido abierto para los redimidos del Señor (Review and Herald, 11 de noviembre, 1890).

El cielo se acerca a la tierra por esa escalera mística, cuya base está firmemente plantada en la tierra, mientras que su parte superior llega al trono del Infinito. Los ángeles están constantemente ascendiendo y descendiendo por esta escalera de deslumbrante resplandor, llevando las oraciones de los menesterosos y angustiados al Padre celestial, y trayendo bendición y esperanza, valor y ayuda, a los hijos de los hombres, Esos ángeles de luz crean una atmósfera celestial en derredor del alma, elevándonos hacia lo invisible y eterno (Conflicto y valor, p. 337).

En su vida terrenal Cristo era diferente a todos los demás seres humanos. Su existencia se caracterizaba por una benevolencia desinteresada y por la belleza de la santidad. La pureza de su amor estaba completamente libre de las manchas del egoísmo y el pecado. Desde el mismo comienzo de su ministerio, aquellos que lo rodeaban podían percibir más claramente el carácter de Dios (Signs of the Times, 23 de septiembre, 1908).

 

 

Martes 30 de marzo:

Una relación de amor

El amor, base de la creación y de la redención, es el fundamento de la verdadera educación. Esto se ve claramente en la ley que Dios ha dado como guía de la vida. El primero y grande mandamiento es: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente”. Amar al Ser Infinito, Omnisciente, con todas las fuerzas, la mente y el corazón, significa el desarrollo más elevado de todas las facultades. Significa que en todo el ser –el cuerpo, la mente y el alma– debe restaurarse la imagen de Dios.

Semejante al primer mandamiento, es el segundo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. La ley de amor requiere la dedicación del cuerpo, la mente y el alma al servicio de Dios y de nuestros semejantes. Y este servicio, a la par que nos constituye en bendición para los demás, nos proporciona a nosotros la más grande bendición. La abnegación es la base de todo verdadero desarrollo. Por medio del servicio abnegado, adquiere toda facultad nuestra su desarrollo máximo. Llegamos a participar cada vez más plenamente de la naturaleza divina. Somos preparados para el cielo, porque lo recibimos en nuestro corazón (La educación, p. 16).

Si los primeros mandamientos son fielmente observados, también serán los otros seis que definen nuestro deber hacia el prójimo. Cuando Dios ocupa el lugar correcto en el trono del corazón, los deberes hacia nuestros semejantes serán cumplidos con fidelidad porque el amor a Dios incluye el amor hacia quienes fueron creados a su imagen y semejanza. “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? (1 Juan 4:20). Cristo enseñó que los últimos mandamientos son tan importantes como los primeros. Los dos grandes mandamientos de los que él habló son los dos grandes principios y provienen de la misma raíz. No se puede guardar el primero y quebrantar el segundo, ni cumplir con el segundo sin hacerlo con el primero (Spirit of Prophecy, tomo 3, pp. 52, 53).

El hogar edénico de nuestros primeros padres fue preparado para ellos por Dios mismo. Cuando lo hubo provisto de todo lo que el hombre pudiera desear, dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:26, 27).

Aquí se nos revela la verdad acerca del origen del hombre. Estas palabras prueban la falsedad de la mentira satánica, reiterada por el hombre, de que la raza humana se desarrolló, etapa por etapa, desde los estratos más bajos del mundo animal. Este es uno de los engaños por medio de los que Satanás busca degradar, ante los ojos humanos, la maravillosa obra de creación de Dios.

Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen”. Y no solamente le dio a la obra de sus manos una forma similar a sí mismo sino una mente capaz de comprender las cosas divinas. Su memoria, su imaginación, su entendimiento, cada facultad de la mente humana, reflejaba la imagen de Dios. Estaba calificado para recibir la instrucción celestial. Poseía una correcta comprensión y un verdadero conocimiento de su Creador, de sí mismo y de sus deberes y obligaciones con relación a la ley de Dios. Su juicio era correcto e imparcial, y su actitud, obediencia y afectos estaban de acuerdo con la razón y la verdad. Podía gozar hasta lo sumo los dones divinos, y cada cosa que miraba o escuchaba era belleza y música que captaban sus sentidos. Sin embargo no fue colocado fuera del alcance de la tentación. Como representante de la raza humana, era un individuo que podía ejercer libre albedrío (The Youth’s Instructor, 10 de agosto, 1899).

 

 

Miércoles 31 de marzo:

Alabar a Dios

El Señor desea que apreciemos el gran plan de la redención, que comprendamos nuestro elevado privilegio como hijos de Dios, y que caminemos delante de él en obediencia y agradecimiento. Desea que le sirvamos en novedad de vida, con alegría cada día. Anhela que la gratitud brote de nuestro corazón porque nuestro nombre está escrito en el libro de la vida del Cordero, porque podemos poner todos nuestros cuidados sobre aquel que cuida de nosotros. El nos ordena que nos regocijemos porque somos la herencia del Señor, porque la justicia de Cristo es el manto blanco de sus santos, porque tenemos la bendita esperanza de la pronta venida de nuestro Salvador.

El alabar a Dios de todo corazón y con sinceridad, es un deber igual al de la oración. Hemos de mostrar al mundo y a los seres celestiales que apreciamos el maravilloso amor de Dios hacia la humanidad caída, y que esperamos bendiciones cada vez mayores de su infinita plenitud. Mucho más de lo que hacemos, debemos hablar de los preciosos capítulos de nuestra vida cristiana. Después de un derramamiento especial del Espíritu Santo, aumentarían grandemente nuestro gozo en el Señor y nuestra eficiencia en su servicio, al repasar sus bondades y sus maravillosas obras en favor de sus hijos (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 240, 241).

Nuestra confesión de su fidelidad es el factor escogido por el Cielo para revelar a Cristo al mundo, Debemos reconocer su gracia como fue dada a conocer por los santos de antaño; pero lo que será más eficaz es el testimonio de nuestra propia experiencia. Somos testigos de Dios mientras revelamos en nosotros mismos la obra de un poder divino. Cada persona tiene una vida distinta de todas las demás y una experiencia que difiere esencialmente de la suya. Dios desea que nuestra alabanza ascienda a él señalada por nuestra propia individualidad. Estos preciosos reconocimientos para alabanza de la gloria de su gracia, cuando son apoyados por una vida semejante a la de Cristo, tienen un poder irresistible que obra para la salvación de las almas (El ministerio de curación, pp. 67, 68).

“¿Cuánto debes a mi amo?” No lo podéis calcular. ¿Hay alguna parte de vuestro ser que no haya redimido? ¿O algo de vuestras posesiones que ya no sea suyo? Cuando lo reclama, ¿lo retenéis egoístamente como vuestro? ¿Lo ocultáis y 10 usáis con otro propósito que el de la salvación de las almas? Por ese proceder millares de almas se pierden.

Elevando la vista al cielo con súplica, presentaos a vosotros mismos a Dios como sus siervos, y todo lo que tenéis, como suyo, diciendo: Señor, de lo tuyo te damos. Considerando la cruz del Calvario, y al Hijo del Dios infinito crucificado por vosotros, comprendiendo tan incomparable amor, tan maravilloso despliegue de gracia, sea vuestra fervorosa pregunta: Señor, ¿qué quieres que yo haga? (En lugares celestiales, p. 222).

A medida que usted ofrece sus ofrendas de agradecimiento, Dios es glorificado, y le da más. A medida que usted rebosa de agradecimiento, él le da más gozo. Aprendemos a alabar a Dios, de quien provienen todas las bendiciones. ¿No comenzaremos aquí, hoy, a dar vuelta la página y a olvidar nuestras murmuraciones, quejas y críticas y a dominar la lengua para decir palabras corteses, y palabras amantes, y palabras de simpatía, y a expresar tierna bondad por cada uno de sus hijos? (Reflejemos a Jesús, p. 277).

 

 

Jueves 1 de abril:

Un “culto racional”

Los malos hábitos y las prácticas equivocadas están acarreando toda clase de enfermedades sobre los seres humanos. Que la educación sea el método para convencer a las personas inteligentes acerca de la pecaminosidad de abusar y degradar las facultades que Dios nos ha dado. Si la razón se vuelve inteligente, y la voluntad es colocada al lado del Señor, se producirá un notable mejoramiento en la salud física. Pero esto no se logrará nunca con la sola fuerza humana. Mediante la gracia de Cristo se harán esfuerzos decididos para renunciar a todas las prácticas y costumbres pecaminosas y para observar la temperancia en todas las cosas. Se debe tener presente la convicción de que es necesario arrepentirse por el pasado y buscar el perdón divino mediante el sacrificio expiatorio de Cristo. Estas cosas deben transformarse en una experiencia diaria; se debe observar una estricta vigilancia y una actitud constante de súplica para que Cristo mantenga cada uno de nuestros pensamientos sometidos a su voluntad; el alma debe recibir su poder regenerador para que, como seres responsables, podamos presentar nuestros cuerpos a Dios como un sacrificio vivo, santo y agradable, lo cual constituye nuestro servicio racional.

¿Lograrán las personas que aseguran creer las verdades solemnes y sagradas que se nos han dado para este tiempo, despertar sus energías adormecidas y colocarse en el lugar donde sus almas puedan absorber cada rayo de luz que brilla en su camino? De cada persona que asegura creer las verdades avanzadas, Dios exige el ejercicio concienzudo cada facultad con el fin de obtener conocimiento. Si hemos de contribuir a la elevación de las normas morales de cualquier país donde se nos pida servir, debemos comenzar por corregir los hábitos físicos de la gente. Un carácter virtuoso depende de la acción correcta de las facultades de la mente y el cuerpo (Consejos sobre la salud, pp. 505, 506).

El conocimiento de cómo comer, beber y vestirse, es esencial para la salud. La enfermedad se produce al violar las leyes de la salud que son las leyes de la naturaleza. Nuestro primer deber hacia Dios, hacia nosotros mismos y hacia nuestros semejantes es obedecer las leyes de Dios, y esto incluye las leyes de la salud. Si nos enfermamos, ponemos una carga pesada sobre nuestros amigos y familiares y no podemos cumplir con los deberes que tenemos con nuestra familia y nuestros vecinos. Y si la muerte llega prematuramente por violar las leyes de la salud, traemos pena y sufrimiento a quienes nos aprecian. Le robamos a Dios, a nuestra familia y a nuestros vecinos, el servicio que debiéramos haberles ofrecido. ¿No es esta, acaso, la peor forma de transgredir la ley de Dios? (Folleto: The Health Reform and the Health Institute, p. 7).

 

 

Viernes 2 de abril:

Para estudiar y meditar

Patriarcas y profetas, pp. 691-695.

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