Posteado por: Lilliam A Garcia | marzo 21, 2010

Lección 13 Porque primero lo primero Libro Complementario

I Trimestre de 2010
Libro Complementario

El fruto del Espíritu Santo
Richard W. O’Ffill

Lección 13

Porque primero lo primero

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33).

Anteriormente en este libro, comenté que había remodelado re­cientemente nuestra sala y comedor. No compartí todos los de­talles. Permítanme comenzar diciendo que me gusta hacer yo mismo las cosas y, si no puedo hacer cierta reparación, no vacilo en pedir a mi hijo menor, que vive cerca, que me dé una mano.
Habíamos vivido en nuestra casa por 25 años, de modo que hacía falta mejorar algunas cosas. El plan era que mi hijo instalaría un piso imitación madera; ese piso que parece madera pero aguanta como el hierro. Luego pondríamos nuevos zócalos, y una capa nueva de pintura sería el toque final.
Rara comenzar el proceso, sacamos la mesa del comedor y el ar­mario de la loza, y yo comencé a quitar los cuadros de las paredes. [De paso, el tipo de construcción en la zona es de un esqueleto de madera, y paneles de placas de madera terciada o similares a ambos lados. (Nota del autor.)]. En el proceso, descubrí una serie de huellas carcomidas so­bre la parte posterior de uno de los cuadros que acababa de retirar. Una inspección de la pared reveló una cantidad de agujeritos donde había estado colgado el cuadro, Ya lo adivinaron: termitas.
Inmediatamente llamé a la compañía exterminadora. (Vale la pena tener cerca una de esas compañías cuando vives en el Estado de Florida.)
Vinieron a la casa e inspeccionaron la pared. Afortunadamente, no en­contraron actividad actual; la colonia debió haberse mudado a otro lugar, con mejores “pastos”… o cuadros más sabrosos. El exterminador hizo al­gunas pequeñas perforaciones a lo largo del zócalo y bombeó veneno en el espacio interior de las paredes, por si acaso. Fin del problema.
Tal vez estoy dando una vuelta grande, pero el punto es que, cuan­do descubrimos el daño hecho por las termitas, el resto de nuestros planes se paralizó totalmente. Cuando descubrimos que las termitas están en las paredes, no cubrimos las paredes con otra capa de pintura. Espero que ya hayan notado la similitud que hay entre las acciones que tomamos cuando encontramos el daño hecho por las termitas y el título de este capítulo, que es el último de este libro.
¿Ha realizado alguna vez una presentación a un grupo de ado­lescentes? ¡Qué experiencia maravillosa y desafiante! Hace unos pocos años, estaba dirigiendo una semana de oración en una iglesia, y me invitaron a hablar a los jóvenes de una escuela secundaria local durante la hora de Cultura General. Hablar a adolescentes es un verdadero de­safío. Me pregunté de qué podría hablarles, que despertara su interés. No siempre es fácil mantener la atención de estos jovencitos cuando se habla de cosas espirituales.
Tuve una idea que me pareció que podría ser apropiada; así que, cuando me levanté para hablar, anuncié que les iba a dictar tres breves seminarios. Ya que la gente de negocios gasta grandes sumas de dinero para asistir a seminarios en que aprenden a ganar más dinero, yo les da­ría un seminario gratuito acerca de cómo perder dinero. Nunca habían oído hablar de esto, de modo que obtuve de inmediato su atención. Tal vez usted esté interesado, también, en conocer algo de esto. Después de todo, nunca somos demasiado viejos para aprender cosas nuevas.
Comencé mi primer seminario señalando que una manera de per­der dinero es descuidándolo. Tarde o temprano, la inflación erosionará su valor. Pon tu dinero bajo el colchón, y el año que viene valdrá menos. Una vez, tuve un billete sudamericano que había valido 37 mil dólares hacía solo siete años atrás, antes de que la moneda se devaluara. Sin embargo, cuando yo lo conseguí, valía solo tres centavos de dólar.
Otra manera de perder dinero es abandonarlo: el que lo encuentra lo guarda; y el que lo perdió, llora. Deje el dinero por allí, y pronto desaparecerá.
Una tercera manera de perder dinero es, sencillamente, malgas­tarlo. Fin del seminario número uno. Todo el tiempo los adolescentes habían escuchado cuidadosamente.
Luego, anuncié mi segundo seminario gratuito sobre cómo perder a una amiga especial. De más está decir que todos se sentaron derechos para escuchar este seminario. Se puede perder a una amiga especial, les dije, de la misma manera en que pierdes el dinero: descuidarla, abando­narla o ser infiel a ella. Fin del seminario número dos.
A esta altura estaban conmigo, y parecían ansiosos de escuchar de qué trataba el tercer seminario. El último seminario, les dije, era cómo perder a Jesús como amigo. Por supuesto, enumeré las mismas maneras que para perder su dinero o su amiga especial: descuido, abandono, in­fidelidad… Fin del seminario tercero. La hora de Cultura General había terminado, y yo estaba satisfecho. La charla había sido buena.
Lo que realmente importa
El sábado siguiente, mientras caminaba por el vestíbulo de la igle­sia, el director de la división de Jóvenes me preguntó si me molestaría hablar a los jóvenes otra vez. Cuando entré a la sala de la Escuela Sabá­tica, les pregunté si me recordaban.
–Sí –me contestaron–, usted habló en la reunión de Cultura Gene­ral el lunes pasado. (Un punto para mí.)
–¿Recuerdan de qué les hablé?
–Sí -respondieron–, nos habló de cómo perder dinero. (Otro punto para mí.)
–¿Cómo es eso? -pregunté.
–Uno lo descuida, lo abandona o lo desperdicia –respondieron. (Ya van tres puntos para mí. Ya empezaba a pensar que debería haber estado en Ministerio Joven.)
–¿Acerca de qué más hablé?
–Nos dijo cómo perder a una amiga especial. (Cuatro puntos.)
–¿Y cómo es eso?
–De la misma manera. (Cinco puntos.)
–¿De qué más hablé?
Silencio en la sala.
–¡Vamos! –les rogué–. Ese era el punto principal de mi charla.
El silencio continuó hasta que alguien dijo:
–No lo recordamos.
Nunca olvidaré mi experiencia de ese día en la división de jovencitos. Tal vez no aprendieron la lección, pero yo sí. Cuando les hablé acerca de perder dinero o a una amiga especial, recordaron todo. Pero, cuando hablé de Jesús, por algún motivo no recordaron nada. Lo que aprendí acerca de la naturaleza humana ese día es que las cosas que recordamos son aquellas importantes para nosotros; y demasiado a menudo estamos interesados en cualquier cosa o en todo, menos en las cosas que realmente importan.
Estudiar el fruto del Espíritu ha sido una experiencia que me cam­bió la vida. Es emocionante saber que no es lo que tengo (mi profesión, mis títulos universitarios, mi cuenta bancaria, mi ropa) sino lo que soy (mi carácter) lo que le importa a Jesús. Jesús en mi corazón significa el fruto del Espíritu en mi vida. Me he dado cuenta de que, para tener el fruto del Espíritu, tengo que poner primero las cosas primeras. Recibir el fruto del Espíritu no es como escribir un título en la computadora y lue­go teclear Enter. Hay pasos que debemos seguir. Estos pasos no se ge­neran solos; más bien, son el resultado de responder al Espíritu. Como aprendimos en el capítulo del control propio, recibir el fruto del Espíritu es una elección que asumimos.”Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13).”Escogeos hoy a quién sirváis […] pero yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15).
El primer paso
A fin de recibir el fruto del Espíritu, primero debemos arrepentirnos. Juan el Bautista pidió a los que venían a él que se arrepintieran y se bautizaran. “En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 3:1, 2).
Jesús comenzó su ministerio con el mismo llamado: “Comenzó Je­sús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17). A menudo hablamos de la necesidad de volver al Pentecostés. Volver al Pentecostés es arrepentirse. En el primer Pen­tecostés, Pedro exhortó a los observadores asombrados: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).
La palabra arrepentirse no cae bien en el siglo XXI, porque implica res­ponsabilidad. Existe una mentalidad que piensa que todo lo malo es falta de otra persona, generalmente los padres. La generación actual podría bien ser aquella a la que se refiere Proverbios: “Hay generación que maldice a su padre, y a su madre no bendice. Hay generación limpia en su propia opinión, si bien no se ha limpiado de su inmundicia” (Proverbios 30:11, 12).
La generación de que se habla en Proverbios parece pensar que cualquier cosa y todas ellas, y cualquiera, menos ellos mismos, puede ser responsable por lo que han hecho y lo que están haciendo. Mientras no pueden caber dudas de que muchos provienen de familias con serias fallas, el llamado a arrepentirse implica que lo que la gente es hoy es lo que han escogido ser; porque había otras opciones.
El llamado al arrepentimiento es el llamado a un nuevo comienzo. El arrepentimiento es lo que usa la gracia para sanar las heridas que el pecado nos ha causado, ya sean pecados cometidos contra nosotros o pecados que hemos cometido. Una de las promesas más maravillosas en todas las Escrituras es la que dice:”Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).
Una vida nueva
Una vida que manifiesta el fruto del Espíritu es una vida nueva, y no puede haber vida nueva mientras la antigua permanezca. Recuerde el antiguo dicho de que no se puede hacer un monedero de seda de una oreja de cerdo. “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, no los maldicientes, ni los estafadores, here­darán el reino de Dios” (1 Corintios 6:10, 11). Eso es una advertencia fuerte, pero note el versículo que sigue: “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (versículo 11; la cursiva fue añadida).
Una noche, durante el momento de testimonios en un culto de reavivamiento que estaba dirigiendo, un hombre se puso de pie y dijo: “Yo solía ser un alcohólico, pero Jesús me dio libertad”. El testimonio de Pablo es cierto.”Tales erais algunos de vosotros”.
Jesús le indicó a Nicodemo que debía nacer de nuevo (Juan 3:3). ¿Cómo se hace esto? Es, ciertamente, un milagro equiparable a la vida misma. Cuando nacimos de nuestras madres, comenzamos a vivir. Cuando Jesús habló de nacer de nuevo, quería decir que debíamos dejar atrás el pasado y comenzar una vida nueva. “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
Usted habrá leído esta historia antes. Se encuentra en Mateo 6:25 al 34. Los discípulos debieron haber expresando preocupaciones por la clase de cosas que nos preocupan hoy, porque Jesús les recomendó que no se preocuparan por cuándo vendría su próxima comida o si podrían comprar la ropa que necesitaban. Les recordó que Dios provee para las plantas y los animales que él creó. “Así que no se aflijan”, afirmó Jesús, “vuestro Padre celestial sabe lo que necesitan”.
El consejo de Jesús -realmente fue una orden- era que los discípu­los no debían poner el énfasis en obtener comida o ropa. No es que esas cosas no tengan su importancia, pero es cuestión de poner primero las cosas primeras. Buscar el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás caerá en su lugar (Mateo 6:33).
Los discípulos podrían haberse preguntado entre sí: “¿Qué quiere significar cuando dice que debemos buscar primero el Reino de Dios? ¿Qué es el Reino de Dios?”
Romanos 14:17 responde esta pregunta. Dice: “El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo”.
Cuando leemos estos textos, nos damos cuenta de que tendemos a estar preocupados con exactamente lo que Jesús dijo que no debíamos preocuparnos. Lo que Jesús quería decir cuando habló de buscar prime­ro el Reino de Dios es que lo más importante en nuestras vidas debería ser estar conectados con Jesús, que es la Vid. Entonces produciremos el fruto del Espíritu, evidencia de esa conexión.
Anteriormente, aprendimos que el fruto del Espíritu llega a ser más visible cuando los tiempos son más difíciles. Esto significa que cuando po­nemos primero las cosas primeras, sabremos por experiencia el significa­do del texto que dice: “A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28). Buscar primero el fruto del Espíritu, entonces, es una situación de ganar o ganar porque, no importa lo que nos suceda, seguiremos creciendo.
Se lo llama el fruto del Espíritu porque es el Espíritu Santo quien siembra las semillas del fruto en nuestros corazones. No podemos hacer que las semillas germinen, pero podemos estimular su crecimiento o ma­tarlas. Tenemos que matar la planta intencionalmente, porque las plantas, en forma natural, procuran crecer. Esa es la forma en que Dios las hizo.
Hablando de estimular el crecimiento del fruto del Espíritu, siento que debo tocar un área importante, aunque sensible. Un libro sobre el cultivo de frutales sería injusto si no señalara algunas de las peores pestes que podrían destruir el fruto. Es probablemente bueno que haya reserva­do esto para el último capítulo. He encontrado que los programas de te­levisión que muchos cristianos miran alimentan exactamente lo opuesto a todo lo que el Espíritu Santo está tratando de hacer en nuestras vidas. No hay nada que afecte el crecimiento del fruto del Espíritu en nuestra vida como la televisión. Si el Señor ha usado este medio para salvar a mi­llares, el diablo también lo ha usado para destruir a decenas de millares. Yo no creo que necesitemos escribir una disertación doctoral para do­cumentar el efecto que tiene la televisión sobre nuestra cultura, nuestra iglesia, nuestros hogares y nuestras vidas espirituales personales.
Si nos saturamos con sexo simulado, mentiras, robos, asesinatos y todo lo demás, no destruirá del todo el fruto del Espíritu; dará como re­sultado el que lleguemos a ser “como metal que resuena, o címbalo que retiñe” (1 Corintios 13:1) o, dicho de otro modo, se tendrá “la apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella” (2 Timoteo 3:5). El fruto del Espíritu no crecerá en un ambiente que es tan evidentemente contrario a los principios para los cuales ha sido dado.
No podemos tener ambas cosas
En uno de mis viajes de predicación, mi huésped me había llevado de regreso a mi habitación en el motel, para la noche. Yo no tenía nada que hacer durante una hora o dos, de modo que decidí mirar televisión. Miré un programa regular de un canal local. Cuando llegó la hora de ir a la cama, me arrodillé y comencé a orar.
Por supuesto, siempre pido llegar a ser más semejante a Jesús. Esta vez, sin embargo, después de haber dicho esas palabras, me detuve donde estaba y decidí que mi oración no. solo era ridícula, sino también insultante. Aquí estaba yo, orando a fin de que pudiera tener al Espíritu Santo en mi vida, cuando durante las últimas horas había estado miran­do programas que eran inconsistentes con lo que le estaba pidiendo que Dios hiciera en mi vida. ¿Cómo podría Jesús contestar mi oración?
Me di cuenta esa noche de que no podía tener ambas cosas. ¿Qué haría con el texto que dice: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Juan 2:15)? Y aún más al punto, era el texto: “¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Santiago 4:4). Además, está lo que escribió Pablo: “Todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad” (Filipenses 4:8).
Querido lector, si ponemos los programas de televisión que general­mente miramos junto al fruto del Espíritu, veremos que algo tendrá que irse. El texto: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?” (2 Corintios 6:14) no se refiere solo a con quién debemos casamos. Esa observación tiene que ver con muchas áreas de nuestra vida.
Para enseñar la verdad eterna, Jesús contó historias de la vida real. Una de ellas es la parábola del sembrador (Marcos 4:3-20). En aquellos días, las semillas no eran sembradas en el terreno con grandes máqui­nas. Primero, se araba el suelo, y luego se esparcían las semillas, es decir, eran tiradas con la mano sobre el suelo. Entonces el área sembrada era rastrillada, de modo que la tierra cubriera las semillas. No es sorpren­dente que cuando se esparcían las semillas algunas cayeran en el ca­mino, junto al campo. Algunas caían a los lados del campo, donde el suelo no se había preparado ni se habían quitado las piedras. Algunas otras caían en lugares que no se habían plantado en años anteriores y se habían llenado de espinas. Pero, la mayor parte de la semilla caía en buena tierra, y de allí vendría la cosecha.
No pretendo ser agricultor, pero tengo unos cajones en mi patio de atrás donde cultivo cebollas, lechuga, repollos y otras verduras. Las cultivo en los meses de invierno, porque el verano es demasiado calu­roso y húmedo para esas plantas. Las malezas son un problema en los cajones de cultivo, igual que en los lugares donde se cultivan flores y en los campos. Si ha cultivado flores y verduras, ¡habrá notado que UN malezas crecen fácilmente y requieren muy poco cuidado!
Para cultivar bien el fruto del Espíritu, las malezas deben ser controladas continuamente.  Como las espinas y los cardos, algunas malezas de la vida espiritual son fáciles de reconocer. Sin embargo, otras pueden ser como los dientes de león, que tienen flores amarillas hermosas y, no obstante, pueden arruinar un césped. Como las malezas, los cuidados de esta vida pueden ahogar el fruto del Espíritu junto con cosas que nos impiden dar prioridad al Reino de Dios y su justicia.
Como cualquier jardín, la vida espiritual ofrece dos desafíos. Uno es luchar contra las malezas, y el otro es nutrir el fruto. Alimentamos el fruto del Espíritu mediante nuestra vida devocional; eso es lo que man­tiene el fruto del Espíritu en buen estado. Por medio de la oración, nos comunicamos con Dios, y por medio de su Palabra, él se comunica con nosotros. Sin la vida devocional, el fruto del Espíritu llega a estancarse, y luego los cuidados de la vida, sencillamente, lo ahogan.
Un llamado al altar
Hemos llegado al final del capítulo, y de este libro. Concluiré con un llamado al altar. Por supuesto, no es un llamado al altar en una igle­sia, pero usted querrá ir a un lugar donde pueda estar solo con Dios, mientras lee los siguientes párrafos.
Lo invito, en primer término, a agradecer conmigo a Dios por su inestimable Don, Jesús. En los días antiguos, ir hacia el altar tenía rela­ción con el arrepentimiento y nacer de nuevo. El arrepentimiento y el nuevo nacimiento no son cosas que hacemos una sola vez en la vida. Tenemos que experimentarlos cada día.
Mi apelación a usted es que examine su corazón, y vea si hay espi­nas y cardos que ahoguen lo que Jesús quiere hacer por usted. Mire en su vida, y asegúrese de que realmente ha nacido de nuevo; es decir, que no está llevando equipaje del pasado. El propósito del evangelio es darnos un nuevo comienzo. Y después de que haya examinado su condición, ¿no querrá unirse conmigo para pedir a Dios que envíe a su Espíritu Santo con el fin de recordarnos poner primero las primeras cosas y hacer crecer cada día, continuamente, el fruto del Espíritu en nuestras vidas?
Nuestro primer campo misionero es nuestro hogar y, desafortuna­damente, es el lugar más difícil para ser cristiano. El enemigo está tra­tando de destruir nuestros hogares. Pero, cuando viene el diablo como una inundación, la promesa es que Dios levantará bandera contra él. Esa bandera es la vida perfecta de Jesús, que en nuestras vidas es el fruto del Espíritu.
El enemigo sigue tratando de dividir y traer confusión. El fruto del Espíritu en nuestras vidas apagará los fuegos de la discordia en nuestros hogares y en la iglesia. Es lo que somos -por medio del Espíritu Santo-lo que importa.
“Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Je­sucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (Hebreos 13:20, 21).


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