Posteado por: Lilliam A Garcia | marzo 14, 2010

Leccion 12 Comentario De EGW El fruto del Espíritu es verdad

Pare el 20 de Marzo de 2010

El fruto del Espíritu es verdad

Sábado 13 de marzo

Jesús dijo: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. Todo lo que había sido hecho y dicho tenía este único propósito en vista: afianzar la verdad en la mente de ellos para que pudieran alcanzar la vida eterna. Jesús no vino para asombrar a los hombres con un gran anuncio sobre algún tiempo especial cuando ocurriría un gran suceso, sino vino para instruir y salvar a los perdidos. No vino para despertar y complacer la curiosidad, pues sabía que eso solo aumentaría el apetito por lo desconocido y lo maravilloso. Su propósito era impartir conocimientomediante el cual los hombres pudieran crecer en fortaleza espiritual y avanzaran por el camino de la obediencia y la verdadera santidad. Solo impartía las instrucciones que podían ser apropiadas para las necesidades de la vida diaria de ellos, solo la verdad que pudiera ser dada a otros de la misma manera. No hizo nuevas revelaciones a los hombres, sino que les abrió el entendimiento a verdades que por mucho tiempo habían sido oscurecidas o tergiversadas por las falsas enseñanzas de los sacerdotes y maestros. Jesús restituyó las gemas de verdad divina a su debido lugar, en el orden en que habían sido dadas a los patriarcas y los profetas. Y después de haberles impartido esa preciosa instrucción, prometió darles el Espíritu Santo por medio del cual deberían recordar todas las cosas que les había dicho (Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 1052).

Domingo 14 de marzo:

“Yo soy… la verdad”

El amor de la verdad tal como es en Jesús significa amar todo lo que está comprendido en la verdad que Cristo enseñó. Esfuércense nuestros maestros por seguir su ejemplo, por albergar su espíritu y simpatía. Ninguno excluya el amor de Cristo de sus labores, sino que cada uno se pregunte: ¿Es mi vida consecuente? ¿Estoy yo guiado por el Espíritu Santo? Es privilegio de cada maestro revelar el poder de un obrero puro, consecuente y amante de Cristo. El maestro espiritualmente dispuesto no tendrá nunca una religión incierta. Si ama verdaderamente el servicio de Cristo, tendrá discernimiento y vida espirituales (Consejos para los maestros, pp. 347, 348).

Dios requiere que cada instrumento humano desarrolle los talentos que la gracia celestial le ha provisto a fin de ser más eficiente en la obra de Dios, a la vez que se le ofrece toda la ayuda para que la santidad, la pureza y el amor cristianos también crezcan. Sus talentos y habilidades pueden multiplicarse mientras están al servicio del divino Maestro. Sin embargo muchos que profesan creer en Jesús, como no crecen, no dan testimonio del poder santificador de la verdad en la vida y en el carácter. Cuando recibimos por primera vez a Jesús en el corazón, no somos más que criaturas en la religión; pero no podemos permanecer en esa etapa en nuestra experiencia cristiana; tenemos que crecer en la gracia y en el conocimientode nuestro Señor y Salvador Jesucristo, para llegar a la plenitud de la estatura de hombres y mujeres en él. Debemos avanzar siempre, obteniendo nuevas y más ricas experiencias en confianza, fe y amor. En vista de las grandes facilidades que ha provisto para nuestro desarrollo, el Señor espera que crezcamos; pero muchos no son más eficientes porque no usan el poder que Dios está dispuesto a darles. Mediante el uso de los talentos todos pueden adquirir tacto, sabiduría y eficiencia. El siervo negligente le devolvió a su señor el talento que le había sido dado, pero su amo le recriminó porque no lo había hecho producir como debía (The Youth’s Instructor, 8 de junio, 1893).

Al concedernos su Palabra, Dios nos puso en posesión de toda verdad esencial para nuestra salvación. Millares han sacado agua de estas fuentes de vida, y sin embargo la provisión no ha disminuido. Millares han puesto al Señor delante de sí, y contemplándolo han sido transformados a su misma imagen. Su espíritu arde dentro de ellos mientras hablan de su carácter, contando lo que Cristo es para ellos y lo que ellos son para Cristo. Pero estos investigadores no han agotado estos temas grandiosos y santos. Millares más pueden empeñarse en la obra de investigar los misterios de la salvación. Mientras uno se espacie en la vida de Cristo v el carácter de su misión, rayos de luz brillarán, más distintamente con cada intento de descubrir la verdad. Cada nuevo estudio revelará algo más profundamente interesante que lo que ya ha sido desplegado. El tema es inagotable. El estudio de la encarnación de Cristo, su sacrificio expiatorio y su obra de mediación, embargarán la mente del estudiante diligente mientras dure el tiempo; y mirando al cielo con sus innumerables años, exclamará: “Grande es el misterio de la piedad” (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 103, 104).

Lunes 15 de marzo:

El Espíritu y la verdad

La ciencia es demasiado limitada para comprender la expiación; el misterioso y maravilloso plan de redención es tan abarcante que la filosofía no lo puede explicar; permanecerá para siempre como un misterio que la razón más profunda no lo podrá sondear. Si la sabiduría finita lo pudiera explicar, perdería su carácter sagrado y su dignidad. Es un misterio que alguien igual al Padre se humillara a sí mismo hasta sufrir la cruel muerte de cruz para rescatar al hombre; y es un misterio que Dios amara al mundo de tal manera que permitiera que su Hijo hiciera este gran sacrificio. El Espíritu Santo exalta y glorifica al Salvador; su misión es presentar a Cristo, la gran salvación que tenemos mediante él, y la elevada pureza de su justicia. Cristo dice de él: “El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 16: 14). El Espíritu de verdad es el único maestro inequívoco de la verdad divina y los que son enseñados por él han entrado en la escuela de Cristo. ¡Cuánto estima Dios a la raza humana que dio a su Hijo para que muriese por ella y les da su Espíritu para ser su maestro y su guía! (Signs of the Times, 24 de octubre, 1906).

Jesús oró por sus discípulos: “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”. “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros”. Anteriormente, les había dado la promesa: “Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad” (Juan 17:17, 21; 16: 13). Es mediante el Espíritu Santo que Cristo presenta más claramente a los creyentes lo que él ha inspirado a los santos hombres de Dios a escribir con relación a la verdad. De esta manera, la unidad por la que él oró, será alcanzada…

Pero por importante que sea alcanzar la unidad, no podemos lograrla dejando de lado algún principio de la verdad, porque esto significaría no obedecer al Espíritu de verdad, quien es el que nos santifica. La sabiduría humana cambiaría la base de la unidad diciendo que es muy limitada; que es necesario tomar en cuenta las opiniones populares para llegar a cierto compromiso con el mundo. Pero es justamente la verdad lo que Dios ha establecido como base para la unidad de su pueblo (Gospel Workers, edición 1892, p. 391).

El Consolador es llamado el “Espíritu de verdad”. Su obra consiste en definir y mantener la verdad. Primero mora en el corazón como el Espíritu de verdad, y así llega a ser el Consolador. Hay consuelo y paz en la verdad, pero no se puede hallar verdadera paz ni consuelo en la mentira. Por medio de falsas teorías y tradiciones es como Satanás obtiene su poder sobre la mente. Induciendo a los hombres a adoptar normas falsas, tuerce el carácter. Por medio de las Escrituras, el Espíritu Santo habla a la mente y graba la verdad en el corazón. Así expone el error, y lo expulsa del alma. Por el Espíritu de verdad, obrando por la Palabra de Dios, es como Cristo subyuga a sí mismo a sus escogidos (El Deseado de todas las gentes, pp. 624, 625).

Dios quiere que aun en esta vida las verdades de su Palabra continúen siempre revelándose a su pueblo. Y hay solo un modo para obtener este conocimiento. No podemos llegar a entender la Palabra de Dios sino por la iluminación del Espíritu por el cual fue dada la Palabra. “Porque el espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios… Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Corintios 2:10, 11) (El camino a Cristo, p. 111).

Martes 16 de marzo:

“Con todo vuestro corazón”

“Entonces me invocaréis, e iréis y oraréis a mí, y yo os oiré: y me buscaréis y hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:12, 13).

Hay dos clases de oración: la que es una fórmula y la oración de fe. La repetición de frases establecidas y habituales, cuando el corazón no siente necesidad de Dios, es una oración de forma… Debemos tener sumo cuidado para que nuestras oraciones expresen los deseos del corazón y lo que realmente queremos decir. Todas las palabras rebuscadas que están a nuestro alcance no equivalen a un solo deseo santo. Las oraciones más elocuentes son vanas repeticiones si no expresan los deseos del corazón. Pero la oración que nace del corazón ferviente, (cuando expresamos nuestros sencillos anhelos tal como pediríamos un favor a un amigo terrenal, esperando que nos fuera concedido), esa es la oración de fe. El publicano que subió al templo a orar es un buen ejemplo de adorador sincero y devoto. El sentía que era un pecador y su gran necesidad lo indujo a dar expresión a su apasionado deseo: “Dios, sé propicio a mí, pecador” (Meditaciones Matinales 1952, p. 21).

El Salvador dijo repetidamente: “Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros” (Mateo 19:30). Jesús desea que los que trabajan en su servicio no estén ansiosos por recibir recompensas, ni que sientan que deben recibir una compensación por todo lo que hacen. El Señor quiere que nuestras mentes se encaucen por un conducto diferente, porque él no ve en la forma como el hombre ve. El no juzga por las apariencias sino que estima a un hombre por la sinceridad de su corazón.

Los que han puesto en su servicio un espíritu de verdadero sacrificio, de la negación de sí mismos, son los que ocuparán el primer lugar al final. Los obreros que fueron contratados primero, representan a los que poseen un espíritu envidioso y de justicia propia, y que pretenden recibir un trato preferencial por sus servicios por encima de los demás. El padre de familia dijo a uno que puso en duda su derecho de dar más a los demás que a él: “Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario?” (Mateo 20:13). Yo he cumplido mi parte del acuerdo.

En nuestra esfera de acción, todos nosotros deberíamos respetar el monto de la recompensa. Pero mientras apreciamos la promesa de bendición, deberíamos tener perfecta confianza en Jesucristo, creyendo que él hará bien y nos dará una recompensa que esté de acuerdo con lo que han sido nuestras obras. El don de Dios es la vida eterna, pero Jesús no desea que estemos tan ansiosos acerca de las recompensas como por hacer la voluntad de Dios, porque es correcto hacerlo así, independientemente de toda ganancia (Consejos sobre mayordomía cristiana, pp. 353, 354).

El que regala a los hombres riquezas infinitas y una vida eterna de bienaventuranzas en su reino como recompensa de la obediencia fiel, no aceptará un corazón dividido. Estamos viviendo en medio de los peligros de los últimos días, cuando se manifiesta todo lo que puede apartar de Dios la mente y los afectos. Podremos discernir y apreciar nuestro deber únicamente cuando lo consideremos a la luz que irradia de la vida de Cristo. Así como el sol sale por el oriente y baja por el occidente, llenando el mundo de luz, así el que sigue verdaderamente a Cristo será una luz para el mundo. Saldrá al mundo como una luz brillante y resplandeciente, para que aquellos que están en tinieblas sean iluminados y calentados por los rayos que despida. Cristo dice de los que le siguen: “Vosotros sois la luz del mundo: una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder” (Mateo 5:14) (Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 384).

Miércoles 17 de marzo:

Una conciencia cauterizada

Una conecta interpretación de las Escrituras no es lo único que el Señor requiere; no solo debemos conocer la verdad tal como es en Jesús sino practicarla. El espíritu de aquel que nos dio la verdad debe mostrarse en nuestra relación con los demás. Si somos colaboradores con Dios, investigaremos la verdad para hallar sus tesoros escondidos, pero también conoceremos las condiciones establecidas para llegar a ser maestros aptos, que tengamos el espíritu de Cristo en nuestros corazones, a fin de que podamos enseñar a otros las verdades reveladas en su Palabra. Cualquier vulgaridad y superficialidad; cualquier broma o chanza barata, debe ser puesta a un lado por el pueblo de Dios. Todo orgullo, envidia, celos, conjeturas y presunciones, deben ser vencidos por la gracia de Cristo, y la sobriedad, la humildad, la pureza y la piedad deben aparecer en la vida y en el carácter. Al comer la carne y beber la sangre del Hijo de Dios, su vida se entretejerá con la nuestra, y mostraremos el espíritu y las obras de Cristo. Entonces seremos uno con Cristo así como él es uno con el Padre; entonces seremos participantes de la naturaleza divina habiendo huido de la corrupción que está en el mundo debido a la concupiscencia. La única seguridad de que nuestra doctrina sea correcta y libre de paja y error, es estar haciendo la voluntad de Dios, porque “el que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios” (Juan 7:17). Entonces veremos la verdad en su sagrada belleza; entonces la aceptaremos, la reverenciaremos, y estaremos en condiciones de enseñarla a otros. En esta solemne tarea no habrá sentimientos de superioridad o de exaltación propia, porque el que ama a Dios y a su causa será manso y humilde de corazón (The Ellen G. White 1888 Materials, pp. 201, 202).

Todo rincón del templo del alma se ha contaminado en mayor o menor grado y debe ser limpiado. Las telarañas que cubren la conciencia deben ser removidas y las ventanas del alma deben ser cerradas hacia las cosas de la tierra y abiertas hacia el cielo para que los rayos del Sol de justicia tengan libre acceso. La memoria debe ser refrescada con los principios bíblicos, y toda la mente purificada para distinguir entre el bien y el mal. Al pronunciar la oración que Cristo enseñó a sus discípulos, y al esforzarse por cumplirla en la vida cotidiana, el Espíritu Santo renovará la mente y el corazón y dará la fuerza necesaria para alcanzar propósitos más altos y más santos (Manuscript Releases, tomo 5, p. 215).

Queremos que todos comprendan la manera en que un alma es destruida. No es que Dios expida un decreto declarando que el hombre no se salvará; no envía una oscuridad impenetrable para la vista; pero el hombre que resiste una sugerencia del Espíritu de Dios y ya habiendo resistido una vez, es menos difícil hacerlo la segunda, la tercera y menos aún la cuarta. Luego viene la cosecha producida por la semilla de incredulidad y resistencia. Oh, ¡qué cosecha más grande de indulgencia pecaminosa está siendo preparada para la hoz! Cuando se descuidan hoy la oración secreta y la lectura de las Escrituras, mañana también podrán ignorarse con menos remordimiento de conciencia. Resultará una larga lista de omisiones, todo por causa de un solo grano sembrado en el terreno del corazón. Por el contrario, todo rayo de luz atesorado producirá una cosecha de luz. El resistir la tentación una vez dará poder para hacerle frente con mayor firmeza la segunda; cada nueva victoria que se obtenga sobre el yo suavizará el camino para triunfos más elevados y nobles. Cada victoria es una semilla que se siembra para vida eterna (Testimonios para la iglesia, tomo 5, pp. 112, 113).

Jueves 18 de marzo:

Andar en la verdad

La religión de Jesucristo es algo más que hablar. La justicia de Cristo consiste en acciones rectas y buenas obras impulsadas por motivos puros y generosos. La justicia exterior, sin el adorno interior, no vale nada. “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él. Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad; pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:5-7). Si no poseemos la luz y el amor de Dios, no somos sus hijos. Si no juntamos con Cristo, derramamos. Todos ejercemos influencia, y esta influencia es decisiva en el destino de los demás para su bien presente y futuro, o para su eterna perdición.

Todos tenemos que aprender lecciones en la escuela de Cristo a fin de perfeccionar caracteres cristianos y mantener unidad con Jesús… Nos ha asignado el deber de vivir en favor de los demás. Vino a este mundo desde las reales cortes del cielo para manifestar el gran interés que tenía por el hombre, y el precio infinito pagado por la redención de éste revela que es de tan gran valor que Cristo pudo sacrificar sus riquezas, su honor y las cortes reales, para librarlo de la degradación del pecado.

Si la Majestad del cielo pudo hacer tanto para poner en evidencia su amor por el hombre, ¿qué no debería éste estar dispuesto a hacer por los demás, para ayudarles a salir del pozo del sufrimiento y las tinieblas? (Cada día con Dios, p. 182).

La verdadera simpatía entre el hombre y su prójimo ha de ser la señal que distinga a los que aman y temen a Dios de los que no tienen en cuenta su ley (El ministerio de la bondad, p. 40).

Con esta parábola queda establecido para siempre el deber del hombre hacia sus prójimos. Debemos cuidar cada caso de sufrimiento y considerarlo como propio, como agentes de Dios para aliviar a los necesitados hasta donde nos sea posible. Debemos ser colaboradores junto con Dios. Hay quienes manifiestan gran aflicción por sus parientes, sus amigos y protegidos, pero que fallan en ser buenos y considerados con aquellos que necesitan bondadosa simpatía, que necesitan consideración y amor. Con corazones fervientes preguntémonos: ¿Quién es mi prójimo? Nuestros prójimos no son solamente nuestros íntimos y amigos especiales; no son simplemente aquellos que pertenecen a nuestra iglesia o que piensan como nosotros. Nuestros prójimos son toda la familia humana. Debemos ser buenos con todos los hombres y especialmente con aquellos que son de la familia de la fe. Debemos dar al mundo una demostración de lo que significa cumplir la ley de Dios. Debemos amar a Dios por sobre todo y a nuestros prójimos como a nosotros mismos (El ministerio de la bondad, pp. 49, 50).

En la lección de fe que Cristo enseñó en el monte se revelan los principios de la verdadera religión. La religión conduce al hombre a una relación personal con Dios, pero no exclusivamente con él; porque los principios del cielo han de vivirse de manera que puedan ayudar y bendecir a la humanidad. Un verdadero hijo de Dios lo amará con todo su corazón, y amará a su prójimo como a sí mismo. Se interesará en sus semejantes. La verdadera religión es el resultado de la obra de la gracia en el corazón, que hace que la vida fluya en forma de buenas obras, como lo hace una fuente alimentada de corrientes vivas. La religión no consiste meramente de meditación y oración. La luz del cristiano se manifiesta en buenas obras, y así lo reconocen los demás. No habrá de divorciarse la religión de la vida de los negocios. Debe penetrar y santificar sus compromisos y empresas. Si un hombre está verdaderamente conectado con Dios y el cielo, el espíritu que mora en el cielo influirá en todas sus palabras y acciones. Glorificará a Dios en sus obras y conducirá a otros a honrarle (Dios nos cuida, p. 34).


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