Posteado por: Lilliam A Garcia | febrero 13, 2010

Leccion 7 Comentario de Elena G De White

Comentario de EGW

Lección 7

Para el 13 de Febrero 2010

Sábado 6 de febrero

La manifestación de verdadera bondad es llevar frutos de buenas obras. Esto merece la aprobación del cielo (Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 917).

La gloria de Dios es su carácter. Mientras Moisés estaba en el monte, intercediendo fervientemente ante Dios, oraba: “Te ruego que me muestres tu gloria”. En respuesta Dios manifestó: “Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti” (Éxodo 33: 18, 19).

La gloria de Dios –su carácter– fue entonces revelada: “Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión Y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado” (Éxodo 34:6, 7).

Este carácter fue revelado en la vida de Cristo. A fin de que él pudiera por su propio ejemplo condenar al pecado en su carne, tomó sobre sí la semejanza de la carne pecaminosa. Constantemente contemplaba el carácter de Dios; constantemente revelaba este carácter al mundo. Cristo desea que sus seguidores revelen en sus vidas ese mismo carácter (Reflejemos a Jesús, p. 206).

Domingo 7 de febrero:
Dios es bueno

Dios ha utilizado hasta lo sumo su poder extraordinario. Los recursos del amor infinito se han usado exhaustivamente ideando y ejecutando el plan de la redención del hombre. Dios ha revelado su carácter en la bondad, la misericordia, la compasión y el amor manifestados para salvar a una raza de rebeldes culpables. ¿Qué podría hacerse que no haya sido hecho en las provisiones del plan de salvación? Si el pecador permanece indiferente a las manifestaciones de la bondad de Dios; si descuida una salvación tan grande; si rechaza las insinuaciones de la misericordia divina y rehúsa recibir el don de la vida comprado por la preciosa sangre de Cristo, ¿qué más se puede hacer para enternecer su corazón endurecido? Si el extraordinario sacrificio realizado por nuestro Creador y Redentor al entregar todo su poder y su amor no impresiona al orgulloso corazón humano, si no quiere aceptar que su alma fue considerada de tal valor que el Hijo del Dios infinito, la Majestad del cielo, estuvo dispuesto a entregar su vida para que pudiera ser salvado, entonces nada podrá impresionarlo. Cristo dejó las cortes celestiales para vivir una vida de reproches, sufrimiento y vergüenza, y una muerte inmerecida sobre la cruz, a fin de poder unir nuevamente a la humanidad con la Divinidad (Review and Herald, 10 de marzo, 1891).

Moisés tenía genuina humildad y el Señor lo honró mostrándole su gloria. De la misma manera honrará a todo el que lo sirva como Moisés, con un corazón perfecto. No requiere que sus siervos lo alcancen con sus propias fuerzas; imparte su sabiduría a los que tienen un espíritu humilde y contrito. La justicia de Cristo irá delante de ellos y la gloria del Señor será su retaguardia. Nada en este mundo podrá dañar a quienes Dios honra con su presencia en ellos. La tierra podrá vacilar, los fundamentos del mundo podrán estremecerse bajo sus pies, pero no temerán. El apóstol Pablo declara: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:38, 39)…

Dios ha estado esperando mucho tiempo que sus seguidores manifiesten verdadera humildad, para poder impartirles ricas bendiciones. Los que le ofrecen el sacrificio de un espíritu quebrantado y contrito, serán preservados en la hendidura de la rica y contemplarán al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Cuando Jesús, el que lleva los pecados y ofrece un sacrificio absolutamente suficiente, sea visto más claramente, sus labios exclamarán las mayores alabanzas. Mientras más vean del carácter de Cristo, más humildes se volverán v menos se estimarán a sí mismos. No se verá en su obra una necia presunción, porque no buscarán exaltarse a sí mismos, ni estarán ansiosos de mezclar su fuego común con el fuego sagrado de Dios. El yo se pierde de vista al comprender su propia indignidad frente a la maravillosa gloria de Dios (Review and Herald, 10 de mayo, 1897; parcialmente en, A fin de conocerle, p. 124).

Lunes 8 de febrero:
Todos hemos pecado

Muchos están engañados acerca de la condición de su corazón. No comprenden que el corazón natural es engañoso más que todas las cosas y desesperadamente impío. Se envuelven con su propia justicia y están satisfechos con alcanzar su propia noma humana de carácter. Sin embargo, cuán fatalmente fracasan cuando no alcanzan la noma divina y, por sí mismos, no pueden hacer frente a los requerimientos de Dios.

Podemos medirnos a nosotros por nosotros mismos, podemos compararnos entre nosotros mismos; quizá digamos que nos portamos tan bien como éste o aquél, pero la pregunta por la que se demandará una respuesta en el juicio es: ¿Llenamos los requisitos de las demandas del alto cielo? ¿Alcanzamos la norma divina? ¿Están en armonía nuestros corazones con el Dios del cielo? (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 376, 377).

Es difícil comprendernos a nosotros mismos, tener un conocimiento correcto de nuestro propio carácter. La Palabra de Dios es clara, pero a menudo se comete un error al aplicarla a uno mismo. Existe la posibilidad de engañarse a sí mismo y pensar que las advertencias y reproches no se dirigen a uno. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo entenderá?” (Jeremías 17:9). La adulación propia puede ingresar en las emociones y el celo cristianos. El amor propio y la confianza propia pueden darnos la seguridad de que estamos en lo correcto cuando estamos lejos de satisfacer los requisitos de la Palabra de Dios (Mente, carácter y personalidad, pp. 279, 280).

Si el transgresor fuera tratado de acuerdo con la letra de este pacto, en ese caso no habría esperanza para la raza caída, pues todos han pecado y están destituidos de la gloria de Dios. La raza caída de Adán no puede contemplar en la letra de este pacto otra cosa sino el ministerio de muerte, y la muerte será la retribución de todo el que procure vanamente idear una justicia propia que cumpla las demandas de la ley. Dios se ha comprometido mediante su Palabra a ejecutar el castigo de la ley sobre todos los transgresores. Los hombres cometen pecados vez tras vez, y sin embargo no parecen creer que deben sufrir el castigo por quebrantar la ley (Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 1095).

Podemos lisonjearnos como Nicodemo de que nuestra vida ha sido muy buena, de que nuestro carácter es perfecto, y pensar que no necesitamos humillar nuestro corazón delante de Dios como el pecador común, pero cuando la luz de Cristo resplandece en nuestras almas, vemos cuán impuros somos; discernimos el egoísmo de nuestros motivos y la enemistad contra Dios que han manchado todos los actos de nuestra vida. Entonces conocemos que nuestra propia justicia es en verdad como andrajos inmundos y que solamente la sangre de Cristo puede limpiarnos de las manchas del pecado y renovar nuestro corazón a su semejanza (Conflicto y valor, p. 192).

Martes 9 de febrero:
La ley de Dios y la bondad

Como Supremo Legislador del universo, Dios ha ordenado leyes no solo para el gobierno de todos los seres vivientes, sino de todas las operaciones de la naturaleza. Todo, ya sea grande o pequeño, animado o inanimado, está bajo leyes fijas que no pueden ser desdeñadas. No hay excepciones a esta regla, pues nada de lo hecho por la mano divina ha sido olvidado por la mente divina. Sin embargo, al paso que todo lo que hay en la naturaleza es gobernado por la ley natural, solo el hombre, como ser inteligente, capaz de entender sus requerimientos, es responsable ante la ley moral. Solo al hombre, corona de la creación divina, Dios ha dado una conciencia que comprende las demandas sagradas de la ley divina, y un corazón capaz de amarla como santa, justa y buena. Del hombre se requiere pronta y perfecta obediencia. Sin embargo, Dios no lo obliga a obedecer: queda como ser moral libre.

Son pocos los que comprenden el tema de la responsabilidad personal del hombre. Sin embargo, es un asunto de máxima importancia. Todos podemos obedecer y vivir, o podemos transgredir la ley de Dios, desafiar su autoridad y recibir el castigo consiguiente. De modo que a cada alma le incumbe decididamente la pregunta: ¿Obedeceré la voz del cielo, las diez palabras pronunciadas en el Sinaí, o iré con la multitud que pisotea esa ígnea ley? Para los que aman a Dios, será la máxima delicia observar los mandamientos divinos y hacer aquellas cosas que son agradables a la vista de Dios. Pero el corazón natural odia la ley de Dios y lucha contra sus santas demandas. Los hombres cierran su alma a la luz divina, rehusando caminar en ella cuando brilla sobre ellos. Sacrifican la pureza del corazón, el favor de Dios y su esperanza del cielo a cambio de la complacencia egoísta o las ganancias mundanales.

Dice el salmista: “La ley de Jehová es perfecta” (Salmo 19:7). ¡Cuán maravillosa es la ley de Jehová en su sencillez, su extensión y perfección! Es tan breve, que podemos fácilmente aprender de memoria cada precepto, y sin embargo tan abarcante como para expresar toda la voluntad de Dios y tener conocimiento no solo de las acciones externas, sino de los pensamientos e intenciones, los deseos y emociones del corazón. Las leyes humanas no pueden hacer esto. Solo pueden tratar con las acciones externas. Un hombre puede ser transgresor y, sin embargo, puede ocultar sus faltas de los ojos humanos. Puede ser criminal, ladrón, asesino o adúltero, pero mientras no sea descubierto, la ley no puede condenarlo como culpable. La ley de Dios toma en cuenta los celos, la envidia, el odio, la malignidad, la venganza, la concupiscencia y la ambición que agitan el alma, pero que no han hallado expresión en acciones externas porque ha faltado la oportunidad aunque no la voluntad. Y se demandará cuenta de esas emociones pecaminosas en el día cuando “Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (Eclesiastés 12:14) (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 253-255).

¡Qué Dios es el nuestro! Él gobierna sobre su reino con diligencia y cuidado; y en derredor de sus súbditos ha erigido una valla: los Diez Mandamientos, para preservarlos de los resultados de la transgresión. Al requerir que se obedezcan las leyes de su reino, Dios da a su pueblo salud y felicidad, paz y gozo. Les enseña que la perfección del carácter que él desea puede alcanzarse únicamente familiarizándose con su Palabra (La maravillosa gracia de Dios, p. 61).

Aquellos que tienen un amor genuino hacia Dios, manifestarán un ferviente deseo de conocer su voluntad y de realizarla… El hijo que ama a sus padres manifestará ese amor por una obediencia voluntaria; pero el niño egoísta, desagradecido, trata de hacer tan poco como sea posible por sus padres, en tanto que al mismo tiempo desea gozar de todos los privilegios concedidos a un hijo fiel y obediente. La misma diferencia se ve entre los que profesan ser hijos de Dios. Muchos que saben que son los objetos del amor y cuidado de Dios, y que desean recibir sus bendiciones, no encuentran placer en hacer su voluntad. Consideran los requisitos de Dios para con ellos como una restricción desagradable, sus mandamientos como un yugo gravoso. Pero el que está buscando verdaderamente la santidad del corazón y la vida, se deleita en la ley de Dios, y se lamenta únicamente de que esté tan lejos de cumplir sus requerimientos (La edificación del carácter, pp. 105, 106).

Miércoles 10 de febrero:
Andar en la bondad

Sometan sus acciones de cada día a una reflexión cuidadosa… Esta recapitulación diaria de nuestros hechos, para ver si nuestra conciencia nos aprueba o condena, es necesaria para todos aquellos que quieran alcanzar la perfección del carácter cristiano. El examen detenido de muchos actos que pasan por buenas obras, aun acciones de benevolencia, revelará, cuando se los investigue detenidamente, que ellos han sido impulsados por malos motivos.

Muchos reciben aplausos por virtudes que no poseen. El que escudriña los corazones pesa los motivos, y muchas veces acciones calurosamente aplaudidas por los hombres son registradas por él como provenientes del egoísmo y la baja hipocresía. Cada acto de nuestra vida, ora sea excelente y digno de-loor, o merecedor de censura, es juzgado por aquel que escudriña los corazones según los motivos que lo produjeron (El ministerio de la bondad, p. 331).

La religión de Jesucristo es algo más que hablar. La justicia de Cristo consiste en acciones rectas y buenas obras impulsadas por motivos puros y generosos. La justicia exterior, sin el adorno interior, no vale nada (Cada día con Dios, p. 182).

Una de las oraciones más sinceras registradas en la Palabra de Dios, es la de David cuando pidió: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Salmo 51:10). La respuesta de Dios a esta oración es: Yo te daré un nuevo corazón. Esta es una obra que ningún hombre finito puede hacer. Los hombres y las mujeres deben comenzar por el principio, buscando a Dios más fervientemente para obtener una verdadera experiencia cristiana. Han de sentir el poder creador del Espíritu Santo. Han de recibir un nuevo corazón, que se mantenga enternecido por la gracia del cielo. El espíritu egoísta debe ser desalojado del alma. Deben trabajar con sinceridad y con humildad de corazón. Cada uno contemplando a Jesús en busca de dirección y ánimo. Entonces el edificio, debidamente ensamblado, crecerá hasta llegar a ser un templo santo en el Señor (Nuestra elevada vocación, p. 161).

Los cambios que produce la nueva vida se realizan únicamente por la acción eficaz del Espíritu Santo. Solamente él puede limpiamos de la impureza. Si aceptamos que modele y forme el corazón, llegaremos a ser aptos para discernir el carácter del reino de Dios y para realizar los cambios que necesitan producirse, a fin de que tengamos acceso a sus dominios. El orgullo y el amor propio resisten al Espíritu de Dios. Cada inclinación natural se opone a que la autosuficiencia y el orgullo sean sustituidos por la humildad y la mansedumbre de Cristo. Pero, si deseamos andar en el camino que conduce a la vida eterna, no debemos prestar oídos a los susurros del egoísmo. Con humildad y contrición tenemos que implorar a nuestro Padre celestial: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:10). En la medida en que recibamos la luz divina y estemos dispuestos a cooperar con las inteligencias celestiales, gracias al poder de Cristo naceremos otra vez, liberados de la contaminación del pecado (Recibiréis poder, p. 26).

Jueves 11 de febrero:
Expresar la bondad

Nuestra aceptación delante de Dios es segura solo mediante su amado Hijo, y las buenas obras no son sino el resultado de la obra de su amor que perdona los pecados. Ellas no nos acreditan y nada se nos concede por nuestras buenas obras por lo cual podemos pretender una parte en la salvación de nuestra alma. La salvación es un don gratuito de Dios para el creyente, que solo se le da por causa de Cristo. El alma turbada puede hallar paz por la fe en Cristo, y su paz estará en proporción con su fe y confianza. El creyente no puede presentar sus obras como un argumento para la salvación de su alma.

Pero, ¿no tienen verdadero valor las buenas obras? El pecador que diariamente comete pecados con impunidad, ¿es considerado por Dios con el mismo favor como aquel que por la fe en Cristo trata de obrar con integridad? Las Escrituras contestan: “Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. El Señor en su providencia divina y mediante su favor inmerecido, ha ordenado que las buenas obras sean recompensadas. Somos aceptados únicamente mediante los méritos de Cristo; y los hechos de misericordia, las obras de caridad que hacemos, son los frutos de la fe y se convierten en una bendición para nosotros, pues los hombres serán recompensados de acuerdo con sus obras. La fragancia de los méritos de Cristo es lo que hace que nuestras buenas obras sean aceptables delante de Dios, y la gracia es la que nos capacita para hacer las obras por las cuales él nos recompensa. Nuestras obras en sí mismas y por sí mismas no tienen mérito. Cuando hayamos hecho todo lo que podamos hacer, debemos considerarnos como siervos inútiles. No merecemos el agradecimiento de Dios, pues solo hemos hecho lo que era nuestro deber hacer, y nuestras obras no podrían haber sido hechas con la fortaleza de nuestra propia naturaleza pecaminosa (Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 1096).

Dios obra con quienes representan apropiadamente su carácter. Por medio de ellos su voluntad es hecha sobre la tierra así como en el cielo. La santidad conduce a su poseedor a ser fructífero, abundando en toda buena obra. Quien tiene el sentir que hubo en Cristo nunca se cansa de hacer el bien. En vez de esperar promoción en esta vida, mira hacia adelante, al momento cuando la Majestad del cielo exaltará a los santos a su trono (Reflejemos a Jesús, p. 206).

Dios ha dado a los hombres facultades y capacidades. Dios obra y coopera con los dones que ha impartido al hombre, y el hombre, siendo partícipe de la naturaleza divina y realizando la obra de Cristo, puede ser vencedor y obtener la vida eterna. El Señor no tiene intención de hacer la obra para cuyo cumplimiento ha dado facultades al hombre. La parte del hombre debe ser realizada. Debe ser un colaborador de Dios, llevando el yugo con Cristo, y aprendiendo de su mansedumbre y humildad. Dios es el poder que todo lo controla. Él otorga los dones; el hombre los recibe y actúa con el poder de la gracia de Cristo como un agente viviente.

“Vosotros sois labranza de Dios” (1 Corintios 3:9). El corazón debe ser labrado, mejorado, arado, rastrillado y sembrado a fin de producir su fruto para Dios en buenas obras. “Vosotros sois edificio de Dios”. No podemos edificar por nosotros mismos. Hay un poder fuera de nosotros que tiene que edificar la iglesia, poniendo ladrillo sobre ladrillo y cooperando siempre con las facultades y aptitudes dadas por Dios al hombre. El Redentor debe hallar un hogar en su edificio. Dios obra v el hombre obra. Es necesario que continuamente se reciban los dones de Dios, para que pueda haber una entrega de estos dones con la misma liberalidad. Es un continuo proceso de recibir y devolver. El Señor ha provisto que el alma reciba alimento de él, a fin de que sea nuevamente entregado en la realización de sus propósitos. Para que haya sobreabundancia, tiene que haber una recepción de divinidad en la humanidad. “Habitaré y andaré entre ellos” (2 Corintios 6: 16) (Fe y obras, pp. 25, 26).

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