Posteado por: Lilliam A Garcia | enero 30, 2010

El fruto del Espíritu es benignidad Lección 6

Lecciones de Escuela Sabática

Enero – Marzo 2010

Comentario de EGW

Lección 6

Para el 06 de Febrero 2010

El fruto del Espíritu es benignidad

Sábado 30 de enero

Cada cristiano debería ser lo que Cristo fue en su vida en esta tierra. Él es nuestro ejemplo, no solamente en su pureza inmaculada, sino en su paciencia, cortesía y disposición amigable. Era firme como una roca en lo que atañía a la verdad y al deber, pero era invariablemente bondadoso y cortés… Su vida fue una perfecta ilustración de la verdadera cortesía. Tenía siempre una mirada amable y una palabra de consuelo para los necesitados y los oprimidos.

Su presencia llevaba una atmósfera más pura al hogar y su vida era como levadura que obraba entre los elementos de la sociedad. Inocente y sin contaminación caminaba entre los indiferentes, los rudos, los descorteses; entre los injustos publicanos, los impíos samaritanos, los soldados paganos, los rudos campesinos y la multitud heterogénea.

Hablaba una palabra de simpatía aquí, una palabra allá, al ver a los hombres cansados y obligados a llevar pesadas cargas. Compartía sus cargas y les repetía las lecciones que había aprendido de la naturaleza, del amor, de la misericordia y de la bondad de Dios (Dios nos cuida, p. 176).

Dios ofrece a cada uno, un gozo del cual pueden participar tanto el rico, como el pobre: el deleite que se siente al cultivar la pureza de pensamiento y el desinterés en la acción; el placer que se experimenta al pronunciar palabras de simpatía, y realizar acciones amables. La luz de Cristo, que emana de aquellos que se consagran a un servicio tal, puede alegrar las vidas obscurecidas por muchos sufrimientos (La voz: Su educación y uso correcto, p. 147).

 

Domingo 31 de enero:
El modelo de benignidad (Mateo 543-48)

La manifestación de odio nunca quebrará la malicia de nuestros enemigos, pero el amor y la bondad serán devueltos con amor y bondad. Aunque Dios recompensa la virtud y castiga la culpa, no deja de derramar sus bendiciones sobre los impíos aunque ellos deshonren diariamente su nombre. Permite que el sol y la lluvia caigan sobre justos e injustos, dándoles a todos prosperidad temporal. Si un Dios santo manifiesta tal paciencia y benevolencia hacia los rebeldes e idólatras, cuán necesario es que los seres humanos imperfectos muestren un espíritu semejante hacia sus prójimos. En lugar de maldecir a quienes los hieren, debieran mostrar una bondad similar a la que Cristo mostraba hacia quienes lo perseguían, buscando así separarlos de sus malos caminos. Cristo enseñó a sus seguidores a mostrar cortesía cristiana a. todos aquellos que estuvieran en su círculo de influencia, a realizar acciones misericordiosas y mostrar una benevolencia superior a la del mundo. Los hijos de Dios debieran mostrar el espíritu que reina en el cielo, en contraposición con el espíritu egoísta y mezquino que se muestra en el mundo. Y para alcanzar tal ideal deben llegar a ser perfectos en su humilde esfera así como Dios es perfecto en su exaltada esfera; esa es la única manera de estar preparados para la compañía de seres sin pecado en el reino de los cielos. Cristo establece para sus seguidores el ideal del carácter cristiano: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48) (Folleto: Redemption: or the Teachings of Christ, the Anointed One, pp. 76, 77).

Cuando el creyente, consciente de sus transgresiones, ejercita fe en Dios y cree que ha sido perdonado mediante el sacrificio hecho por Cristo, se llena de tal gratitud a Dios que expresará tierna simpatía hacia aquellos que, como él, han pecado y necesitan el perdón. El orgullo y la venganza no encontrarán lugar en su corazón, porque la fe destierra el espíritu de revancha y desquite.

Al ver la bondad y la misericordia de Dios se producirá un deseo de poseer el mismo espíritu; un espíritu que verá lo bueno en el carácter de los demás y mostrará tierna simpatía hacia aquellos que necesitan el perdón. Y al ver a Cristo como el Salvador que perdona el pecado, al contemplar con esperanza y confianza cómo él escribe “perdonado” en la lista de sus pecados, querrá hacer lo mismo con las faltas de quienes se asocian con él. La verdadera fe coloca al alma en simpatía con Dios, y el que recibe el espíritu de Cristo nunca se cansará de perdonar (The Home Missionary, 1º de febrero, 1892).

La perfección de la obra de Dios se ve tan claramente en el más diminuto insecto como en el rey de las aves. El alma del niñito que cree en Cristo le es tan preciosa como los ángeles que rodean su trono. “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). Como Dios es perfecto en su esfera, puede serlo el hombre en la suya. Todo lo que la mano hallare para hacer debe ser hecho con esmero y prontitud. La fidelidad e integridad en las cosas pequeñas, el cumplimiento de los pequeños deberes y de los actos de bondad, alegrará la senda de la vida, y cuando nuestra obra en la tierra esté terminada, cada uno de los pequeños deberes cumplidos con fidelidad será atesorado como preciosa gema delante de Dios (Joyas de los testimonios, tomo 1, p. 589).

 

Lunes 1 de febrero:
Benignidad hacia un “perro muerto”

El orgulloso fariseo consideraba que había honrado suficientemente a Jesús con invitarlo a su casa, sin necesidad de mostrarle un respeto mayor a tan exaltado huésped, quien además había realizado un misericordioso milagro sobre él. Jesús, en cambio, exaltó la acción de la mujer, la que expresó su gratitud y amor con todo su corazón: “Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama” (Lucas 7:47).

Los ojos de Simón fueron abiertos para que comprendiese su descuido e incredulidad. Fue conmovido por la bondad de Jesús al no censurarle abiertamente delante de los huéspedes. Vio que Jesús no quiso exponer a otros su culpa, sino que, por una correcta exposición del caso, trató de convencer su mente y subyugar su corazón, manifestando benevolencia. Una denuncia severa hubiera endurecido el corazón de Simón contra el arrepentimiento, pero una paciente admonición le convenció de su error. Vio la magnitud de la deuda que tenía para con su Señor y se transformó en un hombre humilde y abnegado.

Cuando comprendemos la inmensa deuda que tenemos con nuestro Salvador, nos unimos a él más fuertemente y le expresamos nuestro amor en todos nuestros actos. Y él recordará y recompensará las obras abnegadas y benevolentes de sus hijos. No olvidará los actos de devoción hechos en favor de su causa. Ningún sacrificio es demasiado costoso para ser ofrecido en el altar de la fe (Signs of the Times, 9 de octubre, 1879).

Cristo nos enseñó a orar: “Perdónanos nuestras deudas. Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores”, pero aun para los que pretenden ser seguidores de Jesús, es muy difícil perdonar como perdonó Cristo. Se practica tan poco el verdadero espíritu de perdón, y se aplican tantas interpretaciones a los requerimientos de Cristo, que se pierden de vista su fuerza y belleza. Tenemos una visión muy incierta de la gran misericordia y amante bondad de Dios. El está lleno de compasión y perdón, y nos perdona gratuitamente si realmente nos arrepentimos y confesamos nuestros pecados. Y cuando el mensaje del amor perdonador de Dios proviene de un corazón que ha comprobado por experiencia personal sus efectos, a aquellos que no lo han experimentado aún les parece que se está hablando en parábolas. El amor y la simpatía expresados en la vida de Cristo deben llegar a ser parte de nuestras vidas y caracteres (The Watchman, 13 de octubre, 1908).

 

Martes 2 de febrero:
Palabras amables (Efesios 4:32)

Los que profesan ser seguidores de Cristo y a la vez son rudos, poco amables y descorteses en palabra y conducta, no han aprendido de Jesús… La conducta de algunos que se dicen cristianos es tan falta de bondad y cortesía que lo mejor que hacen da la apariencia de mal. No puede ponerse en duda su sinceridad, ni cuestionarse su rectitud; pero la sinceridad y la rectitud no expiarán la falta de bondad y cortesía. El cristiano debe mostrar simpatía además de ser veraz, y debe ser compasivo y cortés a la par que correcto y honrado…

La verdadera cortesía, mezclada con la verdad y la justicia, hace la vida no solo útil, sino hermosa y fragante. Las palabras bondadosas, la apariencia amable, un rostro alegre dan un encanto al cristiano que hace su influencia casi irresistible. En el olvido del yo, en la luz, la paz y la felicidad que está constantemente impartiendo a otros halla el verdadero gozo.

Olvidémonos del yo tratando siempre de alegrar a otros, de aliviar sus cargas mediante actos de tierna bondad y hechos de amor abnegado. Dejad sin pronunciar esa palabra descomedida; que la desconsideración egoísta de la felicidad de los demás dé lugar a la amante simpatía. Estos actos de consideración y cortesía que comienzan en el hogar y se extienden mucho más allá de sus límites, llegan a constituir la esencia de la felicidad de la vida (En lugares celestiales, p. 180).

Las palabras bondadosas, la mirada amable y el rostro alegre forman alrededor del cristiano un aura que hace que su influencia sea casi irresistible. La religión de Cristo en el corazón determina que las palabras sean suaves y la conducta atrayente, aun para los más modestos. En el olvido del yo, en la luz, la paz y la felicidad que entrega constantemente a los demás, se ve la verdadera dignidad del hombre. Esta es una forma de ganar el respeto y extender la esfera de utilidad, que cuesta muy poco; y quien sigue este curso de acción no se queja de que no recibe el honor que merece. Pero las reglas de la Biblia deben ser escritas en el corazón; los preceptos bíblicos deben ser llevados a la vida diaria (Reflejemos a Jesús, p. 297).

 

Miércoles 3 de febrero:
La benignidad devuelta (Lucas 6:38)

No hemos de pensar en el galardón, sino en el servicio; sin embargo, la bondad que se muestra en tal espíritu no dejará de tener recompensa. “Tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público”. Aunque es verdad que Dios mismo es el gran galardón, que abarca todo lo demás, el alma lo recibe y se goza en él solamente en la medida en que se asemeja a él en carácter. Solo podemos apreciar lo que es parecido a nosotros. Solo cuando nos entregamos a Dios para que nos emplee en el servicio de la humanidad, nos hacemos partícipes de su gloria y carácter.

Nadie puede dejar que por su vida y su corazón fluya hacia los demás el río de bendiciones celestiales sin recibir para sí mismo una rica recompensa. Las laderas de los collados y los llanos no sufren porque por ellos corren ríos que se dirigen al mar. Lo que dan se les retribuye cien veces, porque el arroyo que pasa cantando deja tras sí regalos de vegetación y fertilidad. En sus orillas la hierba es más verde; los árboles, más lozanos; las flores, más abundantes. Cuando los campos se ven yermos y agostados por el calor abrasador del verano, la corriente del río se destaca por su línea de verdor, y el llano que facilitó el transporte de los tesoros de las montañas hasta el mar se viste de frescura y belleza, atestiguando así la recompensa que la gracia de Dios da a cuantos sirven de conductos para las bendiciones del cielo.

Tal es la bendición para quienes son misericordiosos con los pobres. El profeta Isaías dice: “¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano? Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto… Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma… y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan”.

La obra de beneficencia es dos veces bendita. Mientras el que da a los menesterosos los beneficia, él mismo se beneficia en grado aún mayor. La gracia de Cristo en el alma desarrolla atributos del carácter que son opuestos al egoísmo; atributos que han de refinar, ennoblecer y enriquecer la vida. Los actos de bondad hechos en secreto ligarán los corazones y los acercarán al corazón de aquel de quien mana todo impulso generoso. Las pequeñas atenciones y los actos insignificantes de amor y de sacrificio, que manan de la vida tan quedamente como la fragancia de una flor, constituyen una gran parte de las bendiciones y felicidades de la vida. Al fin se verá que la abnegación para bien y dicha de los demás, por humilde e inadvertida que sea en la tierra, se reconoce en el cielo como muestra de nuestra unión con el Rey de gloria, quien, siendo rico, se hizo pobre por nosotros.

Aunque los actos de bondad sean realizados en secreto, no se puede esconder su resultado sobre el carácter del que los realiza. Si trabajamos sin reserva como seguidores de Cristo, el corazón se unirá en estrecha simpatía con el de Dios, y su Espíritu, al influir sobre el nuestro, hará que el alma responda con armonías sagradas al toque divino (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 71, 72).

 

Jueves 4 de febrero:
Vestíos de benignidad (Colosenses 3:12-14)

El deber, el severo deber, tiene una hermana gemela, que es la bondad. Si el deber y la bondad se fusionan, se obtendrá una ventaja definida; pero si se separa el deber de la bondad, si el tierno amor no se mezcla con el deber, se producirá un fracaso, y como consecuencia habrá un daño muy grande. No ha de forzarse a los hombres y las mujeres, pero muchos pueden ser ganados mediante la bondad y el amor (Testimonios para la iglesia, tomo 3, p. 123).

Nuestro propósito debiera ser infundir toda la amabilidad posible en nuestra vida y hacer todos los favores posibles a los que nos rodean. Las palabras bondadosas nunca se pierden. Jesús las registra como si hubieran sido dirigidas a él mismo. Sembrad semillas de bondad, de amor y de ternura, y darán fruto (Comentario bíblico adventista, tomo 6, p. 1118).

El que bebe en el espíritu de Cristo lo manifestará en sus palabras bondadosas, y lo expresará con su conducta cortés. El plan de salvación debe suavizar todo lo que sea duro y áspero en el temperamento, y pulir toda rugosidad o arista en las maneras. El cambio exterior dará testimonio de un cambio en el interior. La verdad es lo que santifica, lo que refina. Cuando se la recibe en el corazón, obra con un poder oculto, transformando al que la recibe. Pero aquellos que profesan la verdad y que al mismo tiempo son ásperos, huraños y faltos de bondad en sus palabras y comportamiento, no han aprendido de Jesús; todas estas manifestaciones demuestran que todavía son siervos del maligno. Ningún hombre puede ser un cristiano sin tener el espíritu de Cristo, sin manifestar su humildad, suavidad y refinamiento en las maneras (Nuestra elevada vocación, p. 240).

La religión de Cristo es un sistema de verdadera cortesía celestial, y conduce a la exhibición práctica de una habitual ternura de sentimientos, bondad y comportamiento. Quien posea la bondad, acrecentará esta gracia, adelantando un paso más en la escalera. Cuanto más suba en la escalera, tanto más la gracia de Dios se revelará en su vida, sus sentimientos y sus principios. Está aprendiendo siempre los términos de su aceptación con Dios; y la única manera para obtener una herencia en los cielos, en llegar a ser semejante a Cristo en carácter. Todo el plan de misericordia debe suavizar lo que es áspero en el temperamento, y refinar cualquier cosa tosca en el comportamiento. El cambio interno se manifiesta en las acciones externas. Las gracias del Espíritu de Dios obran, con un poder oculto, en la transformación del carácter. La religión de Cristo nunca manifestará acciones ásperas, incultas y descorteses. La cortesía es una virtud bíblica. La virtud de esta gracia del amor fraternal caracterizó la vida de Cristo. Esta cortesía nunca ha sido manifestada en la tierna como la reveló Jesucristo, y no podemos desestimar su valor (Nuestra elevada vocación, p. 74).


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