Posteado por: Lilliam A Garcia | enero 22, 2010

Cómo mantenerse frío cuando las cosas se ponen calientes Lección 4

I Trimestre de 2010
Libro Complementario

El fruto del Espíritu Santo
Richard W. O’Ffill

Lección 4

Cómo mantenerse frío cuando las cosas se ponen calientes

“Seguid la paz con todos” (Hebreos 12:14).

El siglo XX es considerado como el de mayor cantidad de asesina­tos registrados en la historia. La guerra sola fue, directa o indirec­tamente, responsable por la muerte de 187 millones de personas. Ese siglo vio guerras casi sin interrupción: 165 conflictos armados orga­nizados, con solo unos breves períodos sin ellas. Los dirigentes políti­cos conformaron la Liga de las Naciones, y luego las Naciones Unidas, para mantener la paz, pero sus esfuerzos fracasaron. Me recuerda los versículos: “Y curaron la herida de la hija de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz” (Jeremías 8:11), y “Cuando oigáis de guerras y de rumores de guerras, no os turbéis, porque es necesario que suceda así; pero aún no es el fin” (Marcos 13:7).
La gente no está buscando solo la paz internacional; está buscan­do, también, la paz personal. No hace mucho, vi el anuncio de un li­bro titulado Buddhism for Busy People [Budismo para gente ocupada]. El anuncio aseguraba que, con la técnica apropiada, los lectores pueden experimentar paz. El mismo autor escribió otro libro titulado: Hurry and Medítate: Your Starter Kit for Inner Peace and Better Health [Apresúrate y medita: Equipo para comenzar a tener paz interior y mejor salud].
Cierta vez, en un aeropuerto, inicié una conversación con una dama que estaba sentada a mi lado. Ella me dijo que estaba volviendo de un retiro, y luego comenzó a contarme de qué había tratado. Enfatizó varias veces que no era budista. Me preguntaba que tenía que ver esto, hasta que mencionó algunas de las ideas que el instructor había tratado de enseñar. Me comentó que una de las cosas que los asistentes aprendie­ron era cómo pensar en nada. No, no lo dije bien: les enseñaron cómo no pensar en algo; ¡y hay una diferencia! No le dije nada, pero se me ocurrió que sería imposible pensar acerca de nada. ¿Cómo responderías si tu maestro te preguntara si tu mente está vacía? Y la búsqueda de la paz continúa…
Lo opuesto a desconectar la mente y pensar en nada es tener la mente en marcha y estar continuamente preocupado acerca de todo. Me gusta la ilustración que sugiere que la preocupación es como una mecedora: nos da algo para hacer, pero no nos lleva a ninguna parte.
Debo confesar que soy una persona inclinada hacia la preocupa­ción. Cuando tenía 37 años de edad, se me produjo una úlcera y perdí la mitad de mi sangre. Esto muestra cuan intensamente vivo la vida. Las cosas han estado mucho mejores desde entonces, pero todavía no estoy seguro de qué pensar cuando alguien me aconseja:”No te preocupes”. La verdad es que no preocuparse es más fácil para algunas personas que para otras.
Las cosas mejorarían mucho para la gente como yo, que tiende a preocuparse, si solo recordáramos las palabras de nuestro Señor: “No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal” (Mateo 6:34). En otras palabras, Jesús es­taba diciendo que debemos vivir un día a la vez.
De acuerdo con mi diccionario, la palabra preocupación denota, entre otras cosas, “estar inquieto o estar ansioso”. Ahora, si este es el caso, probablemente no haya nada malo con estar preocupado -es de­cir, inquieto o ansioso- cuando uno de nuestros nietos está enfermo. Pero, si hay alguna preocupación que es apropiada, también hay una preocupación que es “tóxica”. Quienes están preocupados cuando los nietos enferman tienen una ansiedad apropiada. Los que se preocupan acerca de que uno de estos días los nietos sanos pueden llegar a estar enfermos tienen una preocupación tóxica. Pero aun una preocupación adecuada puede reducirse grandemente al aprender a confiar en Dios y a vivir un día a la vez. La mayoría de la gente tiene la tendencia a vivir en el pasado, el presente y el futuro, todo al mismo tiempo.
¿Miedo a la oscuridad?
Una extensión natural de la preocupación y la ansiedad es el te­mor. ¿Tuvo usted alguna vez miedo a la oscuridad? Por un tiempo, eso me ocurrió. También recuerdo varios incidentes en que otras cosas me asustaron. Debo haber tenido ocho o nueve años cuando pisé sobre una serpiente negra, larga, mientras caminaba descalzo por un campo. ¿Necesito decir más? Yo sabía que la serpiente no era venenosa, pero comenzó a sacudirse y a morderme las piernas. No sé cuan alto salté o cuan velozmente corrí, y no necesito decir más, pero todo eso me asustó terriblemente.
Otra ocasión en que realmente me asusté fue el verano en que papá y mamá pusieron dos camas de una plaza en el garaje, que tenía lugar para un solo auto. (¡En aquellos días, no era necesario un garaje para dos autos porque nadie tenía dos!) Nuestra casa era pequeña para nosotros seis, así que mi hermano menor y yo dormíamos en el garaje ese verano. Nuestro gato, Boots, dormía en el suelo, junto a nosotros. Mis padres dejaron abierta la puerta de atrás del garaje, para ventilación, y cubrieron la abertura con una cortina delgada, a fin de que los mos­quitos quedaran afuera.
Una noche, cuando estaba profundamente dormido, Boots oyó a otro gato del lado exterior de la puerta. Dio un salto pasando por en­cima de mi pecho hacia la puerta, mientras gruñía como suelen hacer los gatos. ¿Puede usted imaginarse cómo es despertarse escuchando el ruido y sintiendo que algo le roza el pecho? Aun después de todos estos años, todavía puedo sentir las lágrimas de miedo que rodaron por mis mejillas.
Al igual que la preocupación, existe un temor apropiado y uno que no es apropiado. El temor natural puede ser causado por algo que su­cede repentinamente, como en el caso de pisar descalzo una serpien­te negra o que el gato salte rozando tu pecho en medio de la noche. Pero, además, está el temor de algo que no ha sucedido, pero que podría suceder.”No sé lo que me pasará”;”Tengo miedo de que…”Este es un temor que proviene de una preocupación tóxica, y todos lo hemos expe­rimentado una u otra vez.
Cuando viví en Sudamérica, un amigo me dio un billete de cien dólares, que él había conseguido en alguna parte. Pero no me llamen persona con suerte: el billete no era genuino, era falsificado. El mundo ofrece una paz falsificada, que consiste en intentar escapar de la realidad y salirse de la vida. La gente trata de pasar el día con la ayuda de café, píldoras, alcohol, cigarrillos u otras “muletas”. Pero esa no es la manera de obtener paz. Cuando miramos al Señor, aun en nuestra preocupa­ción tóxica y temor, él no nos abandona. Hay textos maravillosamente consoladores para aquellos de nosotros que podemos estar pasando por el valle de la oscuridad más profunda. Mi pasaje favorito es: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Salmo 23:4).
Aquí tenemos algunos otros:
“En Dios he confiado; no temeré; ¿qué puede hacerme el hom­bre?” (Salmo 56:11). ¿Nota la palabra confiado?
“No temerás el terror nocturno, ni saeta que vuele de día”(Salmo 91:5).
“No tendrá temor de malas noticias; su corazón está firme, con­fiado en Jehová”(Salmo 112:7). En este texto, como en el primero más arriba, es la confianza en Dios la que echa fuera el temor.
“Cuando te acuestes, no tendrás temor; sino que te acostarás, y tu sueño será grato” (Proverbios 3:24).
“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sus­tentaré con la diestra de mi justicia” (Isaías 41:10).
El secreto de vivir un día a la vez es confiar en Dios.”Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5, 6). Obte­nemos paz cuando confiamos en Dios; es un fruto del Espíritu.
¿Recuerda la historia de la tormenta en el Mar de Galilea? Los dis­cípulos pensaban que sus vidas estaban por terminar, pero Jesús estaba durmiendo en medio de la tempestad. No estaba durmiendo en una cabina de primera clase en un trasatlántico famoso, de modo que no podía estar muy cómodo, sacudido por las olas, empapado con su rocío, y los discípulos a los gritos por sobre el ruido del viento y de las olas. Pero, Jesús dormía porque él confiaba en su Padre celestial; y por cuanto él confiaba, tenía paz.
Recientemente leí algunas cosas muy interesantes acerca de bar­cos, que son de relevancia para entender el tema de la paz. Los barcos han avanzado mucho desde que los vikingos recorrían los mares y los Peregrinos llegaron a América del Norte en el Mayflower, Aunque nun­ca he estado en un barco realmente grande, mi esposa, nuestros tres niños y yo pasamos un mes en un pequeño barco de carga llamado The Steel Director [El director de acero], viajando a Pakistán para trabajar allí, como misioneros. (¡Durante los primeros diez días navegamos sin interrupción a través de una tormenta sobre el Océano Atlántico!) El barco no era muy grande; pudo haber tenido unos 30 metros (cien pies) de largo. Compare eso con el Queen Mary, con 293 metros (963 pies); el Norway, de 315 m (1.035 pies); y el USS Nimitz de 332 m (1.092 pies).
En estos días, los barcos grandes tienen un estabilizador ubicado en la proa –una estructura de soporte añadido a la proa–, y uno o más alerones horizontales que resisten los movimientos hacia arriba y hacia abajo de la proa. Los barcos realmente grandes también tienen girosco­pios, que reducen el movimiento lateral en una tormenta. Estos meca­nismos que estabilizan los barcos en aguas encrespadas me ayudaron a comprender el lugar que el don de la paz de Dios tiene en las tormentas de la vida. Cuando tenemos paz de arriba, la vida todavía tendrá altos y bajos, pero no volcaremos.
La sombra de muerte
Las personas que pasan por un duelo necesitan especialmente paz; y tarde temprano todos experimentaremos duelos. Si no lo ha tenido todavía, no ha vivido suficiente. “Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos” (Salmo 90:10).
En muchos casamientos, el ministro pregunta: “¿Prometes amar, honrar, estimar, en la enfermedad y en la salud, en la adversidad y la prosperidad, hasta que la muerte los separe?” Por supuesto, la pareja dice: “Sí, lo prometo”. Pero, pocos piensan, en ese momento, que con el tiempo habrá dificultades y enfermedad, y que uno u otro de ellos llegará a ser viudo o viuda. Quienes han aprendido a confiar en el Señor, encontrarán paz aun en esos tiempos difíciles.
Algunos han dicho que no hay mayor dolor que la pérdida de un hijo. En 1873, dos años después del gran incendio de Chicago, Horatio Spafford, abogado próspero y devoto anciano de la Iglesia Presbiteriana, y su esposa, Ana, vivían cómodamente con sus cuatro hijitas en la ciu­dad. La familia decidió tomar vacaciones con unos amigos en Europa. Sin embargo, a último momento, Horatio fue demorado por negocios que requerían su atención, de modo que Ana y las niñas se adelantaron a París, viajando en el trasatlántico SS Ville du Havre. El 21 de noviembre, el lujoso barco fue chocado en el medio por un barco británico, y se hun­dió en pocos minutos. Ana fue recuperada, inconsciente, en un mástil que flotaba, pero las cuatro niñas se ahogaron. Nueve días después del naufragio, el barco que llevaba a Ann llegó al puerto de Cardiff, en Gales, y Ann envió un cablegrama a Horatio: “Salvada sola. ¿Qué hago?”
Al recibir el telegrama de Ann, inmediatamente Horatio dejó Chi­cago para traer a su esposa a casa. En el cruce del Atlántico, el capitán del barco llamó a Horatio a su cabina, para informarle que estaban llegando cerca del lugar donde sus cuatro hijas habían perecido. Mientras el barco pasaba sobre esa tumba líquida, Horatio escribió las palabras de un himno que todavía se oye con frecuencia:
“Cuando la paz como un río,
Cuando el dolor se amontona como olas,
No importa qué ocurra, me enseñaste a decir,
Todo está bien con mi alma”.
Tal vez, la paz que más necesitamos es la paz en el hogar. Desde nuestros comienzos como iglesia, hemos sabido que en los últimos días el sábado será el objeto de los ataques de Satanás. Sin embargo, ne­cesitamos recordarnos que al final de la semana de la Creación, Dios estableció dos instituciones, no solo una. Estableció el hogar, como así también el sábado. Poco podríamos haber imaginado que, al final de la historia de la tierra, el diablo reuniría todas sus fuerzas para luchar no solo contra el sábado, sino también contra el hogar, la familia.
Todos hemos aprendido por experiencia que el lugar más difícil para ser cristiano es en el hogar. No obstante, “El hogar ha de ser el centro del afecto más puro y elevado. Cada día deben fomentarse con perseve­rancia la paz, la armonía, el afecto y la felicidad, hasta que estos bienes preciosos moren en el corazón de los que componen la familia”.
En este momento, usted podrá estar pensando:”Yo creo que esto es cierto. Pero, pastor O’Ffill, usted no conoce mi hogar. No entiende cómo es. En nuestra casa, parece como si se estuvieran peleando constante­mente. ¿Qué puedo hacer?”
El apóstol Pablo nos aconseja qué hacer cuando estamos pasan­do por circunstancias difíciles con personas difíciles, aun cuando ocurre que son miembros de nuestra propia familia. Aconseja: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Romanos 12:18). Quienes tienen la paz que sobrepasa todo entendimiento no dicen:”Yo seré pacífico, si usted es pacífico”.
Me gusta la Oración por Serenidad, de Reinhold Niebuhr. Es especialmente útil para recordarla cuando existen dificultades en casa:
“Dios, concédeme la serenidad
de aceptar las cosas que no puedo cambiar;
el valor para cambiar las cosas que puedo;
y la sabiduría para saber la diferencia”.
Paz en la iglesia
Por supuesto, cuando no hay paz en el hogar, tarde o temprano esta falencia se reflejará en la iglesia. Después de todo, la iglesia es la suma de sus familias individuales. Es inevitable que dentro de la familia de la igle­sia haya desacuerdos. Algunas veces, la única forma es convenir en no estar de acuerdo. Aun los apóstoles tuvieron agudas contenciones entre ellos, pero siguieron adelante con su comisión de predicar el evangelio a todo el mundo/’Los que aceptan a Cristo al pie de la letra, y entregan su alma a su custodia, y su vida para que él la ordene, hallarán paz y quie­tud”. Sea en casa o en la iglesia, la promesa a quienes hacen lo mejor que pueden para mantener la paz y la quietud es “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Malaquías 5:9).
Recibir la paz no es como recibir una encomienda que un servicio trae hasta la puerta de la casa. La paz, como todo el resto del fruto del Espíritu, debe buscarse. (Ver Mateo 7:7.) Los que están llenos del Espíritu Santo son quienes “tienen hambre y sed de justicia” (Mateo 5:6). Francisco de Asís, nacido en 1181, lo dijo en forma muy hermosa:
“Señor, hazme un instrumento de tu paz;
donde haya odio, ponga amor;
donde haya ofensa, perdón;
donde hay duda, fe; donde hay desesperanza, esperanza;
donde hay tinieblas, luz;
donde hay tristeza, alegría.
Oh, Divino Maestro,
que no busque yo tanto
ser consolado como consolar;
ser comprendido como comprender;
ser amado como amar;
porque dando se recibe,
perdonando se es perdonado,
y muriendo a sí mismos se nace a la vida eterna”.
Mi mamá y mi papá ya no están con nosotros, pero recuerdo cuan­do eran jóvenes. Papá era alto y buen mozo, y mamá era hermosa, con cabello negro y ojos azules. A menudo cantaban a dúo en la iglesia. Uno de los cantos que recuerdo que cantaban fue escrito, en el siglo XIX, por Warren Cornell en una reunión campestre Metodista, cerca de East Bend, Wisconsin, EE.UU. Su título es “Maravillosa paz”. Las palabras del coro son:
“Paz, paz, cuan dulce paz
la que da nuestro Padre eternal;
le ruego que inunden por siempre mi ser
sus ondas de amor celestial”.
La verdadera paz no es algo que siempre está en otra parte, algo que nos hace desear: “¡Si solo pudiera encontrarla!” La verdadera paz crece dentro de nuestros corazones como un fruto del Espíritu. Así que, siempre está con nosotros donde estemos. Es importante que recor­demos esto porque, con Jesús, lo que estamos llegando a ser es lo que importa.

 

PARA MEDITAR

  1. Identifica un lugar específico en tu vida donde hubo una tormenta.
  2. Jesús no escapó de las tormentas que lo rodearon durante su vida, siguió avanzando.

La historia de los eventos que condujeron a escribir este himno se relata en una exhibición que presentó la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos sobre la colonia norteamericana en Jerusalén; ver http://www.loc.gov/exhibits/americancolony/amcolony-family.html

Elena G. de White, El hogar cristiano (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1973), pp. 174, 175.

Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes (Pacific Press Publishing Association, 1955), p. 298.


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