Posteado por: Lilliam A Garcia | enero 16, 2010

Caído, pero no afuera Lección 3

El fruto del Espíritu Santo
Richard W. O’Ffill

Lección 3

Caído, pero no afuera

“Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido” (1 Juan 1:4).

Si le pidieran que definiera la palabra gozo, ¿cómo respondería? ¿Respondería utilizando la palabra alegría? Un sábado decidí solicitar a los concurrentes a la Escuela Sabá­tica que llenaran un breve cuestionario que había preparado. Tenía solo dos interrogantes. El primero era: “¿Cuál cree que es el significado de la palabra gozo? Y el segundo era:”¿Cuál cree que es el significado de la palabra alegría?
Las respuestas a la primera pregunta fueron especialmente inte­resantes. Entre ellas, figuraban: “Un sentimiento burbujeante”; “Un sentimiento cálido y nebuloso”; “Un sentimiento de felicidad”; y “Estar feliz”.
Cuando repasé las respuestas, dos cosas resultaron evidentes: la gente usa la palabra alegría más frecuentemente que la palabra gozo; y ellos piensan que gozo y alegría son, más o menos, lo mismo.
Pero, cuando acudí a la Palabra de Dios, descubrí que la palabra ale­gría aparece 105 veces en ella -95 en el Antiguo Testamento y 10 veces en el Nuevo Testamento-, mientras que la palabra gozo se usa 118 ve­ces: 58 en el Antiguo Testamento y 60 en el Nuevo. Además, llegó a ser evidente que estas palabras tienen significados diferentes. Una mirada cuidadosa al contexto en el cual se usaron esas palabras revela que la felicidad surge por causa de algo que ha sucedido, tal como una victoria sobre los enemigos o una buena cosecha. Por otro lado, el gozo ocurre a pesar de algo, tal como las dificultades o la persecución. De paso, felici­dad y feliz aparecen sólo una vez cada una en la Biblia.
La alegría, entonces, depende de las circunstancias, pero el gozo es independiente de todas las circunstancias y las situaciones. ¿Percibe usted la diferencia?
Suponga (¡desearía que fuese así!) que Betty y yo estuviésemos ha­ciendo planes de viajar a Butchart Gardens, Canadá, que es un lugar tan parecido al cielo como se pueda encontrar en la tierra. Tenemos nuestros pasajes y estamos haciendo los arreglos finales cuando, imprevistamen­te, algo sucede y tenemos que cancelar el viaje. ¿Sería yo infeliz porque no pudiésemos realizar el viaje? Sí. ¿Afectaría mi gozo? No. Habríamos estado muy felices de poder ir, pero nuestras vidas están tan llenas de otras bendiciones deliciosas que todavía tendríamos gozo, a pesar de haber tenido que cancelar el viaje.
Me gusta la manera en que una amiga mía lo expresó. Ella dijo que la alegría es al gozo como el tiempo es al clima. La alegría es pasajera; a menudo viene y va, dependiendo de las circunstancias. La alegría es un sentimiento que la gente persigue y que puede captar en pequeñas por­ciones. Por otro lado, el gozo es un estado de la mente más profundo y de mayor duración. El gozo no depende de las circunstancias; el gozo es sostenido y estable. El gozo puede soportar el sufrimiento y los tiempos difíciles, mientras que la alegría o la felicidad, a menudo, se evaporan rápidamente.
Pienso que ella tenía razón.
Podemos comprar la alegría, pero no podemos comprar el gozo. El gozo está donde lo encontramos. Como lo explicó alguien: “Dos hom­bres miran a través de los mismos barrotes: uno ve el barro, y el otro, las estrellas”. El gozo mira más allá del hoy. Por supuesto, incluye el hoy, pero es más; es una perspectiva que no es de corto plazo, sino una que ve las posibilidades del mañana.
Hay dos cualidades que “capacitan” al gozo; es decir, lo hacen actuar. Una es la fe, y la otra es la esperanza. La fe y la esperanza son, por así decirlo, los postes que sostienen erguido al gozo y lo hacen dinámi­co; algo que está vivo y bien en todas las circunstancias. ¿Cuál de las dos es primera: la fe o la esperanza? Por favor, no se quede levantado esta noche debatiendo esto; me parece que la esperanza viene primero. Yo creo que la esperanza precede a la fe, porque Hebreos 11:1 dice:”Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (la cursiva fue añadida). Mi conclusión es que la fe sostiene nuestra esperanza, y la esperanza nos da gozo.
Una vez escuché que alguien sentenció, en son de broma: “Me siento mucho mejor ahora, que he renunciado a la esperanza”. Por su­puesto, esto es ridículo. Cuando perdemos la esperanza, el gozo se eva­pora. El profeta lo dijo bien: “Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación” (Habacuc 3:17, 18). Este es un versículo excelente para memorizar y repetir, en estos difíciles tiempos financieros.
Como todos los demás frutos del Espíritu, el gozo brilla mejor en el peor de los momentos. Estuve en una joyería, comprando una batería nueva para mi reloj, y no pude dejar de notar los hermosos diamantes y otras piedras preciosas que estaban en exhibición. Lo que acentuaba su belleza y su brillo era las luces especiales que brillaban directamente sobre ellas, en contraste con el fondo oscuro.
El gozo de Pablo
De regreso a casa, después de un período como misionero en Pa­kistán, Betty y yo aprovechamos la oportunidad de visitar Europa. Por el camino, fuimos a Roma. El apóstol Pablo pasó los últimos años de su vida en esa antigua ciudad. La tradición afirma que, en el momento anterior a su ejecución, languideció en la prisión Mamertina, que está ubicada en el lado oriental del monte Capitolino. La prisión Mamertina consistía en dos tenebrosas celdas bajo tie­rra. La celda superior de la prisión tiene una forma trapezoidal. Data del siglo II a.C. La celda inferior es la llamada Tullianum. Los prisioneros condenados pasaban sus últimos días en esta celda.
Al mirar por el agujero a la celda miserable de abajo, donde Pablo, que tal vez fue el predicador más grande de todos los tiempos, pudo ha­ber vivido durante dos años antes de su ejecución, casi podíamos oír sus palabras de fe y de esperanza, que conducían a su gozo: “Estamos atri­bulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos” (2 Corintios 4:8, 9).”He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guar­dado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Timoteo 4:7, 8).
El crimen más horrendo cometido alguna vez fue el asesinato del Hijo de Dios. Hay una palabra para ello: deicidio. La muerte por cru­cifixión no tenía un significado simbólico; su propósito era hacer que la muerte del condenado fuera lenta, dolorosa y pública. Los clavos atravesaban las muñecas de los criminales, no las palmas, porque las palmas atravesadas por clavos no podían soportar el peso del cuerpo. La mayoría de los crucificados moría por deshidratación y fatiga, no a causa de la pérdida de sangre o de las heridas. El crucificado podía vivir durante días, antes de finalmente morir. Algunas veces les quebraban las piernas para apresurar la muerte.
En los tiempos de la antigua Roma, cualquiera que tuviese que car­gar una cruz sobre sus hombros y fuera llevado por el camino hacia el lugar de la crucifixión era mejor que hubiese dicho adiós a sus amigos. No habría regreso. La cruz no hacía componendas. No moderaba nada, y no dejaba nada. Cuando se levantaba la cruz y la dejaban caer, la caída era cruel y brutal, y cuando había acabado su obra, su víctima estaba muerta. La gente no “pasaba tiempo” en la cruz, como podían hacerlo en la prisión.
No obstante, Jesús, “por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (Hebreos 12:2, 3; la cursiva fue añadida).
Investigaciones arqueológicas recientes han hallado cartas escritas por mártires durante los difíciles siglos que siguieron a la ascensión de Cristo. Justo antes de su muerte, un santo escribió estas palabras:”En un oscuro pozo encontré alegría; en un lugar de amargura encontré risas; donde otros temían, yo encontré fuerza. Quién creería que en estado de miseria tuviera gran placer; que en un rincón solitario he encontrado gloriosa compañía; y en las cadenas más duras, perfecto reposo. Todas estas cosas me ha otorgado Jesús. Él está conmigo, me consuela y me llena de gozo. Él expulsa la amargura de mí, y me llena con fortaleza y consolación”.
¿Qué nos dice esto a usted y a mí? La verdad es: Jesús nunca nos dejará o nos abandonará (Hebreos 13:5). Note que el apóstol Santiago escribió:”Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (Santiago 1:2-4; la cursiva fue añadida).
Y Pedro, de quien la tradición sostiene que fue crucificado cabeza abajo, afirmó: “En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alaban­za, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso” (1 Pedro 1:6-8; la cursiva fue añadida).
Amigo, el fruto del gozo es el que da significado al texto: “Y sabe­mos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8:28).
Tengo una amiga llamada Joni. Ella pasa todas las horas que está despierta en una silla de ruedas. Me dijo que contrajo una forma de artritis que produce incapacidad, cuando solo tenía doce años de edad.
La primera vez que me encontré con ella, comenté:
–Sin duda esa silla de ruedas te debe limitar mucho.
–¿Limitarme? –me contestó–. No me limita, sino que me libera.
Nunca me encontré con una persona que irradiara más gozo; este fruto del Espíritu. El gozo de Joni no es fabricado para las cámaras o los entrevistadores, que son muchos. Proviene del corazón. Después de todo, lo que somos en el corazón es lo que importa.
Ladrones del gozo
Podría afirmarse con seguridad que el gozo expulsa el desánimo, el pesimismo y la culpa. Pero estas mismas actitudes, si se permite que se apoderen de nosotros, nos robarán nuestro gozo. Son algunos de los pecados que, como afirma Hebreos 12:1, tan fácilmente nos entrampan.
Mí suegra vivió 92 años. Hacia el final de su vida, recibí un llamado de mi esposa urgiéndome a que fuera de inmediato a la sala de Emer­gencias, porque la madre se había caído. Mientras esperábamos noticias de su condición, recordé que ese día, a las 4 de la tarde, tenía una cita con la administración de la Asociación. Le expliqué a Betty que tenía que irme, pero que volvería tan pronto como pudiera.
Cuando entré en la oficina, uno de los administradores me pregun­tó: “Dick, ¿sabes lo que hemos estado haciendo?” Francamente, no lo sabía, aunque había oído que, debido a ciertas dificultades financieras, se había tomado la decisión de dejar cesantes a unos cincuenta emplea­dos. El administrador prosiguió: “Estamos eliminando su puesto al 31 de diciembre. Usted seguirá recibiendo su sueldo hasta el 31 de abril”.
¿Cuan malas pueden volverse las cosas? Una amada suegra estaba muriendo, y yo perdía mi trabajo; todo, en el mismo día.
¿Estaba feliz? ¡Tiene que estar bromeando! Difícilmente podía creer lo que estaba sucediendo. No obstante, al mirar hacia atrás, puedo ver que mi esperanza me sostuvo. Me brindó el gozo de saber que habría un día mejor.
Mi suegra falleció un poco más tarde. Pero, como familia, tenemos gozo; un gozo que está fundamentado en la bienaventurada esperanza. Una esperanza que, a su vez, está sostenida por la fe en que un día la trompeta sonará y los muertos en Cristo (los miembros de mi familia, y de la suya también), que murieron con la bendita esperanza, resucitarán primero. “Luego nosotros los que vivimos, los que haya­mos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tesalonicenses 4:17). Luego, Jesús hará nuevas todas las cosas (Apocalipsis 21:5), y enjugará todas las lágrimas de nuestros ojos (vers. 4).Ya no habrá pér­didas de trabajo, caídas o muerte. Entre ahora y entonces, podremos no siempre estar felices, pero podemos tener el gozo de esperar ese día mejor.
La Biblia dice:”Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Re­gocijaos!” (Filipenses 4:4). Sería imposible “regocijarse siempre” si no fuera por esas otras tres palabras clave: “en el Señor”. No nos entusiasmamos ni estamos felices porque sufrimos dificultades. Esa actitud sería poco rea­lista, sería insana. Nuestro ánimo, nuestra esperanza, nuestro gozo, está en el Señor.
El gozo que el pueblo de Dios experimentó a lo largo de los siglos no hizo que el dolor o el sufrimiento, y las dificultades, desaparecieran. Pero, por cuanto el gozo es el resultado de la fe y la esperanza, les dio fuerzas para soportar todo lo que les sucedía.
Me gusta cantar el himno que Wayne Hooper, uno de los miembros originales del cuarteto Los Heraldos del Rey, escribió como el himno lema de la sesión del Congreso de la Asociación General de 1962:
“Oh, qué esperanza,
vibra en nuestro ser,
pues aguardamos al Señor.
Fe poseemos, que Jesús nos da,
Fe en las promesas que nos dio.
Es el tiempo, viene ya,
y su pueblo alerta está;
preparados cantarán:
¡Aleluya! ¡Cristo es rey!
Oh, qué esperanza,
vibra en nuestro ser,
pues aguardamos al Señor”.
Las palabras me recuerdan el estímulo que nos diera la sierva del Señor: “No tenemos nada que temer en lo futuro, excepto que olvide­mos la manera en que el Señor nos ha conducido y sus enseñanzas en nuestra historia pasada”.

 

PARA MEDITAR

  1. Elabore dos listas, una de cosas que lo alegran y otra de las cosas que le traen gozo. ¿Cómo reaccionaría usted si fuera a perder uno o todos los ítem en cualquiera de las dos listas? ¿A cuál de las listas daría usted prioridad?
  2. Sin duda, en algún momento ha compartido con alguien por qué estaba ale­gre. Ahora, cuente a los miembros de su familia o a un amigo cercano qué le da gozo. Haga esto hoy, o mañana a más tardar.
  3. Generalmente, cuando oramos, contamos al Señor nuestras dificultades y le pedimos que nos bendiga. Trate de comenzar cada oración con palabras de gratitud. Cuente al Señor cosas específicas que le traen gozo. Y busque la mano de Dios en los desafíos que afronta.

Frederick Lengbridge escribió estas líneas.

Charles Hembree, Pocket of Pebbles (Grand Rapids, Mich.: Baker Book House, 1969), p. 33.

Copyright © 1962 por Wayne Hooper

Elena G. de White, Joyas de los testimonios (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamerica­na, 1975), t. 3, p. 443.


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