Posteado por: Lilliam A Garcia | enero 16, 2010

El fruto del Espíritu es gozo Leccion 3

Lecciones de Escuela Sabática

Enero – Marzo 2010

Comentario de EGW

Lección 3

Para el 16 de Enero 2010

El fruto del Espíritu es gozo

Sábado 9 de enero

En esta vida seremos tentados y probados. Los amigos pueden traicionarnos y los enemigos, inspirados por Satanás, pueden causarnos dolor. Pero volvámonos al Todopoderoso para recibir fortaleza. Encontraremos consuelo y tierna simpatía.

Cristo se interpone entre nosotros y las dificultades que parecen formidables. Las llamas y la inundación quedan detrás de él. Exaltémoslo con nuestra voz y nuestro canto y permitamos que la melodía de nuestra gratitud y adoración se eleven al cielo en una vida de servicio. Mantengámonos animados, llenos de fe, esperanza y valor. Elías estaba sujeto a las mismas pasiones que nosotros, pero el Señor era su fortaleza; oraba con fervor y el Señor escuchaba sus súplicas. Mantengamos nuestra confianza en Cristo bajo cualquier circunstancia. Permitamos que él sea el primero, el último y el mejor en todas las cosas. Eduquemos nuestra lengua para alabarlo y exaltarlo no solamente cuando nos sintamos gozosos y alegres, sino en todo momento (The Youth ‘s Instructor, 10 de enero, 1901).

¿Cuál era el gozo de Cristo? El gozo de salvar a los perdidos. Dice el profeta: “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho” (Isaías 53:11). Por ese gozo soportó la cruz despreciando la vergüenza. Su sufrimiento, su agonía, su muerte, fueron considerados como nada para que las almas fueran rescatadas del pecado. Dondequiera que un alma se convierte y se acerca a Jesús, produce un tremendo gozo en el cielo. Toda alma que es arrancada de las garras de Satanás es ofrecida como un precioso regalo a Jesús, quien considera que no ha sufrido y muerto en vano, y nuevamente hay gran gozo en el cielo porque el perdido ha sido hallado; el que estaba muerto en delitos y pecados, ahora está vivo. Y Cristo desea que nosotros también podamos gozar del mismo gozo: un gozo profundo, rico, completo y permanente; el gozo que surge de los triunfos de la cruz de Cristo (Review and Herald, 21 de marzo, 1893).

 

Domingo 10 de enero:
El mandato de regocijarse (Filipenses 4:4)

“Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” (Filipenses 4:4).

Al cristiano le es concedido el gozo de reunir rayos de luz eterna del trono de la gloria, y de reflejarlos no solamente en su propio sendero, sino sobre la senda de las personas con quienes se asocia. Al hablar palabras de esperanza y aliento, de alabanza agradecida y de bondad alegre, puede esforzarse por hacer mejores a quienes lo rodean, por elevarlos, por mostrarles el cielo y la gloria por encima de todas las cosas terrenales, por guiarlos en la búsqueda de las realidades eternas, la herencia inmortal y las riquezas imperecederas.

“Regocijaos en el Señor siempre –dice el apóstol– Otra vez digo: ¡Regocijaos!” Dondequiera que vayamos, deberíamos llevar una atmósfera de esperanza y alegría cristianas; entonces los que se encuentran sin Cristo verán un atractivo en la religión que profesamos; los no creyentes observarán la consistencia de nuestra fe. Necesitamos tener una visión más clara del cielo, la tierra donde todo es gloria y felicidad. Necesitamos conocer más acerca de la plenitud de la bendita esperanza. Si constantemente nos estamos “regocijando en la esperanza”, seremos capaces de hablar palabras de estímulo a las personas con quienes nos encontramos. “La palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!” (Proverbios 15:23). Las almas perecen debido a la falta de una labor personal (Exaltad a Jesús, p. 238).

“Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” ¡Oh, si pudiéramos escuchar más alabanzas a Dios procedentes de corazones agradecidos! Necesitamos cristianos que vivan constantemente a plena luz del sol, y que en toda circunstancia alaben al Señor. Con toda la esperanza y la seguridad que hallamos en las promesas de Cristo, ¿cómo podemos ser infelices?

No hay excusa ni justificación para que el cristiano esté descontento. Nunca causen la impresión de que están desilusionados con la senda que Cristo les ha trazado.

Nuestros caracteres deben concordar con la imagen de Cristo. Debemos someternos a la ley de Dios en hechos y en verdad. Entonces podrá demostrar por medio de nosotros las bendiciones que se reciben cuando se obedecen los principios de su Palabra. El Rey del cielo está dispuesto a reconocer al alma más humilde que le sirve aquí (Cada día con Dios, p. 304).

Orad, orad fervientemente y sin cesar, pero no os olvidéis de alabar a Dios. Incumbe a todo hijo de Dios vindicar su carácter. Podéis ensalzar a Jehová; podéis mostrar el poder de la gracia sostenedora. Hay multitudes que no aprecian el gran amor de Dios ni la compasión divina de Jesús. Miles consideran con desdén la gracia sin par manifestada en el plan de redención. Todos los que participan de esa gran salvación no son inocentes al respecto. No cultivan corazones agradecidos. Pero el plan de la redención es un tema que los ángeles desean escudriñar; será la ciencia y el canto de los redimidos a través de las edades sin fin de la eternidad. ¿No es digno de reflexión y estudio cuidadoso ahora? ¿No alabaremos a Dios con corazón, alma y voz por sus “maravillas para con los hijos de los hombres” (Salmo 107:8)? (Recibiréis poder, p. 336).

 

Lunes 11 de enero:
El gozo de Cristo

Cristo tenía siempre presente el resultado de su misión. Su vida terrenal, recargada de penas y sacrificios, era alegrada por el pensamiento de que su trabajo no sería inútil. Dando su vida por la vida de los hombres, iba a restaurar en la humanidad la imagen de Dios. Iba a levantamos del polvo, a reformar nuestro carácter conforme al suyo, y embellecerlo con su gloria.

Cristo vio “del trabajo de su alma” v fue “saciado”. Vislumbró lo dilatado de la eternidad, y vio de antemano la felicidad de aquellos que por medio de su humillación recibirían perdón y vida eterna. Fue herido por sus transgresiones y quebrantado por sus iniquidades. El castigo que les daría paz fue sobre él, y por sus heridas fueron sanados. Él oyó el júbilo de los rescatados, que entonaban el canto de Moisés y del Cordero. Aunque había de recibir primero el bautismo de sangre, aunque los pecados del mundo iban a pesar sobre su alma inocente y la sombra de indecible dolor se ceda sobre él, por el gozo que le fue propuesto, escogió sufrir la cruz y menospreció la vergüenza (¡Maranata: El Señor viene!, p. 314).

Cristo, “habiéndole sido propuesto gozo, sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza, y sentóse a la diestra del trono de Dios” (Hebreos 12:2). Murió en la cruz como sacrificio para el mundo, y mediante ese sacrificio nos llega la bendición más grande que Dios nos puede conceder: el don del Espíritu Santo. Todos los que aceptan a Cristo pueden recibir ese don.

El mundo caído es el campo de batalla del mayor conflicto que el universo celestial y los poderes terrenales pueden presenciar. Es el teatro donde se enfrentan los poderes del bien y del mal; la lucha entre el cielo y el infierno. Y cada ser humano es paste de este conflicto; nadie puede quedar neutro; todos deben decidir si aceptar o rechazar al Redentor del mundo; si estar con él o contra él. Cristo invita a todos los que se reúnen bajo su estandarte a ser fieles soldados en este conflicto para que puedan heredar la corona de la vida y para llegar a ser adoptados como hijos e hijas de Dios. A todos los que participen de su humillación y sufrimientos les promete la mayor recompensa: un lugar en el reino celestial.

La cruz del Calvario desafía a todo poder terrenal e infernal, y por fin acabará por eliminar a cada uno de ellos. La cruz es el centro de toda autoridad, y de ella toda autoridad procede. Es el gran centro de atracción, porque en ella Cristo entregó su vida por la raza humana. Este sacrificio fue ofrecido con el propósito de restaurar al hombre a su perfección original; sí, y más aun, fue ofrecido para concederle una completa transformación del carácter, y hacerlo más que vencedor. Los que por medio de la fuerza de Cristo vencen al gran enemigo de Dios y el hombre, en las cortes celestiales ocuparán una posición superior a la de los ángeles que nunca han caído (General Conference Builletin, 1º de abril, 1899).

 

Martes 12 de enero:
Gozo en la obediencia (Juan 15:11)

“Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido” (Juan 15:11).

Como cristianos, no se nos requiere que andemos con caras largas, suspirando y quejándonos como si no tuviéramos un Salvador ni una esperanza; esa actitud no glorifica a Dios. El desea que andemos jubilosos, alabando su nombre, mostrando alegría en nuestro rostro y gozo en nuestro corazón. Nuestra esperanza debe brindarnos más felicidad que cualquier placer que el mundo pueda ofrecer, y eso debe mostrarse en nuestra actitud.

¿Por qué no sentirnos plenamente gozosos cuando tenemos la seguridad de que podemos participar de todas las provisiones y promesas que nuestro Salvador ha hecho en su palabra? Podemos creer en su promesa y saber que su gracia y su poder están a nuestra disposición. El nos ha dado plena seguridad de que cumplirá lo que ha prometido.

Podemos gozarnos constantemente por su presencia en nosotros. No necesitamos estar de rodillas todo el tiempo, pero podemos en todo momento pedís su gracia, aun mientras caminamos por la calle o realizamos nuestros deberes cotidianos. Cuando nuestros pensamientos se dirigen hacia él, nos impartirá abundantemente su gracia, pues ha prometido: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mateo 7:7) (Sermons and Talks, tomo 2, p. 293).

La obediencia plena y completa nunca produce lamentos, dudas o incertidumbre, sino plenitud de gozo (Review and Herald, 12 de abril, 1898).

La voluntad de Dios se expresa en los preceptos de su sagrada ley, y los principios de esta ley son los principios del cielo. Los ángeles que allí residen no alcanzan conocimiento más alto que el saber la voluntad de Dios, y el hacer esa voluntad es el servicio más alto en que puedan ocupar sus facultades.

En el cielo no se sirve con espíritu legalista. Cuando Satanás se rebeló contra la ley de Jehová, la noción de que había una ley sorprendió a los ángeles casi como algo en que no habían soñado antes. En su ministerio, los ángeles no son como siervos, sino como hijos. Hay perfecta unidad entre ellos y su Creador. La obediencia no es trabajo penoso para ellos. El amor a Dios hace de su servicio un gozo. Así sucede también con toda alma en la cual mora Cristo, la esperanza de gloria. Ella repite lo que dijo él: “Me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley está en medio de mi corazón” (El discurso Maestro de Jesucristo, pp. 93, 94).

 

Miércoles 13 de enero:
Gozo en tiempos difíciles (Juan 16:33)

Nuestro carácter debe formarse aquí en la tierra, y Dios nos probará y examinará colocándonos en situaciones que requerirán fortaleza, pureza y nobleza del alma, con perfecta paciencia y plena confianza en el Salvador crucificado. Nos enfrentaremos a fracasos, aflicción y severas pruebas que Dios permite para purificarnos y refinarnos como se purifica el oro y la plata, a fin de que su pueblo pueda presentarle una ofrenda en justicia.

La cruz de Cristo está cubierta de vituperio e infamia, pero es la única esperanza de vida y elevación para el ser humano. Nadie puede comprender el misterio de la piedad mientras se avergüence de llevar la cruz de Cristo. Nadie puede discernir y apreciar las bendiciones que Cristo ha comprado a un precio infinito para él, a menos que esté dispuesto a sacrificar gozosamente todos los tesoros terrenales para llegar a ser su seguidor. Cada sacrificio hecho por Cristo enriquece al dador y cada sufrimiento soportado en su querido nombre incrementa el gozo y la recompensa inmortal en el reino de la gloria (Confrontation, p. 93).

Siempre que el hombre procure ponerse en armonía con Dios, sabrá que la afrenta de la cruz no ha cesado. Principados, potestades y huestes espirituales de maldad en las regiones celestes, todos se alistan contra los que consienten en obedecer la ley del cielo. Por eso, en vez de producirles pesar, la persecución debe llenar de alegría a los discípulos de Cristo; porque es prueba de que siguen los pasos de su Maestro.

Aunque el Señor no prometió eximir a su pueblo de tribulación, le prometió algo mucho mejor. Le dijo: “Como tus días serán tus fuerzas”. “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. Si somos llamados a entrar en el horno de fuego por amor de Jesús, él estará a nuestro lado, así como estuvo con los tres fieles en Babilonia. Los que aman a su Redentor se regocijarán por toda oportunidad de compartir con él la humillación y el oprobio. El amor que sienten hacia su Señor dulcifica el sufrimiento por su causa…

Por las pruebas y persecuciones se revela la gloria o carácter de Dios en sus elegidos. La iglesia de Dios, perseguida y aborrecida por el mundo, se educa y se disciplina en la escuela de Cristo. En la tierra, sus miembros transitan por sendas estrechas y se purifican en el horno de la aflicción. Siguen a Cristo a través de conflictos penosos; se niegan a sí mismos y sufren ásperas desilusiones; pero los dolores que experimentan les enseñan la culpabilidad y la desgracia del pecado, al que miran con aborrecimiento.

Siendo participantes de los padecimientos de Cristo, están destinados a compartir también su gloria (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 29, 30).

 

Jueves 14 de enero:
Gozo duradero (Hebreos 11:24, 25)

La opinión prevaleciente en algunas clases de la sociedad, de que la religión no favorece el logro de la salud o de la felicidad en esta vida, es uno de los errores más perniciosos. La Sagrada Escritura dice: “El temor de Jehová es para vida; y con él vivirá el hombre, lleno de reposo; no será visitado de mal”. “¿Quién es el hombre que desea vida, que codicia días para ver bien? Guarda tu lengua de mal, y tus labios de hablar engaño. Apártate del mal, y haz el bien; busca la paz, y síguela”. Las palabras de la sabiduría “son vida a los que las hallan, y medicina a toda su carne.” (Proverbios 19:23; Salmo 34:12-14; Proverbios 4:22).

La verdadera religión pone al hombre en armonía con las leyes de Dios, físicas, mentales y morales. Enseña el dominio de sí mismo, la serenidad y la templanza. La religión ennoblece el intelecto, purifica el gusto y santifica el juicio. Hace al alma participante de la pureza del cielo. La fe en el amor de Dios y en su providencia soberana alivia las cargas de ansiedad y cuidado. Llena de regocijo y de contento el corazón de los encumbrados y los humildes. La religión tiende directamente a fomentar la salud, alargar la vida y realzar nuestro goce de todas sus bendiciones. Abre a1 alma una fuente inagotable de felicidad.

¡Ojalá que todos aquellos que no han escogido a Cristo se dieran cuenta de que él tiene algo que ofrecerles que es mucho mejor de lo que ellos buscan! El hombre hace a su propia alma el mayor daño e injusticia cuando piensa y obra en forma contraria a la voluntad de Dios. No se puede hallar gozo verdadero en la senda prohibida por aquel que sabe en qué consiste lo mejor, y procura el bien de sus criaturas. El sendero de la transgresión lleva a la miseria y a la perdición; pero los caminos de la sabiduría “son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz” (Proverbios 3:17) (Patriarcas y profetas, pp. 649, 650).

Cuando las pruebas vienen sobre nuestras vidas, cuando las nubes oscurecen el horizonte, cuán pronto olvidamos que Jesús es nuestro Salvador, que detrás de las nubes está brillando el Sol de Justicia, que los ángeles están muy cerca de nosotros, preservándonos del mal. Yo deseo decir al desesperado: Mira y vive. Espera en Dios, pues sobre la cruz del Calvario fue ofrecido un completo sacrificio por ti. Jesús es el amigo del pecador, el Redentor del pecador. Eterna alegría, una vida de felicidad sin mengua, aguarda a quien entrega todo a Cristo. Vuelve los ojos de ti mismo a Jesús, quien está intercediendo ante el trono de Dios en tu favor. Escucha sus palabras, “Venid a mí, y yo os haré descansar”. “Y al que a mí viene, no le echo fuera” (Mateo 11:28; Juan 6:37). Apodérate de las promesas de Dios con la mano de la fe. Aprópiate de esas bendiciones para ti mismo, no en algún tiempo futuro, sino hoy (En lugares celestiales, p. 262).

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